Fuente-Ovejuna es un drama basado en un acontecimiento verdadero (véase el cap. 38 de La Crónica de la Orden de Calatrava de Francisco de Rades y Andrade), que fué imitado más tarde con fortuna por Cristóbal de Monroy, ocurrido en la guerra civil, que desgarró á Castilla después de la muerte de Enrique IV, y que concluye ofreciéndonos á la vista, con sus consoladoras esperanzas, el recuerdo de Fernando é Isabel, enérgico á un tiempo y grato[3].
Desde esta época comienza una nueva serie de dramas, llenos de vigorosa poesía, para celebrar el naciente brillo de la monarquía universal española. En El mejor mozo de España leemos la romántica descripción del viaje de Fernando á Valladolid (ajustado á lo referido en la crónica de Alfonso de Palencia, y por Zurita, en el cap. 26 del lib. XVIII). Sólo existe la primera parte, que sin formar un todo perfecto, nos ofrece, sin embargo, una serie de cuadros bellísimos de la historia de España. Somos transportados á los últimos años del reinado de Enrique IV, tan funestos para la monarquía española. Las primeras escenas nos muestran á la joven Isabel en su pacífico retiro, ocupada en hilar y en otros quehaceres de su sexo. España se le presenta en sueños, yaciendo en tierra, vestida de duelo, quejándose de sus desdichas, y anunciándole que ella es la elegida para poner término á los infinitos males que la afligen. Poco después llega la noticia de la muerte de su hermano Alfonso, que le abre el camino para llegar al trono legalmente, en caso de fallecer D. Enrique, puesto que las Cortes han declarado ilegítima á la infanta Doña Juana. El Rey convoca las Cortes para jurar por Reina á Isabel, y pide á ésta, movido de sus singulares caprichos, que no contraiga matrimonio mientras él viva. La Princesa accede al principio á los deseos del Rey, pero los grandes le demuestran con empeño, que, para atender á la dicha de su pueblo, debe elegir esposo. Envíanse entonces embajadas á varios Príncipes, para tomar entre ellos esposo; pero ninguno corresponde á los deseos de los grandes, ni posee las prendas que Isabel exige. Estas escenas de las condiciones del futuro cónyuge de la Infanta, están llenas de rasgos característicos del mayor ingenio. El Rey sabe, mientras tanto, que no se le obedece, é Isabel se ve forzada á sustraerse á los arrebatos de su ira. Diversos presentimientos y presagios, que ella interpreta como avisos del cielo, llaman su atención hacia Fernando de Aragón. La escena se muda á la corte de Zaragoza, en donde el infante Fernando presiente también su dicha futura por diversas señales. El Príncipe, que apenas ha salido de la infancia, se solaza justamente en un baile cuando llega la embajada de Castilla. Hállase también dispuesto á buscar esposa; pero como el rey Enrique, para impedirle la entrada en Castilla, ha acordonado con tropas la frontera, se ve en la necesidad de emprender su expedición en secreto y disfrazado: vístese, pues, de mozo de mulas, y los caballeros de su servidumbre fingen ser sus amos. El viaje, con sus peligros y varios sucesos, se representa en el teatro en sus diversas jornadas, mostrándose en ellas el Príncipe, por su viveza y edad casi infantil, de la manera más favorable. Isabel se disfraza de labradora para salirle al encuentro. Ya en camino, se ve expuesta en distintas ocasiones á ser conocida de los centinelas y de su mismo hermano; pero los engaña á todos, y llega felizmente al término de su viaje. Celébranse las bodas de los dos Príncipes disfrazados, y al acabarse la primera parte de la comedia aparece España triunfante, no con vestidos de duelo, hollando bajo sus plantas á sus enemigos, y profetiza las glorias del reinado de Fernando y de Isabel.
