Güemes era, pues, un verdadero caudillo, bajo cualquiera faz que se le considere; así lo califican los contemporáneos que lo conocieron, así lo pintan sus admiradores; así lo aclamaron sus partidarios y así se retrata él mismo.

Güemes encontró el campo preparado. No inició la revolución ni libertó pueblos, ni imprimió dirección a los acontecimientos, ni fundó nada.

La fuerza de Güemes no residía tanto en su propia individualidad, cuanto en la fuerza de las multitudes que acaudillaba y representaba, y cuya substancia, diremos así, se asimilaba: y aun cuando sin injusticia no pueden negarse cualidades superiores al que así dominaba y dirigía esas masas fanatizadas por su palabra, conduciéndolas a la lucha y al sacrificio, no era de cierto un genio superior ni en política, ni en milicia; ni sus hechos fueron precisamente los que decidieron de los destinos de la revolución, que se decidían de otros campos, con medios más poderosos de acción, y bajo una dirección más inteligente, más[449] metódica y con miras más trascendentales.

Su gloria no es ésa. Su gloria consiste en que, como caudillo, si bien cooperó, directamente algunas veces e indirectamente otras, a la desorganización general que ha prolongado una revolución social, fué siempre fiel a la idea de la unidad nacional, y salvo un corto paréntesis, reconoció siempre la autoridad general, aunque a condición de hacer lo que mejor le convenía, pues era dueño y señor absoluto dentro de las fronteras de su provincia, como él la llamaba.

Su gloria consiste en que jamás desesperó de la suerte de la revolución; que en los más tristes días, cuando ella era vencida en el exterior y se veía[450] desgarrada en sus propias entrañas por las furias de la guerra intestina, él combatió solo al frente de sus valientes gauchos en las fronteras, paralizando las operaciones de ejércitos poderosos y dando tiempo para que se desenvolviesen otras combinaciones positivas que fueron en definitiva las que salvaron la revolución. A esas operaciones concurrieron eficazmente los extraordinarios esfuerzos de Güemes, dignos sin duda de ocupar un lugar distinguido en la historia argentina, porque así como la primera conmoción revolucionaria, en 1810, determinó las actuales fronteras de la República, así también, en esa época aciaga, la espada de Güemes trazó con una línea imborrable la frontera definitiva de la Nación Argentina por el norte.

Cuando Güemes se puso al frente de la provincia de su nacimiento, ya robustecida por la fuerza moral de sus triunfos en Tucumán y Salta, por el desarrollo de las fuerzas populares que ocho años de revolución habían puesto en acción, contó además en las cuatro primeras campañas con el apoyo de un ejército que cubría su retaguardia[451] y su flanco; y en la de 1817 con el de otro que[452] iba a atravesar los Andes para dar libertad a la América, que ya para los argentinos era un hecho irrevocable.

De ahí la energía de la resistencia de Güemes, de ahí su buen éxito. ¡Honor a las Provincias del Norte, que en la época más calamitosa de la revolución, cuando el congreso de Tucumán, producto del cansancio más bien que de la fe, trazaba con colores sombríos el cuadro de una situación desesperada, apoyaron la declaratoria de la independencia que inspiraron San Martín y Belgrano! A ellas que desde entonces fueron el baluarte de la Nación, cuando ardía ésta en guerra[453] civil y cuando esa guerra devoraba hambrienta sus ejércitos regulares. ¡Honor a Güemes que dirigió esa heroica resistencia, en la cual rindió noblemente su vida! Pero ¡honor también a aquél que[454] fué el primero que les reveló su fuerza, que les dió dos días de gloria inmortal, y encendió en sus corazones el fuego sagrado de la revolución, que no había prendido en todos o se había amortiguado en algunos, cuando los llamó a empuñar las armas, y a defender a la vez su credo y sus hogares en los campos de Tucumán y Salta!

Dice de él el general La Paz en sus Memorias[455] Póstumas, que, según el Dr. Vélez Sársfield,[456] deben ser un texto bíblico para el historiador: “Si Güemes mandaba con un despotismo sostenido de la plebe que acaudillaba, se veía constituído en circunstancias[457] especiales, y por grandes que fuesen sus defectos, era el único dique que se oponía al retorno de la tiranía peninsular. Si cometió grandes errores, sus enemigos domésticos nos fuerzan a correr un velo sobre ellos, para no ver en él sino al campeón de nuestra libertad política, al fiel soldado de la independencia y al mártir de la patria.

FACUNDO QUIROGA
Domingo F. Sarmiento

Le llamaron Tigre de los Llanos, y no le sentaba mal esta denominación. La frenología y la anatomía comparada han demostrado, en efecto, las relaciones que existen entre las formas exteriores y las disposiciones morales, entre la fisonomía del hombre y la de algunos animales a quienes se asemeja en su carácter. Facundo, porque así lo llamaron largo tiempo los pueblos del interior—el general D. Facundo Quiroga, el Exmo. brigadier general D. Juan Facundo Quiroga, todo esto vino después, cuando la sociedad lo recibió en su seno y la victoria lo hubo coronado de laureles,—Facundo, pues, era de estatura baja y fornida; sus anchas espaldas sostenían sobre un cuello corto una cabeza bien formada, cubierta de pelo espesísimo, negro y ensortijado. Su cara un poco ovalada estaba hundida en medio de un bosque de pelo, a que correspondía una barba igualmente espesa, igualmente crespa y negra, que subía hasta los juanetes, bastante pronunciados para descubrir una voluntad firme y tenaz. Sus ojos negros, llenos de fuego y sombreados por pobladas cejas, causaban una sensación involuntaria de terror en aquellos en quienes alguna vez llegaban a fijarse; porque Facundo no miraba casi nunca de frente; por hábito, por arte, por deseo de hacerse siempre temible, tenía de ordinario la cabeza inclinada, y miraba por entre las cejas, como el Alí-Bajá de Monvoisin. El Caín que[458] representaba la famosa compañía Ravel me despierta[459] la imagen de Quiroga, quitando las posiciones artísticas de la estatuaria que no le convienen. Por lo demás, su fisonomía es regular, y el pálido moreno de su tez sentaba bien a las sombras espesas en que quedaba encerrada.