Aun podría añadir a estos tipos originales muchos otros igualmente curiosos, igualmente locales, si tuviesen, como los anteriores, la peculiaridad de revelar las costumbres nacionales, sin lo cual es imposible comprender nuestros personajes políticos, ni el carácter primordial y americano de la sangrienta lucha[143] que despedaza a la República Argentina. Andando esta historia,[144] el lector va a descubrir por sí solo dónde se encuentra el rastreador, el baquiano, el gaucho malo y el cantor. Verá en los caudillos cuyos nombres han traspasado las fronteras argentinas, y aun en aquellos que llenan el mundo con el horror de su nombre, el reflejo vivo de la situación interior del país, sus costumbres y su organización.

ASOCIACIÓN
Domingo F. Sarmiento

Le gaucho vit de privations, mais son luxe est la liberté. Fier d’une indépendence sans bornes, ses sentiments, sauvages comme sa vie, sont pourtant nobles et bons.—Head

(Motto. The gaucho lives amid privations, but his luxury is freedom. Proud of the boundless independence he enjoys, his sentiments, as wild as his life, are nevertheless noble and good. Taken from Croquis des Pampas, written in 1826 by Sir Francis Bond Head, after his return to England from his mission as director of a mining company in the provinces of the Plata.)

La Pulpería

En el capítulo primero[145] hemos dejado al campesino argentino en el momento en que ha llegado a la edad viril, tal cual lo ha formado la naturaleza y la falta de verdadera sociedad en que vive. Le hemos visto hombre independiente de toda necesidad, libre de toda sujeción, sin ideas de gobierno, porque todo orden regular y sistemado se hace de todo punto imposible. Con estos hábitos de incuria, de independencia, va a entrar en otra escala de la vida campestre, que, aunque vulgar, es el punto de partida de todos los grandes acontecimientos que vamos a ver desenvolverse muy luego.

No se olvide que hablo de los pueblos esencialmente[146] pastores; que en éstos tomo la fisonomía fundamental,[147] dejando las modificaciones accidentales que experimentan, para indicar a su tiempo los efectos[148] parciales. Hablo de la asociación de estancias que, distribuídas de cuatro en cuatro leguas, más o menos, cubren la superficie de una provincia.

Las campañas agrícolas subdividen y diseminan también la sociedad, pero en una escala muy reducida; un labrador colinda con otro: y los aperos de labranza y la multitud de instrumentos, aparejos, bestias, que ocupa,[149] lo variado[150] de sus productos y las diversas artes que la agricultura llama en su auxilio, establecen relaciones necesarias entre los habitantes de un valle y hacen indispensable un rudimento de villa que les sirva de centro. Por otra parte, los cuidados y faenas que la labranza exige, requieren tal número de brazos, que la ociosidad se hace imposible, y los varones se ven forzados a permanecer en el recinto de la heredad. Todo lo contrario sucede en esta[151] singular asociación. Los límites de la propiedad[152] no están marcados; los ganados, cuanto más numerosos son, menos brazos ocupan; la mujer se encarga de todas las faenas domésticas y fabriles; el hombre queda desocupado, sin goces, sin ideas, sin atenciones forzosas; el hogar doméstico lo fastidia, lo expele, digámoslo así. Hay necesidad, pues, de una sociedad facticia para remediar esta desasociación normal. El hábito contraído desde la infancia de andar a caballo, es un nuevo estímulo para dejar la casa.

Los niños tienen el deber de echar caballos al corral apenas sale el sol; y todos los varones, hasta los pequeñuelos, ensillan su caballo, aunque[153] no sepan qué hacerse. El caballo es una integrante del argentino de los campos; es para él lo que la corbata para los que viven en el seno de[154] las ciudades. El año 41, el Chacho, caudillo de[155] los Llanos, emigró a Chile.—¿Cómo le va amigo?,—le preguntaba uno.—¡Cómo me ha de ir!—,[156] contestó con el acento del dolor y de la melancolía.—¡En Chile... y a pie! Sólo un gaucho argentino sabe apreciar todas las desgracias y todas las angustias que estas dos frases expresan.[157]

Aquí vuelve a aparecer la vida árabe, tártara. Las siguientes palabras de Victor Hugo parecen escritas en la pampa: