MIGUEL. Adiós, don Basilio.

Vase éste por la puerta de la izquierda, examinando el cuadernito de las coplas. Miguel, con aire preocupado, va de aquí para allá, mirando distraído la estancia. Tata lo observa melancólicamente. Pausa.

TATA. Muy para sí. Es verlo… es verlo… Esforzándose para hablar. ¿No se sienta usted?

MIGUEL. Gracias. No estoy cansado. Nueva pausa. ¿Lleva usted mucho tiempo con la señora?

TATA. Mucho tiempo. Con el pelo negro la conocí, y hoy lo tiene más blanco que el mío. Yo sé más que nadie de esta casa. Dispense, caballero; pero no puedo mirarlo sin llorar… Con permiso. Vase conteniendo el llanto por la misma puerta de la derecha.

MIGUEL. Impresionado. Es indudable: despierto aquí un pasado muy doloroso… El llanto de esta vieja es revelador. Nueva pausa. Ya viene.

Sale por la puerta de la derecha MARCELA, seguida de DOÑA CLARINES. Ésta, al mirar a Miguel, no puede reprimir un movimiento de asombro, vivamente herida en su recuerdo. Pausa.

MARCELA. Mi tía…

MIGUEL. Señora…

DOÑA CLARINES. Adelantándose a la presentación que va a hacer
Marcela.
No me digas su nombre: sé quién es. Vete tú.