CAP. VII. De la manera que es la Tierra.
La Tierra, por la maior parte, desde donde desembarcamos, hasta este Pueblo, i Tierra de Apalache, es llana; el suelo de arena, i tierra firme; por toda ella ai mui grandes Arboles, i Montes claros, donde ai Nogales, i Laureles, i otros, que se llaman Liquidambares, Cedros, Savinas, i Encinas, i Pinos, i Robles, Palmitos baxos, de la manera de los de Castilla. Por toda ella ai muchas Lagunas grandes, i pequeñas, algunas mui trabajosas de pasar, parte por la mucha hondura, parte por tantos Arboles como por ellas estàn caìdos. El suelo de ellas es arena, i las que en la Comarca de Apalache hallamos, son mui maiores que las de hasta alli. Ai en esta Provincia muchos Maìçales, i las Casas estàn tan esparcidas por el campo, de la manera que estàn las de los Gelves. Los Animales que en ellas vimos son Venados de tres maneras, Conejos, i Liebres, Osos, i Leones, i otras Salvaginas; entre los quales vimos vn animal que trae los hijos en vna bolsa, que en la barriga tiene; i todo el tiempo que son pequeños, los trae alli, hasta que saben buscar de comer; i si acaso estàn fuera buscando de comer, i acude Gente, la madre no huie hasta que los ha recogido en su bolsa. Por alli la Tierra es mui fria; tiene mui buenos pastos para ganados: ai Aves de muchas maneras: Ansares en gran cantidad; Patos, Anades, Patos Reales, Dorales, i Garçotas, i Garças, Perdices: vimos muchos Halcones, Neblìs, Gavilanes, Esmerejones, i otras muchas Aves. Dos horas despues que llegamos à Apalache, los Indios, que de alli havian huìdo, vinieron à nosotros de Paz, pidiendonos à sus Mugeres, i Hijos, i nosotros se los dimos; salvo, que el Governador detuvo vn Cacique de ellos consigo, que fue causa por donde ellos fueron escandaliçados; i luego otro dia bolvieron de Guerra: i con tanto denuedo, i presieça nos acometieron, que llegaron à nos poner fuego à las Casas en que estabamos; mas como salimos, huieron, i acogieronse à las Lagunas, que tenian mui cerca; i por esto, i por los grandes Maìçales, que havia, no les podimos hacer daño, salvo à vno que matamos. Otro dia siguiente, otros Indios de otro Pueblo, que estaba de la otra parte, vinieron à nosotros, i acometieronnos de la misma arte que los primeros: i de la misma manera se escaparon, i tambien murió vno de ellos. Estuvimos en este Pueblo veinte i cinco dias, en que hecimos tres entradas por la Tierra, i hallárnosla mui pobre de Gente, i mui mala de andar, por los malos pasos, i Montes, i Lagunas, que tenia. Preguntamos al Cacique, que les haviamos detenido, i à los otros Indios, que traìamos con nosotros, que eran Vecinos, i Enemigos de ellos, por la manera, i poblacion de la Tierra, i la calidad de la Gente, i por los Bastimentos, i todas las otras cosas de ella? Respondieron nos cada vno por sì, que el maior Pueblo de toda aquella Tierra era aquel Apalache, i que adelante havia menos Gente, i mui mas pobre que ellos, i que la Tierra era mal poblada, i los Moradores de ella mui repartidos; i que iendo adelante, havia grandes Lagunas, i espesura de Montes, i grandes Desiertos, i Despoblados. Preguntamosles luego por la Tierra, que estaba àcia el Sur, què Pueblos, i Mantenimientos, tenia? Dixeron, que por aquella via, iendo à la Mar nueve jornadas, havia vn Pueblo, que llamaban Aute, i los Indios de èl tenian mucho Maìz, i que tenian Frisoles, i Calabaças, i que por estàr tan cerca de la Mar, alcançaban Pescados, i que estos eran Amigos suios. Nosotros, vista la pobreça dé la Tierra, i las malas nuevas, que de la Poblacion, i de todo lo detrás nos daban, i como los Indios nos hacian continua Guerra, hiriendonos la Gente, i los Caballos, en los lugares donde ibamos à tomar Agua, i esto desde las Lagunas, i tan à su salvo, que no los podiamos ofender, porque metidos en ellas, nos flechaban, i mataron vn Señor de Tescuco, que se llamaba D. Pedro, que el Comisario