[ÍNDICE]
[NOTAS]

CAPÍTULO XII.

Clasificación de las comedias de Lope, y crítica particular de algunas.—El conde Fernán González.El casamiento en la muerte.Las doncellas de Simancas.Los Benavides.El Príncipe despeñado.

N lo relativo á su método de desarrollar los dramas, se observan notables diferencias, según corresponden á períodos anteriores ó posteriores. Se comprende, sin esfuerzo, que es imposible trazar entre unos y otros una línea cronológica divisoria; pero consta del prólogo de su Peregrino cuáles han sido escritos antes de 1604, y notamos en ellos tantos rasgos generales comunes, que nos facilitan el señalar entre los restantes á aquéllos que, por su carácter y concordancias, han de considerarse como sus trabajos más antiguos. Los signos que distinguen á estas comedias, pertenecientes á la primera mitad de la carrera dramática de Lope, son los siguientes: profusión de imágenes, sentimientos y pasiones; acumulación de unos sucesos sobre otros; muchedumbre de personajes, hechos é incidentes; en una palabra, abundante riqueza en la acción, aunque sin distribución juiciosa y debida economía. Muévese todo con celeridad arrebatadora; suprímense por completo los largos discursos; el diálogo es rápido y de acritud casi epigramática. La exposición del asunto no se hace por relación de algún personaje, sino que forma parte de la acción en las primeras escenas. En cuanto al lenguaje, se observa que las combinaciones métricas más usadas son las redondillas y quintillas, empleando también con frecuencia yámbicos de seis pies, sin rima; el romance, al contrario, se ve pocas veces, y ordinariamente sólo en las narraciones. Los tres diamantes y La fuerza lastimosa, pueden considerarse como tipos del período más antiguo de las composiciones de Lope. En las del último se sujeta la acción á un orden mejor dispuesto: sin perjudicar al curso y á la movilidad del enredo, se nota una pintura y gradación más delicada en los detalles; reina más claridad en los afectos y determinaciones de los personajes y en la transición de unas pasiones á otras; hay también más simetría en la relación de las partes con el todo y en la agrupación de los personajes. Renúnciase al propósito de presentarlo todo á la vista de los espectadores, hasta las circunstancias más insignificantes; si en las obras anteriores se intercalan escenas inoportunas que interrumpen la acción principal, y que podrían suprimirse sin violencia, en las posteriores se sustituyen con las relaciones que hacen los personajes. Los endecasílabos, no rimados, desaparecen casi enteramente, y en cambio predomina el romance, que se usa también en el diálogo. La discreta enamorada y La dama melindrosa personifican esta clase. No es necesario advertir que Lope conserva hasta el fin de su carrera dramática la exuberancia y vivo fuego de su imaginación, y su habilidad para inventar y trazar los planes de sus obras. La moza de cántaro, en la cual dice haber escrito 1.500 comedias, y Las bizarrías de Belisa, á cuya conclusión manifiesta haberse consagrado de nuevo á las musas, á quienes había abandonado, son dos composiciones de los últimos años de su vida, por cierto de las más bellas.

Si, con relación á sus argumentos, nos hacemos cargo de la multitud innumerable de sus dramas, se nos presenta en primer término una larga serie de cuadros, fundados en la historia ó en la tradición nacional. Ardientemente inspiraban á Lope los sucesos de su patria, y jamás desaprovecha las ocasiones que se le presentan de perpetuar el renombre y el honor de su nación, y de pintar con los más brillantes colores las hazañas de los héroes españoles. El número y variedad de estas obras suyas es tan prodigioso, que de las existentes se puede formar una galería casi completa de todos los cuadros más importantes de la historia de España. Observamos, pues (para indicar tan sólo algunos principales), en La amistad pagada, la lucha de los antiguos cántabros contra el poder romano; en El Rey Wamba, los anárquicos desórdenes de la monarquía gótica amenazando desplomarse; en El último Godo de España, la traición del conde D. Julián, la muerte de Rodrigo y la victoria de las armas mahometanas; en El primer Rey de Castilla, los primeros triunfos de la nueva y vigorosa monarquía cristiana; en Las almenas de Toro, las disensiones entre D. Sancho y sus dos hermanas Doña Urraca y Doña Elvira, su asesinato por Vellido Dolfos, y al Cid como al héroe castellano más famoso; en El sol parado, las gloriosas expediciones guerreras de San Fernando; en Lo cierto por lo dudoso, los primeros gérmenes de discordia entre Don Pedro el Cruel y Enrique de Trastamara, que habían de terminar tan trágicamente; en Los Ramírez de Arellano, el horrible fratricidio cometido en los campos de Montiel; en El milagro por los celos, los tiempos de D. Juan II en uno de sus más notables sucesos, que fué la caída de D. Álvaro de Luna; en El piadoso aragonés, la historia del desdichado Carlos de Viana, aunque no exento de culpa; los dos levantamientos contra su padre, su prisión, y al fin, su trágica muerte, á consecuencia de la cual subió Fernando el Católico al trono de Aragón; en El cerco de Santa Fe, la gloriosa lucha que acabó con el último baluarte mahometano en la Península; por último, en La victoria del Marqués de Santa Cruz, una guerra en que tomó parte, en su juventud, el mismo poeta.

