Los mercenarios de Salambó,[626] al marchar de Cartago, veían con cierta inquietud, clavadas a los árboles por los cuatro remos, bestias moribundas que agitaban su roja melena entre estertores agónicos.
—¿Qué nación es ésta que crucifica a los leones?...—murmuraban asombrados los personajes de Flaubert.
Algo semejante piensa el viajero al llegar al puerto de Buenos Aires, en una mañana fría y brumosa.
—¿Qué pueblo es éste que trata a los gigantes del mar como si fueran reses?...
Todos los días se presentan en sus muelles enormes transatlánticos, mansos, lentos, como vacas rojas o negras que vinieran a pastar en las praderas azules del océano. Detiénense junto a sus almacenes para ser ordeñados por la poderosa ciudad, a la que dan generoso alimento; y cuando sus entrañas están exhaustas, cuando han soltado el chorro de hombres y hasta la última gota sólida del cargamento, Buenos Aires les da con un pie en[627] la amplia grupa, enviándolos a descansar en sus inmensos corrales de agua. Entran en una dársena, y si en ella no hay lugar, se trasladan a otra, y luego a otra, pasando entre murallas, apartando[628] puentes, seguidos de remolcadores que silban, corren y rodean el pesado rebaño de leviatanes como si fuesen sus zagales. Y en los inmensos apriscos acuáticos descansan los monstruos varios días, recibiendo la alimentación de tierra adentro, que les sirven grúas y elevadores, hasta que repletas sus entrañas de vigorosas riquezas y con nueva sangre negra en las carboneras, vuelven a emprender la marcha, río abajo, hacia los azules[629] campos.
Ya atracó la nave. Se arrancan los emigrantes de la contemplación de la ciudad, para arrollar y enfardar sus ropas. El puente ha quedado tendido desde el muelle a un costado del buque. ¡Gente a tierra!... Las mujeres toman de la mano sus ristras de pequeñuelos y se colocan sobre la cabeza, como enorme turbante, el atado de ropas. Los hombres se concorvan bajo los fardos de mantas y colchones. Algunos, pobremente vestidos de señoritos, desembarcan con las manos en los bolsillos, silbando para distraer su emoción. Otros llevan por todo equipaje una guitarra y saludan con gritos y risotadas a los amigos que les esperan en el muelle.
El rebaño de miseria y esperanza desfila y desfila hacia lo desconocido. ¿Qué les aguardará en el interior de este monstruo gris y achatado que todos los días devora su ración humana?...
Los peregrinos pasan y pasan por el puente de madera, bajo la mirada escrutadora de la policía. ¡Ni una palabra! El ambiente es de libertad. El Hotel de Emigrantes ofrece asilo a los que se presentan sin amigos y recomendaciones. Las oficinas están abiertas para los que llegan desvalidos, sin un propósito determinado. La nueva tierra les ofrece cama, alimento y el ferrocarril o los vapores fluviales necesarios para que se trasladen al interior, donde hay demanda de brazos.
Los que llegan no encuentran obstáculos, y, sin embargo, parecen cohibidos, atemorizados.
“¡Ay, Buenos Aires!... ¡Tan grande!... ¡Tan grande!...”