llevaba consigo, acordamos de partir de alli, i ir à buscar la Mar, i aquel Pueblo de Aute, que nos havian dicho; i asi nos partimos, à cabo de veinte i cinco dias, que alli havianos llegado. El primero dia pasamos aquellas Lagunas, i palos, sin vèr Indio ninguno: mas al segundo dia llegamos à vna Laguna de mui mal paso, porque daba el Agua à los pechos, i havia en ella muchos Arboles caìdos. Yà que estabamos en medio de ella, nos acometieron muchos Indios, que estaban abscondidos detràs de los Arboles, porque no los viesemos; otros estaban sobre los caìdos, i començaron nos à flechar, de manera, que nos hirieron muchos Hombres, i Caballos, i nos tomaron la Guia que llevabamos antes, que de la Laguna saliesemos; i despues de salidos de ella, nos tornaron à seguir, queriendonos estorvar el paso, de manera, que no nos aprovechaba salirnos à fuera, ni hacernos mas fuertes, i querer pelear con ellos, que se metian luego en la Laguna, i desde alli nos herian la Gente, i Caballos. Visto esto, el Governador mandò à los de Caballo, que se apeasen, i les acometiesen à pie. El Contador se apeò con ellos, i asi los acometieron, i todos entraron à bueltas en vna Laguna, i asi les ganamos el paso. En esta rebuelta huvo algunos de los nuestros heridos, que no les valieron buenas Armas, que llevaban; i huvo hombres este dia, que juraron que havian visto dos Robles, cada vno de ellos tan grueso como la pierna, por baxo, pasados de parte à parte de las Flechas de los Indios; i esto no es tanto de maravillar, vista la fuerça, i maña con que las echan; porque Yo mismo vì vna Flecha en vn pie de vn Alamo, que entraba por èl vn geme. Quantos Indios vimos desde la Florida aqui, todos son Flecheros, i como son tan crescidos de cuerpo, i andan desnudos, desde lexos parescen Gigantes. Es Gente à maravilla bien dispuesta, mui enjutos, i de mui grandes fuerças, i ligereça. Los Arcos que vsan son gruesos como el braço, de once, ò doce palmos de largo, que flechan à docientos pasos, con tan gran tiento, que ninguna cosa ierran. Palados que fuimos de este paso, de aì à vna legua llegamos à otro de la misma manera, salvo que por ser tan larga, que duraba media legua, era mui peor: este pasamos libremente, i sin estorvo de Indios, que como havian gastado en el primero toda la municion, que de Flechas tenian, no quedò con que osarnos acometer. Otro dia siguiente, pasando otro semejante paso, Yo hallé rastro de Gente, que iba adelante, i dì aviso de ello al Governador, que venia en la Retaguarda; i ansi, aunque los Indios salieron à nosotros, como ibamos apercebidos, no nos pudieron ofender; i salidos à lo llano, fueronnos todavia siguiendo; bolvimos à ellos por dos partes, i matamosles dos Indios, i hirieronme à mi, i dos, ò tres Christianos; por acogersenos al Monte, no les podimos hacer mas mal, ni daño. De esta suerte caminamos ocho dias, i desde este paso, que he contado, no salieron mas Indios à nosotros, hasta vna legua adelante, que es Lugar donde he dicho que ibamos. Alli, iendo nosotros por nuestro camino, salieron Indios, i sin ser sentidos, dieron en la Retaguarda, i à los gritos que diò vn Muchacho de vn Hidalgo de los que alli iban, que se llamaba Avellaneda, el Avellaneda bolvió, i fue à socorrerlos, i los Indios le acertaron con vna Flecha por el canto de las Coraças, i fue tal la herida, que pasò casi toda la Flecha por el pescueço, i luego alli muriò, i lo llevamos hasta Aute. En nueve dias de camino, desde Apalache, hasta alli, llegamos. Y quando fuimos llegados, hallamos toda la Gente de èl ida, i las Casas quemadas, i mucho Maìz, i Calabaças, i Frisoles, que ià todo estaba para empeçarse à coger. Descansamos alli dos dias; i ellos pasados, el Governador me rogò que fuese à descubrir la Mar, pues los Indios decian, que estaba tan cerca de alli: ià en este camino la haviamos descubierto por vn Rio mui grande, que en èl hallamos, à