En El Hidalgo abencerraje se nos presenta Granada en todo su esplendor, aunque caminando ya hacia su ocaso; en La envidia de la nobleza, la muerte de los nobles abencerrajes por los traidores zegríes; finalmente, en El cerco de Santa Fe, la famosa lucha trabada ante el último baluarte de la morisma, en que tomaron parte activa los dos Monarcas españoles y los más nobles caballeros del reino, y como su personificación ó centro, las hazañas casi fabulosas[4] de Hernán Pérez del Pulgar, cuyo valor temerario corría parejas con su ardiente celo religioso.
La comedia comienza en el campamento cristiano de Granada. La reina Isabel pasa revista al ejército, y premia á los más valientes caballeros; el entusiasmo y ardor bélico de los adalides españoles se pinta con los colores más vivos. La escena cambia entonces, representando lo interior de la ciudad sitiada. El moro Tarfe promete á su amada Alisa depositar á sus pies las cabezas de los tres campeones cristianos más famosos, á saber, de Gonzalo de Córdoba, del conde de Cabra y de D. Martín de Bohorques. Ella no atribuye gran precio á este don, y sólo desea alejar á su amante, porque ama á Celimo, que no le corresponde por la amistad que lo une á Tarfe. Este acomete, en efecto, su arriesgada hazaña, pero es herido delante de las puertas, y observa con dolor que los caballeros cristianos han clavado en una de ellas con sus puñales un cartel de desafío. A su vuelta á la ciudad es agobiado por las reconvenciones de su amada á causa de su cobardía. Prométele entonces, para borrar su afrenta, clavar en la misma tienda de Isabel una cinta recibida de ella. Alisa en persona ha de asistir á esta hazaña, y, disfrazada de aguadora, ha de salir de la ciudad bajo la protección de Celimo. El moro lleva á cabo su temeraria empresa; pero Alisa cae prisionera del conde de Cabra, el cual cumple de este modo una promesa hecha á la Reina. Cuando se descubre la cinta clavada en la tienda de Isabel, se promueve grande alboroto en el campamento cristiano. Hernán Pérez del Pulgar hace voto de no descansar hasta que, en castigo de tamaño desacato, clave el Ave María en la mezquita de Granada, voto que cumple, en efecto, al pie de la letra. Penetra de noche hasta el centro de la ciudad enemiga, y después de realizar su propósito, regresa ileso á Santa Fe. Al día siguiente observan los moros admirados el palladium de los cristianos en la puerta de la mezquita, y Tarfe jura vengar esta afrenta infiriendo otra mayor á sus enemigos. Al comenzar el último acto cuenta Garcilaso al Rey, llegado al campamento hace poco, las temerarias hazañas ejecutadas los días anteriores; aparecen también varios caballeros, que depositan á los pies de sus soberanos los trofeos de sus victorias. Anuncia á la sazón un servidor, que Tarfe se encamina hacia el campamento trayendo el Ave María en la cola de su caballo. Este sacrilegio excita universal indignación; el Rey quiere salir en persona para castigar al insolente criminal; pero el joven Garcilaso consigue la gracia de pelear con él en vez del Rey, y reviste, al efecto, sus armas invocando antes á la Virgen. En una escena intermedia se presentan la España y la Fama para ensalzar los nombres de Garcilaso y de Fernando. El combate entre Garcilaso y Tarfe, en que éste sucumbe, termina la comedia. Verdad es, que, rigurosamente hablando, no hay unidad en la acción, puesto que sólo nos ofrece una serie de hechos y sucesos, enlazados á uno de los acontecimientos más gloriosos de la historia de España; la unión de las escenas entre sí es muy escasa, como consta particularmente del extracto hecho de ellas; pero quien lee la comedia, recuerda el verdadero estilo homérico en estos cuadros animados de la lucha entablada bajo los muros de Granada.
El héroe celebérrimo de esta guerra, el Gran Capitán, es también el protagonista de otro drama titulado Las cuentas del Gran Capitán, cuya copia es, sin duda, la de igual título de Cañizares. Entre sus escenas se distingue una incomparable, en que Gonzalo da sus descargos al requerírsele por el Rey que rinda cuentas de las sumas que se le han entregado. Se ve sentado en una mesa al tesorero del Rey con recado de escribir, presentándose Gonzalo y su compañero el bravo García de Paredes.