No es posible dividir rigurosamente estas obras en históricas y tradicionales, confundiéndose la tradición y la historia en las leyendas más antiguas, y mezclándose á menudo con los sucesos más recientes algunas tradiciones de que no habla la historia, ó las invenciones del poeta. Pero si ha de denominarse drama histórico al que aparece lleno del espíritu de la historia, representando los sucesos más importantes de ciertas épocas, bajo su verdadero punto de vista, es menester calificar con este dictado á innumerables dramas de Lope, y aun asegurar que acaso en ninguna otra literatura los haya en su género tan excelentes. Observamos que el poeta sabe penetrar en el espíritu de los tiempos pasados; que infunde nueva vida á generaciones humanas, que han desaparecido de la tierra; que se da traza de crear una imagen fiel de la vida en su centro más característico, y que en el florecimiento y caída de otros hombres nos deja adivinar la misteriosa trama, las creaciones y los estragos del sér que anima al orbe. La claridad con que nos ofrece los hechos y sucesos de otras épocas, la exactitud con que imprime tono y colorido á los tiempos más diversos, excita, sin duda, nuestra admiración, y hasta algunas obras de esta clase arrojan más luz sobre los períodos á que se refieren, que las crónicas ó áridas compilaciones de los historiógrafos. Como si les inspirase vida real y verdadera, hace pasar delante de nuestros ojos la existencia completa de ciertas épocas, sus pasiones, deseos y relaciones distintas, y las clases variadas que constituyen á la nobleza y al pueblo. Su propósito de representar cada período con su colorido especial, se manifiesta á veces hasta en el lenguaje, como sucede en la comedia titulada Las famosas asturianas, escrita en el estilo que distingue á los más antiguos monumentos de la literatura castellana. Muchos otros detalles de poca importancia, que sólo se aprecian estudiándolos con cuidado, prueban sus profundas y eruditas investigaciones históricas. Ha de atribuirse, sin embargo, á un don adivinatorio singular, á su intuición poética, que nos lo ofrezca todo tan claro y perceptible, como si creyésemos haberlo presenciado realmente.

