Francisco Bances Candamo (nacido en Sabugo, en Asturias, en 1662, muerto en 1709), cierra no indignamente la serie de poetas del período más floreciente del teatro español, tratando de él ahora, aunque el período en que escribió es propiamente el que sigue, más por la clase de sus obras, que guardando exactitud cronológica. Sus dramas, en efecto, aunque no se distinguen por sus grandes y originales bellezas, reflejan, sin embargo, con brillo las de Calderón, demostrando lo que puede hacer un poeta de facultades medianas, cuando con amor y abnegación se consagra al estudio de algún célebre modelo. Casi todas las comedias de Candamo[50] tienen mérito indudable y merecían ser examinadas despacio, si lo consintiesen los límites que nos hemos trazado. Mencionaremos, no obstante, dos de ellas, empezando por la mejor, á nuestro juicio, que se titula Por su rey y por su dama, cuyo argumento es un suceso célebre del reinado de Felipe II, ó la toma de Amiens. Candamo finge que el bravo Portocarrero está enamorado de la hija del primer magistrado civil de Amiens, y esta pasión lo excita á la conquista de una plaza fuerte de esta importancia. Para probar, pues, á su amada que nada hay imposible para el amor, ejecuta una serie de hazañas, cada una más atrevida, más temeraria y más novelesca que la otra. En la serie de escenas, á que da origen este motivo dramático, se aumenta más y más el interés, predominando en toda la obra una inspiración y un ardor guerrero que la llena, dulcificándolo por otra parte su tono de finísima galantería, para producir ambos móviles una impresión total gratísima. El duelo contra su dama, aunque menos digno de alabanza en su conjunto, no carece, sin embargo, de bellezas aisladas. Una dama amazona se hace jurar por su amante, de cuya fidelidad tiene algunas quejas, que no la descubrirá si toma un disfraz que la necesidad le impone. Encamínase después, vestida de príncipe, á la corte de su rival, y desafía á su amante. Éste se encuentra entonces en la embarazosa situación de combatir contra su amada, de portarse como un cobarde si no lo hace, ó de faltar á su juramento. Siendo él quien ha de elegir las armas, adopta el medio de acudir á la palestra sin escudo ni armadura y con el pecho descubierto. Desarma con esta estratagema á la vengativa beldad, y al mismo tiempo el amante, cuya tibieza provenía de creerla poco cariñosa, convencido por los hechos de la falsedad de sus recelos, se casa al fin con ella. Entre los dramas de Bances Candamo, el que obtuvo más duradero y general aplauso, fué el titulado El esclavo en grillos de oro. La fábula de esta composición, tan agradable como elegante, puede compendiarse en breves palabras. Camilo, romano prudente y deslumbrado por los principios abstractos de los filósofos, descontento del gobierno de Trajano, trama una conspiración contra él. El Emperador descubre ese plan traidor; convoca al Senado, y le presenta el criminal para que lo juzgue; pero ¿cuánta no es la sorpresa de la muchedumbre que acude al juicio cuando, en lugar de ser condenado á muerte como todos esperaban, es nombrado por Trajano colega suyo del imperio? El sabio y humano Emperador cree que éste es el mejor medio de castigar justamente al conspirador. Camilo se ve obligado, en virtud de su nuevo cargo, á consagrar toda su atención al régimen del Estado y á renunciar á todos los placeres de que disfrutan los particulares: todos sus actos son objeto de continuas censuras, y al cabo conoce que sus hombros son demasiado débiles para soportar tan inmensa carga, por cuyo motivo suplica á Trajano que lo liberte de ella. El Emperador, satisfecho de la humillación de su enemigo, acaba al fin por perdonarlo.
Digamos ahora, para terminar, algunas breves frases acerca del número casi infinito de comedias de escritores anónimos, que corresponden á la época de Calderón, y que, en parte, se han conservado hasta nosotros. Entre estas Comedias de un ingenio, no hay muchas que puedan calificarse de obras magistrales; pero brillan en ellas aislados relámpagos poéticos, como era de esperar del empuje simultáneo de tantas fuerzas de esa índole, dando así testimonio del espíritu general poético, que reinaba entonces en España. No podemos penetrar en el examen especial de estas composiciones, habiendo dejado intactas centenares de comedias originales de autores famosos.
Hemos recorrido, ya deteniéndonos más largo tiempo, ya desflorándolos ligeramente, los dominios casi inmensos de la dramática española durante su edad de oro. ¡Ojalá que hayamos logrado ofrecer al lector una imagen viva de esta región, hasta aquí estimada en mucho menos de lo que vale, y fijar su atención en la abundante mies que la llena, y en sus campos poéticos, que nos brindan con tan variados placeres! Al cabo ahora de la época, que forma la parte más importante de nuestro objeto, nos será lícito, sin duda, echar una ojeada retrospectiva al terreno ya andado.
Por espacio de un siglo, esto es, desde la aparición de Lope de Vega hasta los primeros coetáneos é inmediatos sucesores de Calderón, poseyeron los españoles un drama popular propio, que les presentaba, bajo las imágenes brillantes y mágicas de la poesía, todos los momentos más perspicuos de su existencia nacional, de la vida de su espíritu y del mundo real. Este drama había brotado de las raíces de la poesía popular, elevándose como continuación de la misma: transformóse en árbol gigantesco; extendió sus ramas por todo el imperio de las manifestaciones sensibles hasta llegar al punto culminante de lo maravilloso, y cobijó bajo sus ramas innumerables á tres generaciones, que se solazaron á su sombra. A modo de espejo prismático, recogió todos esos rayos diseminados, todos esos colores infinitos, creados por la poesía, para conservarlos en imágenes y en palabras. Bebiendo sólo en la fuente de la tradición y de la historia nacional, convirtió en presente el tiempo pasado, tan activo y tan rico en formas, ofreciéndonos los héroes de otras épocas con la más viva realidad, y las tradiciones semi-míticas de los tiempos casi primitivos como hechos é historia de siglos posteriores, ya mejor conocidos; infundió nueva y animada vida á las bellas tradiciones de los combates y aventuras caballerescas de amor y traición, de galantería y rendimiento y de enemistades y de odios; por medio de imágenes, de caracteres férreos é incontrastables, de crímenes y de virtudes extraordinarios y hasta monstruosos, que se despeñaban desde la cima del poder y de la grandeza, conmovía y levantaba el ánimo de los espectadores, poniendo ante sus ojos esa continua alternativa de felicidad y de desdicha, patrimonio temeroso é inevitable del destino de los hombres sobre la tierra.
Los españoles hubieron de exigir de los poetas dramáticos inspiración poética muy superior á la de los cantores de romances, porque aquéllos habían de evocar á los héroes de la epopeya de las tinieblas de lo pasado, y conciliar el tono lleno y firme de la poesía épica con los más dulces sonidos de la lírica, y ofrecerlos á su vista inmediatamente, revestidos en su conjunto de formas poéticas más perfectas. Pero era preciso también representar la vida de lo presente bajo todas sus relaciones y en su variedad infinita, de suerte que el drama, bajo imágenes brillantes de rico colorido y exornadas con el encanto de la poesía, comprendiese también á la realidad, pero despojándola de todas sus apariencias casuales é insignificantes, y asumiendo sólo los elementos que la depuraban y realzaban; otras veces, siguiendo el mismo sistema, desde el círculo estrecho del tiempo y del lugar que lo rodeaba, había de lanzarse en países y épocas lejanos para apropiarse las tradiciones é historias de todos los pueblos, ó en los inmensos y maravillosos dominios de la fantasía para darles un nombre, y fijar de algún modo sus vanas y gratas creaciones; ó traspasar los límites de lo finito, abrir las puertas del cielo y del infierno, evocar los ángeles y santos, y hasta á la bienaventurada Reina del Cielo, y los espíritus sombríos del abismo, y mostraba las luchas de la humanidad con los poderes infernales, pero bajo la guarda y la égida del Espíritu Santo. Todos los sentimientos, desde los más exageradamente nobles y más tiernos, hasta las pasiones más violentas y el odio más implacable, supo pintarlo con los rasgos más persuasivos; todos los caracteres y todos los tipos humanos con la verdad más deslumbradora, trazando de este modo la personificación completa de las manifestaciones más notables de la vida. Comprendiendo