De las breves noticias que de estos mitos acabamos de dar, resulta que los blancos americanos son divinidades ó seres atmosféricos ó solares, ofilátricos ó heliolátricos, hijos de la serpiente-rayo, ó del astro del día. Se trata, entonces, de dioses «resplandecientes», á los que se diría blancos, del mismo modo que se dice blanca á la luz del sol ó del relámpago. He ahí la explicación más natural del hombre blanco, con tanta más razón cuanto que el epíteto coincide con la calidad del dios.

Pero el Marqués de Monclar en el Congreso de Luxemburgo[88] y el Abate Schmitz en el de Bruselas[89], afirmaron, á nuestro juicio sin fundamento positivo, que las personas reales, los Incas y las figuras ornamentales de los vasos, eran blancos y barbados.

En cuanto á las figuras ornamentales blancas, el testimonio carece de valor como tal, pues podemos presentar ejemplares de cosas animadas, de blanco, cuyo original es de diverso color, como sucede en pictografías de Cafayate, San Lucas y otros lugares en nuestro mismo valle Calchaquí.

En cuanto á que los Incas hayan sido blancos, no hay crónica ni narración que lo confirme. Los españoles vieron y comunicaron con los monarcas del Cuzco, con cuyas hermanas é hijas casaron, y sus colores eran cobrizos.

Pero no por esto negaremos la existencia de hombres relativamente blancos en América, por efecto de un fenómeno etnográfico, que conviene estudiar detenidamente, y por las influencias de las acciones físicas y sociales, de las cuales el color es la resultante en todas las latitudes; por lo cual los indios de Vera-Paz, á 1500 m. de altura, por ejemplo, traían á la memoria los árabes de Argelia, según Brasseur de Bourbourg. Montezuma, de la planicie del Anáhuac, no era más que bronceado. Algunas tribus de la Pampa, que se pintan menos que las del Norte, tienen el color de los paisanos de la España y del sud de Italia[90].

El problema de los hombres barbados es mucho más sencillo que el de los hombres blancos. Pensar que los indios americanos son absolutamente imberbes, como la generalidad, es un error del que podemos dar fe los que conocemos indios montañeses, provistos generalmente de bigote y aún de barba, como el indio Llampa, de Belén, cuya fotografía conseguimos en una reciente excursión.

Como la barba es un atributo viril, cuando el indio se propone manifestar de una manera gráfica que lo que ha querido representar es un varón, entonces exagerará en sus figuraciones tal atributo, dando á la barba un tamaño doble y triple del que en realidad tendría el original.

J. G. Müller hace notar que las razas americanas no son imberbes, y que, por consiguiente, nada hay de sorprendente que se represente con barba á ciertos personajes. Botchica, por ejemplo, es un ser viril, y la barba es un atributo de virilidad que comparte con el Viracocha de los aymarás, con el Quetzalcóatl de los toltecas y con el Coxcox de los chichimecas. En cuanto á los naturales de la República Argentina, el P. Bárcena habla de indios barbados en Córdoba, en carta á su Provincial; Ambrosetti ha publicado un grupo de calchaquíes de Luracatao y una familia Cainguá con varones barbados[91].

Nosotros poseemos en nuestra colección una regular cantidad de pinzas depilatorias, que los peruanos llamaban canipachos[92], con las que el indio se arrancaba la barba.