Del particular agrado de Lope hubieron de ser las pinturas de los tiempos del primer renacimiento del imperio hispano-cristiano. Complácese en retratarnos aquellos antiguos castellanos rústicamente sencillos, que ejercían en sus súbditos patriarcal autoridad, ya labrasen sus campos, ya desenvainasen la espada contra los infieles. Todos estos cuadros, que, por ejemplo, se observan en Los Prados de León, en Los Tellos de Meneses, en Los Benavides y en otras muchas comedias suyas, son tan lozanos y enérgicos, que á no estar completamente estragado por las descoloridas imágenes, que en nuestros tiempos se han vendido por poesía, no se puede menos de tributarles nuestra sincera admiración; y por mucho que se repitan, siempre parece nueva la impresión que nos hacen. La verdadera gracia, el encanto mágico de la pura poesía pastoral, se confunde en ellos con la más grave solemnidad de la heróica. Ninguno como Lope ha representado todo el robusto germen de la nación española; sus sentimientos sencillos, humildes y religiosos, su suficiencia, sus afectos, nacidos en el seno de la libertad, y su decisión en defender á cada instante, al precio de su sangre y de su fortuna, sus piadosas creencias. La materia y la forma se unen en ellos de la manera más íntima: nótase una facilidad tal en su colorido, tanta naturalidad é imparcialidad, como suele observarse sólo en las obras poéticas populares. Sus caballeros no hablan mucho, pero sus palabras son graves; á los dichos suceden al punto los hechos, y se llevan á cima las hazañas más extraordinarias como si fuesen pequeñeces de poca monta. Figúrasenos que los antiguos caballeros, cubiertos de hierro y armados con su yelmo y su escudo, se levantan de sus tumbas, ó que tornan á la vida desde los sepulcros marmóreos de la catedral de Burgos. Todo es gigantesco en estos cuadros: la indomable voluntad y la fuerza férrea de sus personajes, como la noble hidalguía y el recato de las señoras, las más eminentes virtudes, como las pasiones violentas y los crímenes. ¡Y qué diferencias características en todas estas creaciones! Al lado de la grandeza de alma y de la experiencia del anciano, la temeraria obstinacion del joven. ¡Qué rasgos individuales distinguen hasta á los personajes subalternos, clérigos y monjes, labradores y pastores, generales y guerreros! Característico también de la época en que se supone ocurrir la acción, es la fiereza y la bravura pendenciera, casi brutal, de que se hallan dotados los héroes especiales, como, por ejemplo, Bernardo del Carpio y Mudarra, que los asemeja de una manera chocante con el Hotspur y el bastardo Faulconbridge, de Shakespeare. La exposición desordenada y abrupta de la fábula se harmoniza á maravilla con el conjunto. ¡Y cuán delicada y cuán inseparable del carácter español es la mezcla de orgullo hinchado y de amorosa resignación, de arrebatos producidos por la justicia de que los personajes se creen asistidos, de veneración por los deberes que la lealtad les impone, y á los cuales todo se subordina; de nobleza y de barbarie, de invariable constancia en las amistades y de los odios más tenaces! ¡Cuán característica su devoción, que, á modo de himno que se eleva en medio de la tempestad, resuena entre el estruendo de las luchas de tan enérgicas poesías! Por último, si examinamos la acción en su totalidad, ¡cuán rápido es su curso, cuánta vida y animación en sus partes! ¡Cuán completa es la ilusión que nos arrastra en medio de la existencia más agitada, entre estos grupos que pasan con rapidez ante nuestros ojos, entre estas escenas guerreras cuyo belicoso tumulto creemos escuchar! Y después, cuando nos imaginamos que vivimos con los moros y que asistimos á las escenas de su vida, como en El hijo de Reduán, en El bastardo Mudarra, etc., ¡cuánto fuego y pompa oriental, qué gradación de colores tan voluptuosa, qué efectos en los contrastes de ostentoso orgullo y de sensualismo, por una parte, y cuánta sencillez y cuánta fuerza, por otra!

Para comprender rectamente estos dramas, menester es que no olvidemos su inmediato origen de los gérmenes que forman la poesía popular. La última comedia mencionada, por ejemplo, cuyo argumento es la historia de los infantes de Lara y su sangrienta muerte; después El conde Fernán González, en la cual aparece el famoso héroe nacional castellano, celebrado ya en la epopeya del siglo XIV, y los dos, cuyo protagonista es Bernardo del Carpio, á saber El casamiento en la muerte y Las mocedades de Bernardo del Carpio, se ajustan estrechamente á antiguos romances, que se conservan, cuyas palabras se copian á veces en ellos. En otros no es fácil indicar su origen, aunque indudablemente provengan de leyendas nacionales olvidadas, como Las doncellas de Simancas, comedia de las más brillantes y magníficas de Lope, que celebra á las jóvenes de Simancas, á cuya grandeza de alma se debió que su patria se libertase del vergonzoso tributo de las cien doncellas, que los cristianos habían de pagar anualmente á los infieles[1]; El primer Fajardo, El Príncipe despeñado, etc. No se crea por esto que se disminuya en algo el mérito de Lope por ajustarse á la tradición: reálzalo, al contrario, la discreción con que utiliza sus materiales, y hasta se le puede llamar, con justicia, el más perfecto de los poetas populares, y defender que sus obras son el remate de la poesía nacional y su más brillante corona.