en su círculo la existencia con todos sus movimientos é impulsos, con la riqueza infinita de sus fenómenos, el conjunto de los resortes de lo presente, y de todo lo pasado inconmensurable, y á la vez teniendo ante sí lo eterno, y penetrando en lo porvenir, fué el drama español de carácter universal, no exclusivo de ésta ó aquella clase, ni de la de los eruditos ó llamados sabios, ni tampoco del populacho, sino abarcando en su conjunto á la nación entera; y de aquí que simpatizase tanto con el carácter, con las creencias, con las opiniones, con la imaginación, con las costumbres y el gusto nacional, puesto que siendo un producto de todos estos elementos, los creó y reformó luego á su manera. Así decía con razón D. Agustín Durán, que el antiguo drama era para los españoles patriotas lo que la Biblia para los hebreos, lo que la Iliada y la Odisea para los griegos, esto es, un archivo de toda la ciencia histórica, política, moral y religiosa de la nación; un reloj que indicaba sus varias vicisitudes, su renombre y sus desdichas. Era el centro de unión de todos los tonos y gradaciones posibles de la poesía; confundíanse en él la tragedia, el drama, la comedia novelesca y la de la clase media, y hasta la farsa más grosera, puesto que todas las clases y estados de la sociedad, desde el más alto al más bajo, figuraban en él, sin que esta circunstancia perjudicara ni debilitara en lo más mínimo á las diversas partes de su conjunto.
Una serie de siglos había echado los cimientos de este drama en el terreno primitivo de toda poesía, esto es, en la vida y en el espíritu del pueblo; y sobre estos cimientos levantó después Lope de Vega, ayudado por una pléyada de vigorosos compañeros, un edificio bien trazado de partes íntimas, estrechamente enlazadas, y al abrigo de todos los peligros exteriores. Siguióle luego otra generación, que observó en sus trabajos el plan primitivo, y elevó sobre la antigua construcción otra nueva, alzándose osada hasta llegar al cielo, amontonando cúpulas sobre cúpulas. Si bien fué Madrid la primera y principal residencia del arte dramático, por concentrarse en él todo el poder y todo el brillo de la nación, también se erigieron en todas partes escuelas dramáticas análogas, que extendían más, con rapidez maravillosa, las excitaciones recibidas de la capital, y transformaban las creaciones del gran poeta en bienes comunes á la nación entera. Desde las costas de Andalucía hasta las vertientes de los Pirineos; desde las riberas de Cataluña, bañadas por el Mediterráneo, hasta el Océano occidental, asistían los españoles al teatro, celebrándolo con su inteligencia perspicaz y magnánimo corazón, porque veían en él á sí mismos con perfección más ideal y más vivamente personificados, y porque, revestidas de imágenes atrevidas, admiraban las hazañas de sus antepasados y los sucesos más notables de su historia, y porque la realidad presente, como un espléndido panorama, se desenvolvía ante ellos en toda su inmensa extensión. No se cansaban nunca de tributar el homenaje de su agradecimiento á los poetas, que ya les ofrecían las poderosas creaciones de su imaginación, ya deleitaban su espíritu con gratos ensueños, ya los llevaban á las regiones etéreas en alas de su devoción, ya, por último, se solazaban con ellos con chistes y agudezas. Los aplausos, que se dispensaban á las obras dramáticas eran, por necesidad, muy diversos de los de nuestros días, y más generales y cordiales; no provenían de distintas clases sociales, ni de las más elevadas, ni de las más bajas del estado, de los críticos ni de la ignorante muchedumbre, sino que el pueblo entero unánime las honraba y las aplaudía; entre los autores y los espectadores había una íntima y alternada correspondencia, que estimulaba á los primeros y elevaba á los segundos; un fuego vital, más libre y más enérgico, que excitaba y promovía todo progreso saludable, y que anulaba toda tendencia defectuosa, daba calor incesante á todo el arte dramático, alcanzando de esta suerte el teatro su carácter más sublime, esto es, el de ser una institución nacional, maestro y modelo del pueblo, copia y á la vez tipo más perfecto del espíritu nacional.
