CAPÍTULO XVII.
No son todos ruiseñores.—Los ramilletes de Madrid.—La noche de San Juan.—El mayor imposible.—El acero de Madrid.—La hermosa fea.—Otras comedias.—Comedias religiosas.—El Cardenal de Belén.—San Nicolás de Tolentino.—El animal profeta.—Otras comedias de la misma clase.
O son todos ruiseñores nos recuerda la idea fundamental de una novela de Boccaccio, aunque Lope la idealiza por completo. El amante de una dama entra como jardinero al servicio de los padres de aquélla, y su amada visita con frecuencia el jardín, pasando en su compañía horas deliciosas, so pretexto de escuchar el canto de los ruiseñores. Este es el principal motivo dramático, aunque combinado con otros diversos. Al cabo se averigua la causa verdadera de sus visitas al jardín; desaparecen los obstáculos que se oponían al enlace de ambos amantes, que estrechan felices sus manos, mientras se cantan estos versos:
No son todos ruiseñores
Los que cantan entre las flores.
De igual índole es la fábula de Los ramilletes de Madrid. Un joven caballero, llamado Marcelo, sabe que la bella Rosela encarga á una jardinera que lleve flores á su casa. Ocúrresele entonces concertarse con la jardinera, fingirse su hermano, y llevar las flores. El padre de Rosela lo toma pronto á su servicio para que cuide de un jardín inmediato á su casa, ofreciéndole de este modo continuas ocasiones de ver y de hablar con su amada. Entre las demás concausas que excitan nuestro interés, cuéntase la de que un hermano de Rosela, ofendido antes por Marcelo, desea vengarse; de que Belisa, su anterior amada, se esfuerza en traerlo de nuevo á sus redes; por último, la de que un cierto Fineo, que ama á Rosela, salva la vida al supuesto jardinero, promoviendo en su pecho una terrible lucha entre su amor y su gratitud. Con estos hilos urde el poeta una acción de las más entretenidas.
La noche de San Juan, comedia de los últimos años del poeta, que, por mediación del duque de Olivares, se representó en el verano de 1631 ante Felipe IV y su corte, describe con los más vivos y gratos colores la velada de la noche de San Juan, y las aventuras é intrigas amorosas que surgen esta noche en medio de su alboroto y alegría.
En El mayor imposible parecen juntarse toda la gracia, finura y delicadeza imaginables en una comedia. La reina Antonia de Nápoles celebra en sus jardines una especie de academia poética, en cuyas ingeniosas discusiones rivalizan las damas y caballeros de su corte. Suscítase en ella la cuestión de cuál sea el mayor imposible, sosteniendo la Reina que el mayor es guardar á una mujer. Lisardo, uno de sus caballeros, es de la misma opinión; pero Roberto la contradice ardorosamente, alabándose de guardar tan bien á su hermana Diana, que ningún caballero logrará nunca llegar hasta ella. Interesa entonces á la Reina convencer á Roberto de la verdad de su aserto con el ejemplo de su propia hermana; excita á Lisardo, que ya ha puesto en aquélla los ojos, á apurar su sagacidad para obtener una cita amorosa. Agrada el plan á Lisardo, y encarga su ejecución á Ramón, su astuto criado. Roberto se prepara mientras tanto á guardar á Diana con mayor severidad; pero ella, que tiene noticia de la última aserción sostenida por su hermano, y que se siente herida en su femenil orgullo, se dispone á probar lo imposible que es guardar á una mujer. Ramón, disfrazado de buhonero, se desliza en su casa, y anuda una intriga amorosa llevándole el retrato de Lisardo. Roberto ve el retrato y se enfurece sobremanera; pero su astuta hermana le dice que su criada lo ha encontrado en la calle, y Ramón en seguida, convertido en pregonero, publica la pérdida del retrato, desvaneciendo las sospechas de Roberto. Para servir más eficazmente á los enamorados, y con aprobación de la Reina, se presenta Ramón á Roberto con un soberbio carruaje y un tren de seis caballos, supuesto regalo del almirante de Castilla, y entra de cochero á su servicio. Una noche celebra Roberto en su jardín una fiesta de confianza, á la cual, como es de presumir, sólo son invitados sus más próximos parientes, y, mientras tanto, el astuto Ramón llama de tal suerte la atención de su amo, que Lisardo entra sin ser notado; los amantes se hablan en un bosquecillo, al mismo tiempo que Roberto departe á más y mejor con Ramón, y los cantores entonan la siguiente estrofa: