Posible es que tenga razón el señor Marqués de Valmar; pero, á nuestro juicio, aunque siempre con la natural sospecha del probable error que nos inspira nuestro ningún mérito comparado con los muchos del docto Académico, creemos que, si bien Tirso de Molina pudo tener presente la comedia de Juan de la Cueva, ó por lo menos, reminiscencias de ella, se fundó principalmente, para escribir la suya de El Burlador, en La fianza satisfecha, de Lope de Vega, no sólo porque las obras del fénix de los ingenios sirvieron con frecuencia de base á las del insigne fraile de la Merced (y eso que no conocemos muchas de las de Lope, que acaso puedan haber inspirado otras de Tirso), sino también porque el pensamiento fundamental de La fianza satisfecha y de El Burlador de Sevilla, es en el fondo el mismo: pensamiento profundísimo, eminentemente católico y religioso, y del cual no se halla vestigio alguno en la obra de Zorrilla. El personaje de Don Juan es, sin duda alguna, creación del maestro Tirso, aunque no todo original suyo; pero el móvil dramático del autor es idéntico en todo al de Lope en La fianza satisfecha. Ese pensamiento fundamental es la muletilla de hombre despreocupado, que ve la muerte lejos, muy semejante al famoso Tan largo me lo fiáis de El Burlador de Sevilla, de que habla el señor Marqués, y expresada por Lope en La fianza, de esta manera:
Que lo pague Dios por mí
Y pídamelo después.
Repetimos que desconfiamos de nuestro juicio; pero este pensamiento fundamental de las dos obras de Lope y de Tirso, distingue á ambas esencial, profunda y preferentemente de todas las imitaciones, que se han hecho después, haciéndolas también superiores á todas ellas.—(El T.)
[72] La tradición de los crímenes y muertes de Don Juan Tenorio se funda en un acontecimiento que, al parecer, sólo se ha transmitido por la tradición oral, puesto que los Anales de Sevilla nada dicen acerca de este punto. Viardot afirma, en sus estudios sobre España, que el sepulcro del Comendador existía en el último siglo en Sevilla; pero se deduce de las últimas palabras de la comedia que fué trasladado á San Francisco de Madrid mucho tiempo antes.
Este mismo escritor francés indica que la familia de los Tenorios existe todavía en Sevilla. Yo, durante mi residencia en esta ciudad, y curioso de conocer á uno de los descendientes del célebre Don Juan, porque quizás me comunicara noticias desconocidas de sus antepasados, averigüé sólo, con sentimiento, que esa familia distinguida había desaparecido hacía ya largo tiempo. La tradición, sin embargo, subsiste en el pueblo, y yo vi vender en las plazas de Sevilla hojas sueltas impresas en que se refería esa historia en forma de romance.
[73] Riccoboni: Histoire du theatre italien, tomo I, pág. 47.
[74] Hippolyte Lucas: Histoire du theatre français: París, 1843, págs. 395 y 397.
[75] Curioso sería saber de dónde ha tomado Coleridge la noticia en sus notas al Don Juan, de Byron, de que la más antigua forma dramática de la tradición de El Convidado de piedra es una comedia religiosa, llamada El ateista fulminado, acomodada después al teatro mundano por Tirso de Molina. No he descubierto rastro alguno de la existencia de semejante composición.
Un artículo del núm. 117 de la Quarterly review, de Richard Ford, el autor del Manual del viajero en España, sostiene que el personaje histórico, origen de la tradición de El Convidado de piedra, lo fué un Juan Tenorio, mayordomo, nombrado varias veces, de D. Pedro el Cruel, en la Crónica de este soberano. Pero, como el mismo Ford indica, el nombre de Juan aparece antes á menudo en la familia, muy numerosa, de los Tenorios; y como no aduce ningún hecho relativo á esa tradición, porque dicha Crónica nada dice tampoco, no se puede comprender por qué este Tenorio ha de ser precisamente el famoso Don Juan.
Además de las imitaciones francesas de la comedia de Tirso, ya citadas, hay también una de Thomás Corneille, Le festin de pierre, y además otra, de 1667, de Rosimont, titulada L'Atheê foudroyé. La imitación italiana más antigua de este asunto es la de Lione Allacci: Il Convitatto di pietra, rappresentazione di Onofrio Giliberto, di Jolofra. Napoli, 1652. La obra del mismo título, y más conocida, de Cicognini, apareció por primera vez á fines del siglo XVII.