quien haviamos puesto por nombre el Rio de la Magdalena. Visto esto, otro dia siguiente Yo me partì à descubrirla, juntamente con el Comisario, i el Capitan Castillo, i Andrès Dorantes, i otros siete de Caballo, i cinquenta Peones, i caminamos hasta hora de Visperas, que llegamos à vn Ancon, ò entrada de la Mar, donde hallamos muchos Hostiones con que la Gente holgò: i dimos muchas gracias à Dios, por havernos traìdo alli. Otro dia de mañana embiè veinte Hombres à que conosciesen la Costa, i mirasen la disposicion de ella: los quales bolvieron otro dia en la noche, diciendo, que aquellos Ancones, i Baìas eran mui grandes, i entraban tanto por la Tierra adentro, que estorvaban mucho para descubrir lo que queriamos, i que la Costa estaba mui lexos de alli. Sabidas estas nuevas, i vista la mala disposicion, i aparejo, que para descubrir la Costa por alli havia, Yo me bolvì al Governador: i quando llegamos, hallamosle enfermo con otros muchos; i la noche pasada los Indios havian dado en ellos, i puestolos en grandisimo trabajo, por la raçon de la enfermedad que les havia sobrevenido, tambien les havian muerto vn Caballo. Yo dì cuenta de lo que havia hecho, i de la mala disposicion de la Tierra. Aquel dia nos detuvimos alli.
CAP. VIII. Como partimos de Aute.
Otro Dia siguiente partimos de Aute, i caminamos todo el dia, hasta llegar donde Yo havia estado. Fue el camino en estremo trabajoso, porque ni los Caballos bastaban à llevar los enfermos, ni sabiamos què remedio poner, porque cada dia adolescian, que fue cosa de mui gran lastima, i dolor vèr la necesidad, i trabajo en que estabamos. Llegados que fuimos, visto el poco remedio, que para ir adelante havia, porque no havia donde, ni aunque lo huviera, la Gente pudiera pasar adelante, por estàr los mas enfermos, i tales, que pocos havia de quien se pudiese haver algun provecho. Dexo aqui de contar esto mas largo, porque cada vno puede pensar lo que se pasaria en Tierra tan estraña, i tan mala, i tan sin ningun remedio de ninguna cosa, ni para estar, ni para salir de ella: mas como el mas cierto remedio sea Dios Nuestro Señor, i de este nunca desconfiamos, suscediò otra cosa, que agravaba mas que todo esto, que entre la Gente de Caballo se començò la maior parte de ellos à ir secretamente, pensando hallar ellos por sì remedio, i desamparar al Governador, i à los enfermos, los quales estaban sin algunas fuerças, i poder. Mas como entre ellos havia muchos Hijosdalgo, i Hombres de buena suerte, no quisieron que esto pasase, fin dàr parte al Governador, i à los Oficiales de V. Mag. i como les afeamos su proposito, i les pusimos delante el tiempo en que desamparaban à su Capitan, i los que estaban enfermos, i sin poder, i apartarse sobre todo del servicio de V. Mag. acordaron de quedar, i que lo que fuese de vno, fuese de todos, sin que ninguno desamparase à otro. Visto esto por el Governador, los llamò à todos, i à cada vno por sì, pidiendo parescer de tan mala Tierra, para poder salir de ella, i buscar algun remedio, pues alli no lo havia, estando la tercia parte de la Gente con gran enfermedad, i cresciendo esto cada hora, que teniamos por cierto todos lo estariamos asi, de donde no se podia seguir sino la muerte, que por ser en tal parte se nos hacia mas grave; i vistos estos, i otros muchos inconvenientes, i tentados muchos remedios, acordamos en vno (harto dificil) de poner en obra, que era hacer Navios, en que nos fuesemos. A todos parescia imposible, porque nosotros no los sabiamos hacer, ni havia Herramientas, ni Hierro, ni Fragua, ni Estopa, ni Pez, ni Xarcias, finalmente, ni cosa ninguna de tantas como son menester, ni quien supiese nada para dàr industria en ello: i sobre todo no haver que comer, entretanto que se hiciesen, i los que havian de trabajar del arte que haviamos dicho; i considerando todo esto, acordamos de pensar en ello mas de espacio, i cesò la platica