»Paucis post annis theatra adsurgebant Riquelmae, adolescenti pulchrae, aprehensiva tam forti praeditae, ut inter loquendum vultus colorem cum omnium admiratione mutaret: nam si in theatro fausta et felicia narrarentur, roseo colore suffusa auscultabat; si autem aliqua infausta circunstantia intercurreret, illico pallida reddebatur. Et in hoc erat unica, quam nemo valeret imitari.
»Fuerunt et sunt alii Comici, in quibus magnae hujus generis dotes relucent. Ego nomino, quos puer cognovi, nam a juventute excedi ab Hispania jussus, comedias audire non potui.»Quia magna interdum ingenia pereunt in aratro, quae si colerentur, possent patriae et scholae servire, hunc casum addo. Barrueli (pagus est non longe a Spinensi coenobio jacens in antiquâ Castellâ), interfui Divinis mysteriis die nascenti Deiparae consecrata. Musica fuit expectatione melior, et omnia urbano potius quam pagano ritu agebantur. Ad offertorium surrexerunt Confratres, et singuli suum munus obtulerunt Angelorum reginae, alli taciti, alii carmina recitantes, alii cantantes, et applausum praeceteris habuit quidam juvenis, qui muti personam adsumens, manibus et gestibus loquens, ut panis, vini et pecorum copiam et valetudinem Diva populo universo concederet, motibus tam vivis expressit, ut mentis suae conceptus clarius et melius explicare verbis non posset. ¿Et quid iste non faceret, si a pueritia habuisset Magistros idoneos?
»Matriti semel Arias sibi legens epistolam in theatrum ingressus, longo tempore habuit Auditores suspensos, ad singulas lineas percellebatur, et demum furore percitus laceravit epistolam et incipit exclamare vehementisima carmina. Et tamesi laudaretur ab omnibus, majorem illa die agendo quam loquendo admirationem extorsit.»
Arias tiene voz clara y pura, tenaz memoria y acción animada, y cualquiera cosa que dice, parece que las Gracias le acompañan en cada palabra y Apolo en cada movimiento de sus manos. Acudían á oirlo los más sobresalientes oradores para perfeccionarse en la elocución y acción.
En este mismo tiempo floreció Amarilis (así la llamaban), entre las actrices, prodigiosa en su arte. Declamaba, cantaba, tañía instrumentos músicos, bailaba, haciéndolo todo con alabanzas y aplausos.
Pocos años después se presentaba en el teatro la Riquelme, bella joven, tan sensible por naturaleza, que, con admiración de todos, variaba de color, según el diálogo: si el asunto era alegre y fausto, su color era sonrosado, y si sobrevenía algo triste, se ponía en seguida pálida. En esto era tal, que nadie pudo imitarla.
Hubo además otros cómicos que se distinguieron por sus notables dotes. Hablo sólo de los que conocí cuando niño, porque, obligado á dejar á España joven, no pude oir más comedias.
Como prueba de que á veces vegetan grandes ingenios arando, que, cultivados, hubiesen dado lustre á los estudios y á la patria, cito este caso. Asistí en Barruel (aldea sita no lejos del convento de Espina, en Castilla la Vieja) á los misterios divinos, que se celebraban el día consagrado á solemnizar el nacimiento de la Virgen. La música fué mejor de lo que esperaba, y toda la fiesta parecía más propia de ciudad que de aldea. En el ofertorio se levantaron todos los hermanos, trayendo cada uno su ofrenda á la Reina de los Angeles; unos callados, otros recitando versos, otros cantando, y hubo un joven, que obtuvo los mayores aplausos, el cual, representando el personaje de un mudo y accionando y gesticulando para que la Virgen concediera á todo el pueblo salud y abundancia de pan, de vino y ganados, lo expresó con sus movimientos tan viva y elocuentemente, que con mayor claridad y distinción no hubiese dado á entender con palabras sus pensamientos. ¿Qué no hubiese hecho, si desde su niñez lo enseñaran maestros idóneos?
Leyendo una vez Arias, para sí, una carta en el escenario del Teatro de Madrid, tuvo suspenso al auditorio largo tiempo, expresando sus emociones al leerla, y por último, lleno de ira, rompió la carta y comenzó á declamar versos muy vehementes. Y todos lo alabaron y convinieron en que, en dicho día, conquistó mayor admiración accionando que declamando.—(T. del T.)
[30] Caramuel, Primus Calamus, tomo II, pág. 706.