En el capítulo anterior hemos insinuado que la Cruz como símbolo está relacionada á los fenómenos atmosféricos y cambios meteorológicos que producen la lluvia.

La Cruz, en efecto, aparece portada por los dioses del Aire y los mitos de la Atmósfera, llevándola como cetro, como emblema, como insignia ó como adorno en sus manos, sobre su pecho ó en sus flotantes y sutiles vestiduras, con una repetición tan llamativa que el asunto es digno de ser tratado en capítulo especial.

El temor al rayo y al huracán ha hecho nacer vivos sentimientos religiosos en el espíritu de los pueblos americanos; como que los fenómenos meteorológicos desempeñan un gran papel en la historia primitiva de las religiones; y es natural la divinización por parte del salvage del espantable desencadenamiento de las fuerzas de la naturaleza, ante las cuales se presenta débil y desarmado. Este temor religioso concluyó por transformarse en veneración piadosa al viento y á la tormenta, siendo convertidos en fetiches el rayo y el huracán. Pero los fenómenos del huracán no fueron posteriormente adorados por sí mismos, por cuanto el rayo parecía la manifestación de un ser viviente, considerándosele como el hacha terrible y centellante de un genio encarnado en las nubes, las cuales, á su vez, se presentaban á la fantasía india como volátiles ó pájaros de alas inmensas, que sacudían en lo alto de los cielos; y de aquí las aves míticas, como el Piguerao de la leyenda preincaica, cuya voz es el estampido del trueno y cuyas alas nerviosamente batidas producen el viento del huracán. Estos pajarracos á la vez son ofídicos, y suelen tener cola y aún cuerpo de dragón y de víbora, como la «serpiente emplumada» ó el Quetzalcóatl mejicano, porque el relámpago ardiente se aparece á los ojos del hombre primitivo como un gran dragón de fuego, animado de vida, de rabia y de terrible poder.

El culto á la lluvia, que muchas veces se confunde con el del cielo mismo, es el culto al elemento agua, como el efecto fecundo de la acción combinada del viento y de la tormenta.

El viento, la tormenta y el rayo, se vuelven personajes míticos vivientes, á los que el politeismo concluye por dar formas antropomorfas; y de aquí los Dioses del Aire, de la Tormenta, del Rayo, objeto de culto universal en las agrupaciones americanas, convertidos aquellos en los genios fecundadores de la tierra por el fenómeno de la lluvia en nuestro continente de grandes estensiones sin agua, para el cual es este líquido la vida de la tierra, que hace nacer, crecer y fecundar á los hombres, á los animales y á las plantas. La serpiente-rayo, portada en sus manos por el Aticci Viracocha peruano y sirviendo de cetro ó de báculo á Tláloc, se vuelve el emblema de la humedad, del calor, de la fertilidad, de la primavera, de las estaciones, y figura en primera línea, por tanto, en las cosmogonías de todos los pueblos agricultores.

Pasemos ahora á consignar breves noticias del culto universal á los fenómenos atmosféricos, para que nos demos á la vez cuenta exacta del valor de la Cruz como símbolo meteorológico.

Desde las estremidades del Norte, ó desde la Sillán Innua, ó casa de los vientos de los esquimales, aquellos soplan sobre el mundo. En las razas septentrionales el culto al cielo no es menos grande que el culto á la tierra. Las divinidades del cielo son generalmente masculinas y epicenas ó andróginas, y obran sobre el universo por medio de los fenómenos meteorológicos.

En los Estados Unidos, bajo formas de monstruos ó de aves míticas, son adorados los dioses del Aire, bajo el nombre de «Espíritus del Viento».

Fig. 23. Espíritu del viento.
(Estados Unidos).
Fig. 24. Figura mítica de los Hayda..