aquel dia, i cada vno se fue, encomendandolo à Dios Nuestro Señor, que lo encaminase por donde èl fuese mas servido. Otro dia quiso Dios, que vno de la Compañia vino diciendo, que èl haria vnos Cañones de palo, i con vnos Cueros de Venado se harian vnos Fuelles: i como estabamos en tiempo, que qualquiera cosa que tuviese alguna sobrehaz de remedio, nos parescia bien, diximos, que se pusiese por obra: i acordamos de hacer de los Estrivos, i Espuelas, i Ballestas, i de las otras cosas de Hierro, que havia, los Clavos, i Sierras, i Hachas, i otras Herramientas, de que tanta necesidad havia para ello; i dimos por remedio, que para haver algun mantenimiento, en el tiempo que esto se hiciese, se hiciesen quatro entradas en Aute, con todos los Caballos, i Gente, que pudiesen ir, i que à tercero dia se matase vn Caballo, el qual se repartiese entre los que trabajaban en la Obra de las Barcas, i los que estaban enfermos: las entradas se hicieron con la Gente, i Caballos que fue posible, i en ellas se traxeron hasta quatrocientas hanegas de Maìz, aunque no sin contiendas, i pendencias con los Indios. Hecimos coger muchos Palmitos, para aprovecharnos de la lana, i cobertura de ellos, torciendola, i aderesçandola, para vsar en lugar de Estopa para las Barcas, las quales se començaron à hacer con vn solo Carpintero, que en la Compañia havia; i tanta diligencia pusimos, que començandolas à quatro dias de Agosto, à veinte dias de el Mes de Septiembre eran acabadas cinco Barcas, de à veinte i dos codos cada vna, calafeteadas con las Estopas de los Palmitos, i breamoslas con cierta Pez de Alquitràn, que hiço vn Griego, llamado Don Teodoro, de vnos Pinos: i de la misma ropa de los Palmitos, i de las colas, i crines de los Caballos, hecimos cuerdas, i Xarcias: i de las nuestras Camisas, Velas; i de las Sabinas, que alli havia, hecimos los Remos, que nos paresciò que era menester; i tal era la Tierra en que nuestros pecados nos havian puesto, que con mui gran trabajo podiamos hallar piedras para Lastre, i Ancles de las Barcas, ni en toda ella haviamos visto ninguna. Desollamos tambien las piernas de los Caballos enteras, i curtimos los Cueros de ellas, para hacer Botas, en que llevasemos Agua. En este tiempo algunos andaban cogiendo Marisco por los rincones, i entradas de la Mar, en que los Indios, en dos veces que dieron en ellos, nos mataron diez Hombres, à vista del Real, sin que los pudiesemos socorrer, los quales hallamos, de parte à parte, pasados con Flechas, que aunque algunos tenian buenas Armas, no bastaron à resistir, para que esto no se hiciese, por flechar con tanta destreça, i fuerça (como arriba he dicho) i à dicho, i juramento de nuestros Pilotos, desde la Baìa, que pusimos Nombre de la Cruz, hasta aqui, anduvimos docientas i ochenta Leguas, poco mas, ò menos: en toda esta Tierra no vimos Sierra, ni tuvimos noticia de ella en ninguna manera: i antes que nos embarcasemos, sin los que los Indios nos mataron, se murieron mas de quarenta Hombres de enfermedad, i hambre. A veinte i dos dias de el Mes de Septiembre se acabaron de comer los Caballos, que solo vno quedò; i este dia nos embarcamos por esta orden. Que en la Barca del Governador iban quarenta i nueve Hombres. En otra, que diò al Contador, i Comisario, iban otros tantos. La tercera diò al Capitan Alonso del Castillo, i Andrès Dorantes, con quarenta i ocho Hombres; i otra diò à dos Capitanes, que se llamaban Tellez, i Peñalosa, con quarenta i siete Hombres. La otra diò al Veedor, i à mi con quarenta i nueve Hombres; i despues de embarcados los Bastimentos, i Ropa, no quedò à las Barcas mas de vn geme de bordo fuera del Agua: i allende de esto, ibamos tan apretados, que no nos podiamos menear; i tanto puede la necesidad, que nos hiço aventurar à ir de esta manera, i meternos en vna Mar tan trabajosa, i sin tener noticia de la Arte del marcar ninguno de los que alli iban.