No sin pena traspasaremos ahora los límites, allende los cuales comienza la decadencia del drama español, porque con la aparición de esa decadencia coincide la desaparición del espíritu nacional, que infundió savia á esa institución, y el único que la hizo desenvolverse y florecer. Aunque aceptemos la idea (el solo consuelo que se nos presenta) de que el espíritu de una nación, después de despojarse de una forma dada, se propone apropiarse otra más perfecta, siempre es indudable que entre la cesación del primer estado y la llegada del posterior, hay siempre un interregno de incertidumbre, de vacilaciones y de letargo, en el cual no puede nunca el observador imparcial detenerse satisfecho.
Así como en los tomos anteriores de esta obra hemos dado noticia de los actores más famosos de cada período, así también las incluiremos aquí ahora, en cuanto se refiere á la segunda mitad de la edad de oro del teatro español. Y á fin de que el lector conozca á fondo la vida de los actores españoles de ese tiempo, como si estuviera presente, extractamos aquí un trabajo del año 1649, de autor desconocido, que abunda en rasgos satíricos contra los cómicos coetáneos, y más particularmente contra las actrices más famosas y sus frívolos adoradores[51]:
I.
Pero á Jano escuchad. La que se aplica
Al Senado histrionio y es cantora,
O bien de castañuelas se salpica;
Si es como azogue todo bullidora,
Si ríe blando, si gracioso brinda,
Cuéntese en este mundo por señora:
No há menester del todo ser muy linda
Para reinar: bástele ser farsante:
¿Quién hay que á una farsante no se rinda?
Esto el Bifronte Dios apenas canta,
Cuando Menguilla, una graciosa niña,
Que estaba dedicada para santa,
Dexado el saco y vuelta á la basquiña,
En un cómico rancho se acomoda,
Diciendo que esta gente la encariña.
Juntóse al punto allí la Maufla toda,
Y después de hecho un rigoroso examen,
Por digna la aclamaron de un Vaiboda.
Luego un gracioso, no de mal dictamen,
Sentado en un baúl la hizo esta arenga,
Esta arenga que puede ser vexamen:
Vuesa merced, señora Doña Menga,
Ya que ha dexado el mundo y sus verdores,
Como á Dios plugo, enhorabuena venga.
Si piensa que ha venido á coger flores,
Porque nos ve listados de oropeles,
Está metida en un serón de errores.
Que estas guitarras, arpas y rabeles,
Si para el pueblo son sonoras aves,
Para nosotros son fieras crueles;
Y no porque ignoremos ser suaves,
Sino porque mil veces repetidas
Vienen á sernos ya susurros graves.
Las vidas que traemos no son vidas,
Y esto verálo á la primer semana
En acostadas, cenas y comidas,
Y habrá de levantarse de mañana,
Si ha de dar á una resma de papeles
Tarea y ripio; ¡y quán de mala gana!
Pero todo esto es dar en los broqueles,
Porque hay cosas tan ásperas y duras,
Que no es bien que las sepan las noveles.
Y aunque al fin en nosotros no hay clausuras,
Como en otras modestas religiones,
No andará con todo eso á sus anchuras.
Y es que son tantas las obligaciones
En que este negro oficio nos empeña,
Que el más del tiempo hacemos ceribones.
Ni es tan ligado Sísifo á su peña,
Porque jamás holgamos en poblado,
Si no es que de vivienda sea pequeña:
Y entonces aún nos ponen en cuidado
Algunos mozalbetes, que importunos
Nos persiguen que honremos su tablado.