CONTADOR.
Y éstos los libros: aquí
Se siente vuestra Excelencia.
GARCÍA.
Y aquí he de tener paciencia:
¿Papelejos? Pesia á mí.
. . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . .
El duque de Sesa ¡cielos!
¿Con tanta sangre y desvelos?
¿Y qué la fama escribió
Por tan extraños caminos
Su historia en libros de cuentas,
Y no con plumas atentas
En sus anales divinos?
. . . . . . . . . . . .
CONTADOR.
De seis mil escudos de oro
Que en Valladolid le dieron;
Otros diez mil en Madrid,
Y veinte mil en Toledo
A Nápoles se enviaron.
. . . . . . . . . . . .
GRAN CAPITÁN.
Señor Contador, dejemos
Partidas de diez y veinte;
¿No hay suma?
. . . . . . . . . . . .
CONTADOR.
Suman los cargos doscientos
Y sesenta mil escudos.
GRAN CAPITÁN.
¿No más? Es poco. No creo
Que tal reino en todo el mundo
Se haya ganado con menos.
GARCÍA.
Yo se lo voto á los diablos:
Y que sustento y dinero
se quitaba á cuchilladas.
. . . . . . . . . . . .
GRAN CAPITÁN.
También traigo yo papel:
Vayan, vayan escribiendo.
. . . . . . . . . . . .
Memoria de lo que tengo
Gastado en esta conquista,
Que me cuesta sangre y sueño,
Y algunas canas también.
. . . . . . . . . . . .
Primeramente se dieron
A espías ciento y sesenta
Mil ducados.
CONTADOR.
¡Santos cielos!
GRAN CAPITÁN.
¿Qué? ¿Os espantáis? Bien parece
Que sois en la guerra nuevo.
Más: cuarenta mil ducados
De misas.
CONTADOR.
Pues ¿á qué efecto?
GRAN CAPITÁN.
A efecto de que sin Dios
No puede haber buen suceso.
CONTADOR.
Al paso desto
Yo aseguro que le alcance.
GRAN CAPITÁN.
Como se va el Rey huyendo
De tantas obligaciones,
Quiero alcanzarle...
Más: ochenta mil ducados
De pólvora.
CONTADOR.
Ya podemos
Dejar la cuenta.
GARCÍA.
Bien hacen:
Temerosos son del fuego.
GRAN CAPITÁN.
Escuchen por vida mía,
Más: veinte mil y quinientos
Y sesenta y tres ducados,
Y cuatro reales y medio,
Que pagué á postas de cartas.
CONTADOR.
¡Jesús!
GRAN CAPITÁN.
Y en correos
Que llevaban cada día
A España infinitos pliegos.
GARCÍA.
Vive Dios, que se le olvidan
Más de doce mil que fueron
A Granada, y á otras partes;
Y aun era tan recio el tiempo,
Que se morían más postas
Que tienen las cuentas ceros.
GRAN CAPITÁN.
Más: de dar á sacristanes,
Que las campanas tañeron
Por las victorias, que Dios
Fué servido concedernos,
Seis mil ducados, y treinta
Y seis reales.
GARCÍA.
Sí; que fueron
Infinitas las victorias,
Y andaban siempre tañendo.
GRAN CAPITÁN.
Más: de limosnas á pobres
Soldados, curas enfermos,
Y llevarlos á caballo,
Treinta mil y cuatro cientos
Y cuarenta y seis escudos.
CONTADOR.
No sólo satisfaciendo
Va Vuestra Excelencia al Rey;
Mas que no podrá, sospecho,
Pagarle con cuanto tiene.
Suplícole que dejemos
Las cuentas, que quiero hablarle.
