Loz. Andá, que vos serés mercader cobdicioso; vení vos, esperá, meteré la mano.
Sarac. Meté, señora, mas mirá que estoy derecho.
Loz. Por mi vida, que sois caballero y hidalgo, aunque pobre; y si tanto derecho tuviésedes á un beneficio, sería vuestra la sentencia, esperá, diré las palabras, y tocaré, porque en el tocar está la virtud.
Sar. Pues dígalas vuestra merced alto que las oigamos.
Loz. Só contenta; Santo Ensalmo se salió, y contigo encontró, y su vista te sanó; ansí como esto es verdad, ansí sanés deste mal, amén. Andá, que no será nada; ¿qué pecado es que tengais mal en tal mandragulon?
Pal. Mayor que el rollo de Écija, servidor de putas.
Loz. Mala putería corras, como Margarita Corillon, que corrió los burdeles de Oriente y Poniente, y murió en Setentrion, sana y buena como yo.
Pal. Decinos agora, ¿cómo haréis, que dicen que habrá guerra, que ya con la peste pasada cualque cosa ganábades?
Loz. Mal lo sabeis, más quiero yo guerra que no peste, al contrario del Duque de Saboya, que quiere más peste en sus tierras que no guerra. Yo, si es peste, por huir como de lo ganado, y si hay guerra, ganaré con putas y comeré con soldados.
Pal. ¡Voto á Dios! qué bien dice el que dixo que de puta vieja y de tabernero nuevo me guarde Dios, digámosle á la señora Lozana á lo que más venimos. Vuestra merced sabrá que aquí á Roma es venido un gentilhombre y en su tierra rico, y trae consigo un asnico que entiende como una persona, y llámalo Robusto, y no querria posar sino solo, y pagará bien el servicio que á él y á Robusto le harán, y por estar cerca del rio, adonde Robusto vaya á beber, por tanto, querriamos rogar á vuestra perniquitencia que, pagándolo, fuésedes contenta por dos meses de darle posada, porque pueda negociar sus hechos más presto y mejor.