CAPÍTULO I
LA CRUZ EN AMÉRICA

JUICIO DEL CONQUISTADOR


La Cruz en los siglos XVI, XVII y XVIII—Juicio del Conquistador—Idea de un cristianismo antecolombiano—Los pay americanos y los hechiceros nativos—Juicio del indio—Monumentos y mitos continentales—-Pachacámac, Atticci Viracocha, Tonapa y Taapac—El tricéfalo de Cundinamarca y el Tangatanga de Chuquisaca—Escrituras petográficas—Quelzalcóatl, Votán, Wixepecocha, Botchica y Huiracocha—Manco Cápac y el Inca Roca—Pies esculpidos—El hombre blanco y barbado—La Cruz como símbolo nativo.

No es la presente una obra de filosofía ni de discusión dogmática sobre la CRUZ en América, sinó un ensayo arqueológico. Por eso parecerá á algunos que el presente capítulo está demás; pero el orden cronológico en que ha sido tratado el asunto, así como el desarrollo del mismo hasta llegar á conclusiones que consideramos definitivas, hacen que nos ocupemos someramente de cuanto sobre el símbolo universal, encontrado por el Conquistador en el Continente, háse escrito y mentado hasta la época actual.

Para los siglos XVI, XVII y XVIII fué la Cruz americana un motivo trascendental de religión. El conquistador ni vió, ni pudo ver en aquella, una combinación geométrica simbólica, sinó el signo sacrosanto de su fe, que portaba en sus manos junto con la espada. Las ideas de la época hicieron surgir en nuestro suelo, con su palabra evangélica, á Santo Thomé, el Apóstol del Asia y del Africa, doctrinador de brahamanes y etiopes. El rico material de tradiciones y leyendas nativas fué pacientemente acumulado y comentado. El indio, que vió venerado por excepción uno de sus símbolos, convino en afirmar cuanto interesaba á los prejuicios del misionero; y así se explican, por ejemplo, los párrafos de mística unción del P. Ruíz de Montoya, después que con el P. Cristóbal de Mendoza visitaran á Tayatí, lugar en el cual las gentes recibiéranles con tan extraño agasajo, refiriéndoles la vieja tradición[17]; como se explican las constancias anteriores de las tan conocidas cartas del P. Manuel de Nóbrega, de 1549 y 1552, sobre lo que le dijeron los brasiles[18], y las afirmaciones de la epístola del P. Cataldino á su Provincial, en 1613, que Lozano califica de «la fuente más pura de la noticia»[19].

Es el Brasil la primera tierra americana que pisó Santo Tomás, bajando en la Bahía de todos los Santos, dejando impresas sus huellas en peñascos, que recuerdan las de Buda ó del Dídimo en el Ceilán, así como abierto el camino Maraypé[20]. El Paraguay de las misiones guaraníticas aparece como la nación más favorecida del Santo, al que se atribuyó anunciar la llegada futura de misioneros, y el que dejó abierto el camino Peabirú, que remataba en Carabuco peruano, por el que portó su gran Cruz de madera, siendo obras suyas el famoso panteón de Guayrarú y el pozo cercano al río Tebicuarí[21]. Memorias del Apóstol son también la gruta de Paraguarí[22], la piedra de Tacumbú[23] y las huellas de Mbalpirungá[24].

Los pasos apostólicos por el resto de la América Meridional, desde Chile adelante, fueron seguidos por los padres agustinos Fr. Alonso de Ramos[25] y Fr. Antonio de la Calancha[26], tomando los jesuitas sus noticias del primero[27]. De su tránsito por nuestro Tucumán, que pudiera interesarnos por una natural curiosidad local, los cronistas dan brevísimas noticias: á mediados del siglo XVII el Obispo del Paraguay, D. Lorenzo de Grado, afirma que Santo Thomé atravesó estas provincias; Fr. Alonso Ramos[28], limítase á referir que lo que á personas curiosas oyó platicar es haber ido el Santo al Perú «por el Brasil, Paraguay y Tucumán»; lo mismo repite el P. Montoya[29], haciendo suya la anterior noticia; el Relator del Consejo de Indias, D. Antonio Rodríguez de León Pinedo, refiere que á cuatro ó cinco leguas de Córdoba, hacia donde llaman Sal-si-puedes, hay una peña en la que están impresas las huellas del Santo[30]; más el P. Lozano, gran conocedor de la historia de nuestra tierra, es de distinto parecer, no encontrando rastros apostólicos en el Tucumán[31].

De esta nación pasaría á Chile, según una Relación del P. Andrés de Lara y una referencia de D. Alonso de Ercilla[32].

En Bolivia aparécese el Apóstol en Tarija, en cuyos términos se hizo famosa la Cruz de Salinas, pasando aquel á través de los Charcas al Perú.