Una respuesta que hace este Silvano, su conocido de la Lozana.

Silv. Por mi vida, señora Lozana, que creo que si fuérades vos la misma teoría no dixérades más de lo dicho, mas quiero que sepais que la taberna meritoria para esas señoras ya está hecha archihospital, y la honra, ayuda y triunfo que ellas dan al Senato es como el grano que siembran sobre las piedras, que como nace se seca, y si oistes decir que antiguamente cuando venía un romano ó emperador con victoria, lo llevaban en un carro triunfante por toda la ciudad de Roma, y esto era gran honra, y en señal de forteza una corona de hojas de roble, y él asentado encima, y si alguna señal tenía de las heridas que en las batallas y combates hobiese rescebido, la mostraba públicamente, de manera que entónces el carro y la corona y las heridas eran su gloria, y despues su renombre, fama y gloria. ¿Qué mejor ni más largo os lo puedo yo dar á entender, señora Lozana, de lo que vos misma podeis ver? que como se hacen francesas ó grimanas, es necesario que en muerte ó en vida vayan á Santiago de las Carretas, y allí el carro y la corona de flores y las heridas serán su mérito y renombre á las que vernán, las cuales tomarán audibilia pro visibilia; ansí que, señora Lozana, á vos no ha de faltar sin ellas de comer, que ayer hablando con un mi amigo hablamos de lo que vos alcanzais á saber, porque me recordé cuando nos rompistes las agallas á mí y á cuantos estábamos en el banco de ginoveses.

Loz. Y si entónces las agallas, agora los agallones, y oidme dos razones.


MAMOTRETO XLVI.

Respuesta que da la Lozana en su laude.

Loz. Aquel es loado que mira y nota y á tiempo manifiesta, yo he andado en mi juventud por Levante, só estada en Nigroponte, y he visto y oido munchas cosas, y entónces notaba, y agora saco de lo que entónces guardé; ¿no se os acuerda cuándo estaba por ama de aquel hijo de vuestro amo, qué concurrencia tenía de aquellos villanos que me tenían por médica, y venían todos á mí, y yo les decia, andaos á vuestra casa y echáos un ayuda, y sanaban? Aconteció que una vieja habia perdido una gallina, que muchos dias habia que ponia huevos sobre una pared, y como se encocló, echóse sobrellos, y vino la vieja á mí que le dixese de aquella gallina, y yo estaba enoxada, y díxele: andá, id á vuestra casa, y traéme la yerba canilla que nace en los tejados, y díxeselo porque era vieja, pensando que no subiria, en fin, subió, y halló la gallina, y publicóme que yo sabía hacer hallar lo perdido, y así un villano perdió una borrica, vino á mí que se la encomendase, porque no la comiesen lobos, mandéle que se hiciese un cristel de agua fria, y que la fuese á buscar, él hízolo, y entrando en un higueral á andar del cuerpo, halló su borrica, y desta manera tenía yo más presentes que no el juez. Decíme, por mi vida, ¿quién es ese vuestro amigo que decis que ayer hablaba de mí? ¿conózcolo yo? reisos, quiérolo yo muncho, porque me contrahace tan natural mis ménos y autos, y cómo quito las cejas, y cómo hablo con mi criado, y cómo lo echo de casa, y cómo le decia cuando estaba mala, anda por esas estaciones, y mira esas putas cómo llevan las cejas, y cómo bravea él por mis duelos, y cómo hago yo que le hayan todos miedo, y cómo lo hago moler todo el dia soliman, y el otro dia no sé quién se lo dixo, que mi criado hacia quistion con tres, y yo, porque no los matase, salí y metílo en casa, y cerré la puerta, y él metióse debaxo del lecho á buscar la espada, y como yo estaba afanada porque se fuesen ante quél saliese, entré y busquélo, y él tiene una condicion, que cuando tiene enojo, si no lo desmuele, luégo se duerme, y como lo veo dormido debaxo de la cama, me alegré, y digo, en este medio los otros huiran; y cómo lo halago, que no se me vaya, y cómo reñimos porque metió el otro dia el suyo en una olla que yo la tenía media de agua de Mayo, y cómo arma dentro por causa del agua, traia la olla colgada, y yo quise más perder la olla y el agua, que no que se le hiciese mal; y el otro dia que estaban aquí dos mochachas como hechas de oro, parece que el bellaco arma, y tal armada, que todas dos agujetas de la bragueta rompió, que eran de gato soriano, y cómo yo lo hago dormir á los piés, y él cómo se sube poco á poco, y otras mil cosas que cuando yo lo ví contrahacerme, me parecia que yo era. Si vos lo viéredes aquí cuando me vino á ver que estaba yo mala, que dixe á ese cabron de Rampin que fuese aquí á una mi vecina, que me prestase unos manteles, dixo que no los tenía, dixe yo simplemente, mira qué borracha, que está ella sin manteles, toma, vé, cómprame una libra de lino, que yo me los hilaré, y ansí no la habré menester. Señor, yo lo dixe, y él lo oyó, no fué menester más, como él há tiempo, cuando yo no pensaba en ello, me contrahizo, que quedé espantada.


MAMOTRETO XLVII.

Cómo se despide el conocido de la señora Lozana, y de las señas de la patria del Auctor.