¿Qué revelación era esta? La del terror y la del crimen hecha ante un hombre sagaz. Estaba otra vez un gaucho respondiendo a los cargos que se le hacían por un robo. Facundo le interrumpe diciendo: “Ya este pícaro está mintiendo; ¡a ver! cien azotes....” Cuando el reo hubo salido, Quiroga dijo a alguno que se hallaba presente: “Vea, patrón, cuando un gaucho al hablar está haciendo marcas con el pie, es señal que está mintiendo.” Con los azotes el gaucho contó la historia como debía de ser, esto es, que había robado una yunta de bueyes.

Necesitaba otra vez y había pedido un hombre resuelto, audaz para confiarle una misión peligrosa. Escribía Quiroga cuando le trajeron el hombre: levanta la cara después de habérselo anunciado[470] varias veces, lo mira, y dice continuando de escribir:[471] “¡Eh!!!... ¡Ése, es un miserable! ¡Pido un hombre valiente y arrojado!” Averiguóse en efecto que era un patán.

De estos hechos hay a centenares en la vida de Facundo, y que al paso que descubren un hombre superior, han servido eficazmente para labrarle una reputación misteriosa entre los hombres groseros, que llegaban a atribuirle poderes sobrenaturales.

ESTEBAN ECHEVERRÍA
Pedro Goyena

Echeverría es uno de nuestros literatos más afamados. Sus composiciones líricas, sus poemas, sus escritos en prosa fueron leídos con avidez en los tiempos ya lejanos en que inició lo que puede llamarse el movimiento revolucionario de[472] nuestra literatura. Conviene que la joven generación se familiarice con aquel noble y vigoroso espíritu que condensaba, por decirlo así, todas las nociones de la ciencia social en la época en que vivió, y que supo abrir al arte anchos y nuevos caminos, por los cuales hallaron nuestros poetas un mundo entero de bellezas desconocidas. Echeverría era un hombre reflexivo, estudioso, inspirado, y amante de su patria. Podría presentársele[473] como el tipo del ingenio sud-americano, sagaz, delicado, flexible, apto para comprender las verdades que obtiene como premio la paciente investigación, y para sentir con viveza las emociones que los bellos espectáculos de la naturaleza despiertan en las almas noblemente apasionadas.

Los jóvenes que cultivan la literatura hallarán sin duda en la lectura de las obras de Echeverría,[474] placeres delicados y puros, enseñanzas fecundas y severas. Cuando se trata de evitar que los[475] hombres de letras se puerilicen en busca de una popularidad fácil y pervertidora, cuando se trata de hacerles adquirir esos hábitos meditativos indispensables para el progreso intelectual, Esteban Echeverría, desdeñoso como Horacio de la insipiencia[476] del vulgo, investigador concienzudo en las cuestiones de la ciencia y del arte, es todavía, después de la muerte, el bienvenido para los[477] pueblos del Plata.

Sus escritos políticos no son, no pueden ser ya, por la marcha natural e incesante de las ideas, una revelación sorprendente para sus conciudadanos, como lo fueron tal vez cuando el malogrado[478] argentino volvió al seno de su patria, después de beber a largos sorbos la ilustración europea; pero son y serán siempre un alto ejemplo para enseñarnos a disciplinar y dirigir las fuerzas intelectuales en orden a hallar la solución de los problemas que se refieren al bien de la sociedad.[479]

Nada tan eficaz para inspirar aversión hacia el hueco charlatanismo de los que hablan y escriben sin reflexionar, como la lectura de las obras de Echeverría. Él conocía los serios deberes del literato y sabía practicarlos con escrupulosa austeridad. No escribía para halagar las preocupaciones vulgares y alcanzar las victorias estruendosas, pero efímeras, obtenidas por los que dicen a gritos las necedades que el vulgo ama como a sus hijos; y sacrificaba siempre el efecto inmediato a las reglas del criterio artístico, inaccesible para la gran mayoría de personas que no tienen un gusto refinado. Escribió La Cautiva en humildes octosílabos como para hacer contraste con los ampulosos alejandrinos a cuya sonoridad deben algunos versificadores su fama poco envidiable, probando que la poesía reside en las ideas y en el sentimiento, que las modestas formas de un metro sencillo pueden albergar dignamente la sublime inspiración del poeta.

Supo reconcentrarse en los senos de la conciencia y sondar pacientemente las profundidades del mundo interior, así como había estudiado las maravillas de la naturaleza. Esperó los favores de la musa en las horas silenciosas de austeras vigilias, y la invisible confidente bajó a su alma[480] con una frecuencia y una amabilidad de que pocos pueden jactarse a pesar de haberla invocado muchas veces. Rompió la tradición clásica a que[481] habían estado sujetas las generaciones poéticas de la República Argentina, quitó a nuestra literatura el carácter de “cosmopolitismo incoloro” que había tenido hasta entonces, inspirándose en las peculiaridades de nuestra naturaleza y de nuestra sociedad, e introdujo en la poesía las audaces franquezas de la expresión, que muestran con verdaderos matices y en todo su vigor los fenómenos del alma humana. Sus cuerdas favoritas eran las que se armonizan con la solemne majestad de la meditación y con los tiernos suspiros de la elegía.

En su alma se albergaba ese indefinible sentimiento en que se condensan, perdiendo mucho de[482] su amargura, los males de la vida, sin llegar a confundirse jamás con la horrible desesperación o la sarcástica indiferencia de los que han dado a la esperanza un eterno adiós. Su espíritu se oscurecía con las nubes de la tristeza como el mundo con las sombras del crepúsculo, pero brillaba también con los fulgores de halagüeñas visiones. Echeverría ha contemplado el ideal, ha sentido los dolores y los placeres de esa contemplación, y ha reflejado en bellas estrofas las variadas escenas de su drama interior.