DOÑA CLARINES. Nunca. Yo no perdono nunca: si acaso, olvido, o separo unas cosas de otras, como ahora he hecho. El perdón no está en mis costumbres. Creo que es inmoral. Por él viven y medran todos los malvados. Así se lo dije un día al señor obispo, y no ha vuelto más por mi casa. Ya volverá cuando me necesite. ¿También le sorprende a usted que yo no perdone?
MIGUEL. También; sí, señora.
DOÑA CLARINES. Pero ¿a usted tengo algo que perdonarle?
MIGUEL. A mí, nada. No hablé por mí al hablar de perdón.
DOÑA CLARINES. Pues de usted sólo hemos de hablar aquí. Lo pasado a que usted quiere referirse, no lo borrará más que la muerte. Y yo no he de morirme en algún tiempo. Deseo vivir mucho. La muerte nos iguala a todos, y siempre me parecerá pronto[143] para ser yo igual a otras personas. ¿Entiende usted?
MIGUEL. Entiendo.
DOÑA CLARINES. Volvamos a usted.
MIGUEL. Sí, señora. Ya le habrá contado Marcela…
DOÑA CLARINES. Sí, señor. Y no le he creído una palabra.
MIGUEL. ¿Por qué?