CAP. IX. Como partimos de Baìa de Caballos.
Aquella Baìa de donde partimos, ha por nombre la Baìa de Caballos, i anduvimos siete dias por aquellos Ancones, entrados en el Agua hasta la cinta, sin señal de vèr ninguna cosa de Costa; i al cabo de ellos llegamos à una Isla, que estaba cerca de la Tierra. Mi Barca iba delante, i de ella vimos venir cinco Canoas de Indios, los quales las desampararon, i nos las dexaron en las manos, viendo que ibamos à ellas: las otras Barcas pasaron adelante, i dieron en vnas Casas de la misma Isla, donde hallamos muchas Liças, i huevos de ellas, que estaban secas, que fue mui gran remedio para la necesidad que llevabamos. Despues de tomadas, pasamos adelante, i dos Leguas de alli pasamos vn Estrecho, que la Isla con la Tierra hacia, al qual llamamos de Sant Miguèl, por haver salido en su Dia por èl; i salidos, llegamos à la Costa, donde con las cinco Canoas, que Yo havia tomado à los Indios, remediamos algo de las Barcas, haciendo falcas de ellas, i añadiendolas, de manera que subieron dos palmos de bordo sobre el Agua; i con esto tornamos à caminar por luengo de Costa, la via del Rio de Palmas, cresciendo cada dia la sed, i la hambre, porque los Bastimentos eran mui pocos, i iban mui al cabo, i el Agua se nos acabò, porque las Botas, que hecimos de las piernas de los Caballos, luego fueron podridas, i sin ningun provecho: algunas veces entramos por Ancones, i Baìas, que entraban mucho por la Tierra adentro, todas las hallamos baxas, i peligrosas: i ansi anduvimos por ellas treinta dias, donde algunas veces hallabamos Indios Pescadores, Gente pobre, i miserable. Al cabo ià de estos treinta dias, que la necesidad del Agua era en estremo, iendo cerca de Costa, vna noche sentimos venir vna Canoa, i como la vimos, esperamos que llegase, i ella no quiso hacer cara: i aunque la llamamos, no quiso bolver, ni aguardarnos, i por ser de noche, no la seguimos, i fuimonos nuestra via; quando amanesciò, vimos vna Isla pequeña, i fuimos à ella, por vèr si hallariamos Agua, mas nuestro trabajo fue en valde, porque no la havia. Estando alli surtos, nos tomò vna Tormenta mui grande, porque nos detuvimos seis dias, sin que osasemos salir à la Mar: i como havia cinco dias, que no bebiamos, la sed fue tanta, que nos puso en necesidad de beber Agua salada; i algunos se desatentaron tanto en ello, que supitameete se nos murieron cinco Hombres. Cuento esto asi brevemente, porque no creo que ai necesidad de particularmente contar las miserias, i trabajos en que nos vimos; pues considerando el lugar donde estabamos, i la poca esperança de remedio, que teniamos, cada vno puede pensar mucho de lo que alli pasaria; i como vimos que la sed crescia, i el Agua nos mataba, aunque la Tormenta no era cesada, acordamos de encomendarnos à Dios Nuestro Señor, i aventurarnos antes al peligro de la Mar, que esperar la certinidad de la muerte, que la sed nos daba; i asi salimos la via, donde haviamos visto la Canoa, la noche que por alli veniamos; i en este dia nos vimos muchas veces anegados, i tan perdidos, que ninguno huvo, que no tuviese por cierta la muerte. Plugò à Nuestro Señor, que en las maiores necesidades suele mostrar su favor, que à puesta del Sol bolvimos vna Punta, que la Tierra hace, adonde hallamos mucha bonança, i abrigo. Salieron à nosotros muchas Canoas, i los Indios, que en ellas venian, nos hablaron, i sin querernos aguardar, se bolvieron. Era Gente grande, i bien dispuesta, i no traìan Flechas, ni Arcos. Nosotros les fuimos siguiendo hasta sus Casas, que estaban cerca de alli à la Lengua del Agua, i saltamos en Tierra: i delante de las Casas hallamos muchos Cantaros de Agua, i mucha cantidad de Pescado guisado, i el Señor de aquellas Tierras ofresciò todo aquello al Governador, i tomandolo consigo, lo llevò à su Casa. Las Casas de estos eran de Esteras, que à lo que paresciò eran estantes; i despues que entramos en Casa del Cacique, nos diò mucho Pescado, i nosotros le dimos del Maìz, que traìamos, i lo comieron en nuestra presencia, i nos pidieron mas, i se lo dimos, i el Governador le diò muchos Rescates; el qual, estando con el Cacique en su Casa, à media hora de la noche, supitamente los Indios dieron en nosotros, i en los que estaban mui malos, echados en la Costa, i acometieron tambien la Casa del Cacique, donde el Governador estaba, i lo hirieron de vna piedra en el rostro. Los que alli se hallaron, prendieron al Cacique: mas como los Suios estaban tan cerca, soltòseles, i dexòles en las manos vna Manta de Martas Cebelinas, que son las mejores, que creo Yo que en el Mundo se podrian hallar, i tienen vn olor, que no paresce sino de Ambar, i Almizcle, i alcança tan lexos, que de mucha cantidad se siente: otras vimos alli, mas ningunas eran tales como estas. Los que alli se hallaron, viendo al Governador herido, lo metimos en la Barca, i hecimos que con èl se recogiese toda la mas Gente à sus Barcas, i quedamos hasta cinquenta en Tierra, para contra los Indios, que nos acometieron tres veces aquella noche, i con tanto impetu, que cada vez nos hacian retraer mas de vn tiro de piedra: ninguno huvo de nosotros, que no quedase herido, i Yo lo fui en la cara; i si como se hallaron pocas Flechas, estuvieran mas proveìdos de ellas, sin dubda nos hicieran mucho daño. La vltima vez se pusieron en celada los Capitanes Dorantes, i Peñalosa, i Tellez, con quince Hombres, i dieron en ellos por las espaldas, i de tal manera les hicieron huir, que nos dexaron. Otro dia de mañana Yo les rompì mas de treinta Canoas, que nos aprovecharon para vn Norte que hacia, que por todo el dia huvimos de estàr alli con mucho frio, sin osar entrar en la Mar, por la mucha Tormenta que en ella havia. Esto pasado, nos tornamos à embarcar, i navegamos tres dias: i como haviamos tomado poca Agua, i los Vasos que teniamos para llevar asimismo eran mui pocos, tornamos à caer en la primera necesidad; i siguiendo nuestra via, entramos por vn Estero, i estando en èl, vimos venir vna Canoa de Indios: como los llamamos, vinieron à nosotros; i el Governador, à cuia Barca havian llegado, pidiòles Agua, i ellos la ofrescieron, con que les diesen en que la traxesen; i vn Christiano Griego, llamado Doroteo Teodoro (de quien arriba se hiço mencion) dixo, que queria ir con ellos: el Governador, i otros se lo procuraron estorvar mucho, i nunca lo pudieron, sino que en todo caso queria ir con ellos: asi se fue, i llevò consigo vn Negro, i los Indios dexaron en rehenes dos de su Compañia; i à la noche los Indios bolvieron, i traxeronnos nuestros Vasos sin Agua, i no traxeron los Christianos, que havian llevado: i los que havian dexado por rehenes, como los otros los hablaron, quisieronse echar al Agua. Mas los que en la Barca estaban los detuvieron, i ansi se fueron huiendo los Indios de la Canoa, i nos dexaron mui confusos, i tristes, por haver perdido aquellos dos Christianos.