Caminamos á veces medio ayunos,
Ni perdonamos al invierno helado,
Aunque nos convirtamos en Neptunos.
Pero bárrese luego este nublado
En llegando á ciudad que es populosa,
Y allí le damos treguas al enfado.
Y así vuesa merced, la mi Donosa,
Tendrá mucho antes del tercero día
Requiebro como el puño, en verso y prosa.
Y si algo vale la sentencia mía,
La diré que haga cara y cepos quedos,
Pues no es aquél su puesto ni su día,
Ni se aligue á Sevillas ni á Toledos
Con ser grandes ciudades, y á este tono,
A las demás estiman en dos bledos;
Sólo ha de ser el garbo y el entono
Para Madrid que es villa, que aunque villa,
Tiene en su abono príncipes de abono.
. . . . . . . . . .
Y aunque es verdad que entonces tendrá vida
Ilustre y argentada, no por eso
Será el festejo y ocio á su medida.
Que esto del recitar es tan avieso
Que tras sufrir las grimas de tres horas
En un teatro, nos trastorna el seso;
El decorar nos lleva las auroras,
A las siestas ocupan las salseras,
Y la comida y sueño á las deshoras.
Y esto, mi niña, quieras ó no quieras,
O bien has de faltar al instituto
Que hoy elegiste y proseguir esperas.
Si bien en esta cuenta no minuto
Las idas á palacio y á señores
Que tienen más de pena que de fruto.
Cosa que á todos causa trasudores
Vernos salir de luchas de mil fieras
Y reiterarla en otra de otras peores.
Por donde puedes ver, y quán de veras,
Mi sabrosa, que no es del todo fino
El oro que os guarnece las hileras.
Y así atribuyo á fuerza del destino
El jugar con nosotros siempre al hado
(Como suelen decir): Tres al molino.
Esto el gracioso dixo mesurado,
Y la mozuela no mudó el semblante;
Antes, siguiendo al cómico Senado,
En alta voz le victoreó al instante.
II.
Pero luego que tuvo lo arengado
Su aplauso, y amainando fué el ruido
Que hizo aquel pueblo y cómico Senado,
La niña, con un garbo no aprendido,
Sino el que allí le ministró el contento,
Esto alargó, ni necio ni fingido:
Padre, bien sé que con benigno intento
Me queréis desviar de esta senduela,
Que guía al gusto menos que al tormento:
Pareciéndoos que como soy mozuela
Y criada en holandas, no podría
Aspirar á lo ansioso de esta escuela.
Y así es verdad que la terneza mía
Y la crianza piden más blandura;
Pero no el zaratán que en mí se cría.
Así quiero llamar á esta locura
Que no teme los ásperos baxíos,
Ni del abismo la arenosa hondura.
Y es que después acá que sois ya míos,
Me he vestido un arnés de fuerte acero,
Que ha doblado mis fuerzas y mis bríos.
Y así, para mostraros lo que os quiero,
Desde luego os ofrezco mis verduras,
Y aun las alhajas que adquirir espero.
Ya renuncio á vivir á mis anchuras,
Que estimo asaz vuestro recogimiento
Por quien juzgo felices las clausuras;
Las clausuras de vuestro encerramiento,
¡Oh mis comilitonas! siempre activo
Y digno de cualquiera valimiento.
Pensar que pueda haber trabajo esquivo
Para mí, con vosotras, mis señoras,
Es negarle al azogue que no es vivo.
Las auroras, las siestas, las deshoras,
Me serán siempre cómodas, y tales
Como el sueño que inspiran las auroras.
Y así no hay que temer ansias mortales,
Mientras yo fuere vuestra: sude el río,
Que más por esto abundará en cristales.
El reino fuerte crece en señorío
Cuanto más se ejercita. Viva el ocio,
En la que tiene muerto el albedrío.
. . . . . . . . . .
Y así no hay que temer, mi buen hermano,
Que es más Menguilla de lo que parece,
Y aun de mostaza, si os parece grano.