El Nuevo Mundo descubierto pertenece á las comedias de Lope más satirizadas por los galicistas, y hasta los más benévolos la han calificado de loca extravagancia; pero cuando se fija la atención en lo que constituye su centro de unidad, que es el ensalzamiento de la fe católica, es preciso convenir en que no falta en ella, para ser perfecta, el enlace necesario de sus partes.—Los hechos ocurridos en tiempo del emperador Carlos V, se representan en Carlos V en Francia y en La mayor desgracia del emperador Carlos: en esta última la malograda expedición á Argel. Arauco domado describe la conquista de este pueblo valeroso del S. de Chile, tan célebre por la epopeya de Ercilla; esta comedia es única en su género, y se distingue por su aparato escénico, que desenvuelve á nuestros ojos toda la gala de la naturaleza de los trópicos, y nos transporta á las magníficas soledades de América, y porque nos ofrece igual heroismo en los dos pueblos que pelean, el de los esforzados hijos de las selvas, que batallan rudamente y con ánimo casi sobrenatural por su independencia, formando los contrastes más chocantes y pintorescos, y el de los españoles, cuyo entusiasmo y deseos de extender el renombre de su patria y sus creencias religiosas, nos infunden encanto irresistible; en una palabra, es difícil imaginar ninguna otra comedia que sobresalga como ésta por sus atrevidas creaciones, por el vuelo y el brillo de la fantasía[5].—Sucesos posteriores, ocurridos en vida de Lope, son tratados en La santa Liga, obra animada de espíritu verdaderamente heróico, aunque algo difusa en lo épico, al exponer la guerra contra los turcos, que terminó en la batalla de Lepanto; de la misma clase es La mayor victoria de Alemania, que ensalza á un nieto del Gran Capitán; Los españoles en Flandes, etc.
Entre las comedias cuyos argumentos pertenecen á la historia de España, obsérvanse otras diferencias que no deben pasar desapercibidas, comprendiendo algunas un hecho ó una anécdota aislada, como, por ejemplo, El asalto de Mastrique, El marqués de las Navas, cuya acción se concentra en estos sucesos y personajes que forman su base, y otras, por el contrario, una serie completa de sucesos enlazados entre sí, ya por la unidad que les imprime su protagonista, ya de otra manera menos estrecha. De esta especie las hay biográficas, como El valiente Céspedes, cuyas dos partes (sólo se conserva la primera), describen la vida del famoso espadachín Céspedes y sus hazañas en la Península, Alemania y Nápoles, ó compuestas de actos aislados é independientes, que, sin embargo, constituyen un todo análogo al de las tragedias de una trilogía. Sirva de ejemplo de la última clase El postrer godo de España, cuya primera jornada describe la pasión del rey Rodrigo por la bella Florinda; la segunda, la muerte de este desdichado Monarca en la batalla del Guadalete, y la tercera, la restauración del reino cristiano por Pelayo.
En la clasificación de las comedias de Lope hay también que señalar un lugar determinado á aquéllas que, fundadas en la historia nacional y representando personajes históricos, tratan más bien de intereses privados que de sucesos públicos notables. Utilízanse con frecuencia en ellas asuntos y tradiciones especiales; no pocas veces es la fábula fingida, enlazándose arbitrariamente con ésta ó aquella circunstancia histórica, siempre, á la verdad, con exquisito tacto, de suerte que el suceso inventado convenga al lugar y á la época en que se supone ocurrir, y encuentre en uno y otra su natural asiento. Nunca Lope, mientras no sale de los dominios de su patria, se atribuye la licencia de desfigurar la historia, y de aquí que sus rasgos históricos sean en estas comedias verdaderos en cuanto á las costumbres y demás condiciones de igual clase, que tan célebre lo han hecho en las anteriores, arrebatándonos también en éstas sus magistrales caracteres históricos. La mayor parte de estos dramas aventajan, bajo cierto punto de vista, á los puramente históricos, porque es más estrecha la unidad de acción, más concentrado ó intenso su interés dramático, no oponiéndose, como en aquéllos, á este resultado el deseo de aprovechar, cuanto se puede, todos los rasgos especiales diseminados en las crónicas. Observamos en esta categoría (á la cual, hablando en rigor, pertenecen también algunos de los mencionados antes) muchas de las obras más notables de Lope, que hasta hoy se han conservado en el teatro español.