Este atleta bajó a la arena en toda la plenitud de sus fuerzas, acendradas en la austeridad del hogar y de los estudios serios. Hijo excelente, padre afectuoso, agradecido discípulo, unía a una virginidad de sentimientos a la antigua, el atrevimiento y la audacia que inspiran las ideas que son la gloria de los tiempos modernos.

Su personalidad se eclipsa dentro de su idea, como el núcleo de un cometa en su atmósfera luminosa. La posteridad y la historia, no él, le[432] colocan entre los primeros hombres de la independencia, y le conceden su papel principal de revelación y de iniciativa en el drama de la revolución. No aspira a mandar sino a dirigir. Piensa recta y generosamente para que el pueblo pueda gobernarse a sí propio con acierto. Quiere como[433] borrar hasta los nombres propios de los mandatarios, para que la autoridad que preside los nuevos destinos de la patria, se sienta como influencia benéfica, y no se palpe como cosa natural, aspirando a dotarla, en su noble exaltación democrática, con los atributos de una entidad sobrehumana.

Moreno no tenía confianza sino en las fuerzas morales y quiso traerlas al gobierno y darlas al pueblo como palanca para remover los obstáculos que la marcha de la Revolución iba a encontrar en su camino.

Y como entre aquellas fuerzas, la más poderosa es la prensa,—instrumento hasta entonces vedado a los hijos de la Colonia para ventilar las cuestiones[434] políticas y los intereses sociales,—el secretario de la Junta se constituyó voluntariamente en redactor de La Gaceta, colocando al frente de sus escritos uno de aquellos magníficos arranques de amor a la libertad que son tan frecuentes en las inmortales páginas de Tácito. Este periódico[435] nació con el nuevo régimen, proclamando los tiempos “en que era dado pensar y manifestar sin trabas el pensamiento”.

La prensa se hizo desde entonces militante y popular. Los anteriores ensayos periodísticos se arrastraban tímidos por la senda de la erudición, y[436] apenas si una que otra chispa se derramaba a favor de los intereses públicos. Los talentos y el patriotismo de Vieytes y de Belgrano no habían[437] conseguido interesar al pueblo en la contemplación de su propio destino, y los tipos de nuestra única imprenta aparecían yertos sobre el papel como el metal de que estaban fundidos.

La Gaceta demolía y creaba al mismo tiempo. Fué el ariete asestado contra las murallas de la tiranía retrógrada del Virreinato, y la fuerza que[438] levanta sobre el cimiento de la libertad al pueblo que surgía del seno de los Cabildos abiertos. ¡Qué hermosa era la patria que pintaba la pluma del ilustre redactor! ¡Cuán orgulloso se sentía todo argentino al reconocerse hijo de esa Patria y árbitro[439] de fraguarse su propia felicidad, ejerciendo[440] derechos que antes no había comprendido!

La ciencia de la política amaneció entre nosotros y se popularizaron sus aplicaciones. Súpose entonces lo que era una sociedad entregada a sí misma y libre del freno pesado y de las riendas mezquinas manejadas por un elegido de la casualidad desde las remotas orillas del Manzanares.[441] Discutiéronse las diversas formas de gobierno a que pueden someterse los hombres en sociedad; y las Provincias, convocadas por primera vez a un Congreso,[442] vieron con sorpresa que los habitantes podían dignificarse hasta el punto de dar fuerza de ley a aquellas aspiraciones más en consonancia con sus intereses y bienestar.

Bajo el influjo de tan hábil piloto, la Revolución no podía naufragar. El rumbo estaba dado a la[443] mejor estrella, y por muchos desvíos que hubiera de experimentar la nave de la República, tenía forzosamente que llegar a la democracia.

Ésta fué la obra de don Mariano Moreno. El pueblo había conseguido su independencia; pero aquel gran patriota le preparó el porvenir americano que es hoy su modo de ser definitivo.[444]