Que éste mi ardor que tanto os apetece,
Tiene más de gigante que de niño,
Aunque ayer se engendró y hoy nace y crece.
Bien que es poco fiador el desaliño
Con que vengo, de mi perseverancia;
Pero sus faltas suplirá el cariño,
Que es quien puebla los reinos de Constancia
Y tiene á un Dios por padre, que, aunque ciego,
Sin ojos, sabe dar la vigilancia.
. . . . . . . . . .
Por quien me ha de nacer perpetua gloria,
Que una que espero juventud florida
Me ha de ingerir en una larga historia
Y guisarme tras esto una guarida
Preciosa, si no soy tan desgraciada
Que se me escape un conde de por vida.
Que esta cara que veis no almidonada
Promete desde luego un gran empeño,
Con que el dozavo no me apriete en nada.
Si bien yo no me aflixo por ser dueño,
Hasta, como decís, que á Madrid vea,
Que sin él tengo al mundo por pequeño.
. . . . . . . . . .
Y que éstos serán muchos, cosa es clara,
Porque el diestro sainete de mis suelas,
Es del amor la más segura xara.
Y más al redoblar las castañuelas,
De quien dudo que escape el más cartujo,
Antes dará ocasión á mil novelas.
Y así, mis reinas, ya que me reduxo
El destino á ser vuestra camarada,
Ea, dadme el papel, que tengo pujo.
Que si una vez me planto en la estacada,
Haré al teatro fiero anfiteatro,
Que alma no quedará sin ser lisiada.
Finalmente, verá vuestro teatro
Lo que hasta ahora verse no ha podido
(Como soléis decir), de Tyle á Bato.
Lo demás que se vive es con enfado,
Sujeto á pleitos, voces y porfías,
O á la cabeza de un continuo enfado.
Cuéntame quantas cosas ver querrías,
Que yo te las daré lindas en todo:
En lenguaje, en acción, en bizarría.
Al Medo, al Persa, al Macedón, al Godo,
Allí los hallarás como en la historia;
Pero con más valor y mejor modo.
Presume que es un libro de memoria,
Aquel puesto en vitela encuadernado,
Con letras de oro para mayor gloria:
Elegante, gracioso y no cansado,
Y que debiendo estar entre cristales
Recogido, le goza el más cuitado.
Allí en cuatro horas, y esto no cabales,
Se recopilan con sublime acento
Las cosas que nos dan largos anales.
Y entre lo hablado, en alternado acento,
Intermedian sonoras harmonías,
De que es oyente y mejorado el viento.
Y así tú, mal censor, que te desvías
Con nombre de Catón de éxtasis tanta,
¿Presumes que las musas son arpías?
Pues presume de mí que nací infanta;
Pero que, en mi opinión, mejoré el nido
Después que lo mudé en el de farsanta.
Si fuera infanta, como ya has oído,
Tuvieran entredicho mis seis puntos,
Y pulsaran mis dedos sin ruido.
. . . . . . . . . .
¿Madre, cómo podrá la que está asida
A sus inclinaciones, salir de ellas,
Y ajustarse á una regla muy fruncida?
Miro que allí las bellas no son bellas,
Y que tienen las gracias cercenadas,
Y con monjil los rostros de sus huellas.
Siempre atendidas de Argos y espiadas,
Y que al menor resquicio de recreo
Da Parladario leyes ajustadas.
Por acá, como al fin todas sois flores
Y estáis en escampado, no hay rocío
Que no acuda á vestiros de verdura.
Lo cual notado del ingenio mío,
Me animó á que cambiase de instituto,
Y á trocar el desierto por el río;
Y aquél, como se precia de muy justo,
Temí que esta niñez me agostaría
O á buen librar que me volviera en bruto.
Y aunque de cierto sé que ésta no es vía
Para arribar al centro que aspiramos,
Sino que á un mal despeñadero guía;
Pero, amigas, amemos y vivamos,
Mientras la edad por mozas nos declara,
Que después querrá el cielo que seamos
Lo mismo que ayer fué la Baltasara.