CAP. X. De la Refriega, que nos dieron los Indios.
Venida la mañana, vinieron à nosotros muchas Canoas de Indios, pidiendonos los dos Compañeros, que en la Barca havian quedado por rehenes. El Governador dixo, que se los daria, con que traxesen los dos Christianos, que havian llevado. Con esta Gente venian cinco, ò seis Señores, i nos paresciò ser la Gente mas bien dispuesta, i de mas autoridad, i concierto, que hasta alli haviamos visto, aunque no tan grandes como los otros, de quien havemos contado. Traìan los cabellos sueltos, i mui largos, i cubiertos con Mantas de Martas, de la suerte de las que atràs haviamos tomado, i algunas de ellas hechas por mui estraña manera, porque en ellas havia vnos laços de labores de vnas Pieles leonadas, que parescian mui bien. Rogabannos, que nos fuesemos con ellos, i que nos darian los Christianos, i Agua, i otras muchas cosas: i contino acudian sobre nosotros muchas Canoas, procurando de tomar la boca de aquella entrada: i asi por esto, como porque la Tierra era mui peligrosa para estàr en ella, nos salimos à la Mar, donde estuvimos hasta medio dia con ellos. Y como no nos quisiesen dàr los Christianos, i por este respeto nosotros no les diesemos los Indios, començaronnos à tirar piedras con Hondas, i Varas, con muestras de flecharnos, aunque en todos ellos no vimos sino tres, o quatro Arcos.
Estando en esta contienda, el viento refrescò, i ellos se bolvieron, i nos dexaron: i asi navegamos aquel dia, hasta hora de Visperas, que mi Barca, que iba delante, descubriò vna Punta, que la Tierra hacia, i del otro cabo se via vn Rio mui grande: i en vna Isleta que hacia la Punta, hice Yo surgir, por esperar las otras Barcas. El Governador no quiso llegar, antes se metiò por vna Baìa mui cerca de alli, en que havia muchas Isletas, i alli nos juntamos, i desde la Mar tomamos Agua dulce, porque el Rio entraba en la Mar de avenida: i por tostar algun Maìz de lo que traìamos, porque ià havia dos dias que lo comiamos crudo, saltamos en aquella Isla, mas como no hallamos Leña, acordamos de ir al Rio, que estaba detràs de la Punta, vna Legua de alli: i iendo, era tanta la corriente, que no nos dexaba en ninguna manera llegar, antes nos apartaba de la Tierra; i nosotros, trabajando, i porfiando por tomarla. El Norte, que venia de la Tierra, començò à crescer tanto, que nos metiò en la Mar, sin que nosotros pudiesemos hacer otra cosa: i à media Legua que fuimos metidos en ella, sondamos, i hallamos, que con treinta braças no podimos tomar hondo, i no podiamos entender, si la corriente era causa que no lo pudiesemos tomar; i asi navegamos dos dias, todavia trabajando por tomar Tierra: i al cabo de ellos, vn poco antes que el Sol saliese, vimos muchos humeros por la Costa: i trabajando por llegar allà, nos hallamos en tres braças de Agua, i por ser de noche, no osamos tomar Tierra; porque como haviamos visto tantos humeros, creìamos que se nos podria recrescer algun peligro, sin nosotros poder vèr, por la mucha obscuridad, lo que haviamos de hacer: i por esto determinamos de esperar à la mañana, i como amanesciò, cada Barca se hallò por sì perdida de las otras: Yo me hallè en treinta braças; i siguiendo mi viage, à hora de Visperas vì dos Barcas, i como fui à ellas, vì que la primera à que lleguè, era la del Governador, el qual me pregunto, què me parescia que debiamos hacer? Yo le dixe, que debia recobrar aquella Barca, que iba delante, i que en ninguna manera la dexase, i que juntas todas tres Barcas, siguiesemos nuestro camino, donde Dios nos quisiese llevar. El me respondiò, que aquello no se podia hacer, porque la Barca iba mui metida en la Mar, i èl queria tomar la Tierra, i que si la queria Yo seguir, que hiciese que los de mi Barca tomasen los Remos, i trabajasen, porque con fuerça de braços se havia de tomar la Tierra: i esto le aconsejaba vn Capitan, que consigo llevaba, que se llamaba Pantoja, diciendole, que si aquel dia no tomaba la Tierra, que en otros seis no la tomaria, i en este tiempo era necesario morir de hambre. Yo vista su voluntad, tomè mi Remo, i lo mismo hicieron todos los que en mi Barca estaban para ello, i bogamos hasta casi puesto el Sol: mas como el Governador llevaba la mas sana, i recia Gente, que entre toda havia, en ninguna manera lo podimos seguir, ni tener con ella. Yo, como vì esto, pedile, que para poderle seguir, me diese vn cabo de su Barca: i èl me respondiò, que no harian ellos poco, si solos aquella noche pudiesen llegar à Tierra. Yo le dixe, que pues via la poca posibilidad, que en nosotros havia para poder seguirle, i hacer lo que havia mandado, que me dixese, què era lo que mandaba que Yo hiciese? El me respondiò, que ià no era tiempo de mandar vnos à otros, que cada vno hiciese lo que mejor le pareciese que era para salvar la vida, que èl ansi lo entendia de hacer; i diciendo esto, se alargò con su Barca: i como no le pude seguir, arribè sobre la otra Barca, que iba metida en la Mar, la qual me esperò; i llegado à ella hallè, que era la que llevaban los Capitanes Peñalosa, i Tellez: i ansi navegamos quatro dias en compañia, comiendo por tasa cada dia medio puño de Maìz crudo. A cabo de estos quatro dias nos tomò vna Tormenta, que hiço perder la otra Barca: i por gran misericordia, que Dios tuvo de nosotros, no nos hundimos del todo, segun el tiempo hacia; i con ser Invierno, i el frio mui grande, i tantos dias, que padesciamos hambre, con los golpes, que de la Mar haviamos rescibido, otro dia la Gente començò mucho à desmaiar: de tal manera, que quando el Sol se puso, todos los que en mi Barca venian estaban caìdos en ella, vnos sobre otros, tan cerca de la muerte, que pocos havia que tuviesen sentido, i entre todos ellos, à esta hora, no havia cinco Hombres en pie; i quando vino la noche, no quedamos sino el Maestre, i Yo, que pudiesemos marear la Barca; i à dos horas de la noche, el Maestre me dixo, que Yo tuviese cargo de ella, porque èl estaba tal, que creìa aquella noche morir: i asi Yo tomè el leme, i pasada media noche, Yo lleguè, por vèr si era muerto el Maestre: i èl me respondiò, que èl antes estaba mejor, i que èl governaria hasta el dia. Yo cierto aquella hora, de mui mejor voluntad tomara la muerte, que no vèr tanta Gente delante de mi de tal manera. Y despues que el Maestre tomò cargo de la Barca, Yo reposè vn poco mui sin reposo; ni havia cosa mas lexos de mi entonces, que el sueño. Y acerca del Alva, pareciòme que oìa el tumbo de la Mar, porque como la Costa era baxa, sonaba mucho, i con este sobresalto, llamè al Maestre, el qual me respondiò, que creìa que eramos cerca de Tierra, i tentamos, i hallamonos en siete braças, i paresciòle, que nos debiamos tener à la Mar, hasta que amanesciese; Y asi Yo tomè vn Remo, i boguè de la vanda de la Tierra, que nos hallamos vna Legua de ella, i dimos la popa à la Mar; i cerca de Tierra nos tomò vna ola; que echò la Barca fuera del Agua vn juego de herradura: i con el gran golpe que diò, casi toda la Gente que en ella estaba como muerta, tornò en sì, i como se vieron cerca de la Tierra, se començaron à descolgar, i con manos, i pies andando: i como salieron à Tierra à vnos barrancos, hecimos lumbre, i tostamos del Maìz que traìamos, i hallamos Agua de la que havia llovido, i con el calor del fuego la Gente tornò en sì, i començaron algo à esforçarse. El dia que aqui llegamos era sexto del Mes de Noviembre.
CAP. XI. De lo que acaesciò à Lope de Oviedo con vnos Indios.