III.
Con esto dió Menguilla fin al garlo,
Y la Maufla quedó tan aturdida
Como alegre y gozosa de escucharlo.
Luego, con una súbita corrida,
La asaltaron, cercaron y aclamaron
Por reina de las damas de la vida.
Y en hombros de quatro hombres la elevaron,
Y con tipladas voces y harmonía
En un alto bufete la asentaron;
Donde el xefe de aquella compañía,
A quien llaman Autor, en buen romance,
Esto añadió con mansa melodía:
Es tan dichoso, amigos, este lance,
Que al ponderarlo falta la eloqüencia,
Ni hay ingenio que pueda darle alcance.
Porque en años tan pocos tal prudencia,
Y con tal madurez tanta hermosura,
Embaucará al más ducho en cualquier ciencia.
Y así no hay que dudar de esta aventura,
Que hemos echado á su rodete un clavo,
Y á mi sentir, no clavo de herradura.
Pero lo más que de esta acción alabo
Es que ella se ha venido sin buscalla,
Y así como el principio tendrá el cabo.
Para la buena dicha no hay muralla:
Ella se entra y se sale donde quiere,
Que la ocasión y los resquicios halla.
Yo haré por vuestro honor quanto pudiere,
Lográndoos esta niña, y también ella
Hará por vuestro honor quanto supiere.
Y en el inter que goza el ser doncella,
Que será hasta Madrid (según yo creo),
Cien mil cosas hacer podemos de ella,
Que á lo escénico sirva y al bureo;
Y armados los pulgares de dos boxes,
Que haga un millón de vueltas en rodeo,
Como quando se sueltan los reloxes,
Y sin concierto dan más campanadas
Que suelen tener granos veinte troxes.
Con esto, amigos, quedarán prendadas
Las gentes que encerramos en corrales,
Para después volver á millaradas.
Y es así que quando hay tramoyas tales,
Nuestras caxas engordan y bureo,
Y sin guerra vivimos con reales.
Y esta niña, á mi ver, tiene deseo,
Más que nosotros, de acertar, y es llano
Que acertará con voz, pies y meneo.
De todo nos da indicio soberano
El examen presente; y así, amigos,
Desde luego le dad ripio á la mano.
Y sean de su voz fieles testigos
Dichos que represente, y de sus plantas
Bayles, que no echará por esos trigos:
Antes promete admiraciones tantas,
Y con primor tan raro y exquisito,
Que venza á quantas hay representantas,
Porque su pie se arroja tan perito,
Que turba la atención del que curioso
La está mirando entonces de hito en hito.
. . . . . . . . . .
Lo que al presente, amigos, más me agrada,
Es que primero que en la corte entremos,
Al reino demos una rociada;
Y en los lugares cortos recitemos
Lo que esta niña fuere decorando:
Que quando allí perdamos, no perdemos;
Antes de cierto sé que irá ganando
Desde allí nueva fama, y qual vexiga,
A soplos de inocentes ensanchando.
Y si al fin, como espero, ase la liga,
Y á Dios votivas gracias con buen celo,
Y al mundo le daremos una higa,
Pues nos llevamos lo mejor del suelo.
Las loas y entremeses de Benavente, ya citado, nos ofrecen algunos datos divertidos acerca del histrionismo de esta época. En una loa de este poeta, por ejemplo, el director Roque de Figueroa pasa revista á todos los individuos de su compañía, caracterizando en particular á cada uno; á la conclusión se presentan también el apuntador, el sastre, el recaudador y los mozos del teatro, saliendo, por último, hasta los cofres y vestuarios de toda la compañía para hacer al público su respetuoso saludo. En otra se encuentra una alusión á los espectadores; y su clasificación en senado, auditorio, oyentes, anfiteatro, coliseo, galanes, damas, fregonas, ilustres, nobles, plebeyos, tocas, gorras, caperuzas, mosquetes y no mosqueteros. En otra tercera dice un actor medroso: