Pero la justicia resplandece en el ahumado hogar del pobre, y premia una vida honesta y honrada. Apartando los ojos aléjase de los alcázares que cubrió de oro una mano manchada, y se encamina a la santa mansión del bueno. Jamás rinde culto al poder del rico notado de infame. A cada cual le da siempre el fin merecido.
(Sale AGAMEMNÓN en un carro con pompa y aparato real. Detrás de él CASANDRA en otro carro, donde vienen los despojos de Troya.)
Ea, ya estáis aquí, ¡oh rey! ¡oh destructor de Troya! ¡oh hijo de Atreo! ¿Cómo te saludaré yo? ¿Con qué honores te rendiré acatamiento de modo que ni pase de los términos de lo que se te debe, ni tampoco te falte en nada? Los más de los hombres van siempre más allá de lo justo y antes que ser estiman parecer. Prontos a llorar a toda hora con los desdichados, la herida de su pena no llega jamás al corazón. Alegres con los alegres, componen a aquel tenor su rostro, y hácense violencia por sacarle una forzada sonrisa. Mas el buen pastor, que conoce su ganado, nunca se engaña. No se le oculta la verdadera expresión de los ojos del lisonjero que con mentido amor alardea de una amistad que finge. Por lo que a mí hace, no te negaré que te noté de imprudente sobremanera, y de hombre que no pensabas con seso cuando por causa de Helena sacaste de aquí la armada arrastrando a nuestros guerreros con obligada resolución a recibir la muerte. Mas ahora que la empresa se llevó a feliz término, son dulces las penas sufridas, y para ti sólo hay amor de corazón; bien que el tiempo y la experiencia te harán conocer qué ciudadanos han vivido en justicia y quiénes la han conculcado.
AGAMEMNÓN
Justo es que ante todo te salude, ciudad de Argos; y a vosotros, dioses de mi patria, que me habéis ayudado en mi vuelta, y en la justicia que he hecho en la ciudad de Príamo. No atendieron los dioses a discursos para juzgar la causa. Sin que uno siquiera discrepase echaron en la urna de la sangre voto de destrucción y muerte contra Ilión. Tan sólo la esperanza acercó su mano a la urna del perdón, ninguna otra la ocupó con su voto. Todavía el humo hace ver de todas partes el lugar donde se alzó la ciudad tomada. Todavía ruge allí y se enseñorea el huracán desencadenado de la desolación, y al morir las humeantes cenizas lanzan de sí con sus postreros alientos los tesoros del pueblo vencido. Demos gracias a los dioses por tales beneficios, recordándolos con eterna memoria. Feliz suceso tuvo el lazo de perdición que tendimos a nuestros enemigos; por una mujer Ilión ha quedado reducida a cenizas. El monstruo argivo salió del vientre de un caballo, armado de su fuerte escudo, y de un salto poderoso lanzóse sobre la ciudad a la hora que las Pléyades caminan a su ocaso. El hambriento león salva de una arremetida sus torres y bebe la sangre real, y regálase con ella hasta saciarse. Ahí tenéis mi primer pensamiento y mis primeras palabras que yo debía a los dioses. Y por lo que hace a lo que tú piensas, bien lo oí y lo guardo en la memoria, y digo lo mismo que tú y en ello me tienes completamente de tu lado. Pocos hombres son de condición tal, que celebren la buena fortuna del amigo sin envidiarla. El mortal veneno de la envidia va infiltrándose en el corazón del que padece de este achaque, y hácele que se doblen sus dolores. Siente sobre sí el peso de sus propios males, que le ahoga, y angústiase a la vez, contemplando la dicha ajena. Bien puedo hablar así, porque lo sé de propia experiencia; que he visto bien en el espejo de la vida que aquellos que parecían amigos míos tan adictos, no eran sino vana apariencia de una sombra. Tan sólo Odiseo, Odiseo que se había embarcado contra su gusto, ya que se unió a mí, siempre estuvo dispuesto a llevar conmigo la carga y marchar adelante. Ora que sea muerto, ora que viva aún, así debo declararlo. Lo demás que mira al gobierno de la ciudad y al culto de los dioses, ya lo trataremos en pública asamblea de todos los ciudadanos: allí proveeremos cómo lo bien ordenado se mantenga y perpetúe largo tiempo; mas lo que pida remedio, ya lo curaremos nosotros resueltamente con el fuego y el hierro, y probaremos a ahuyentar de aquí toda dañada pestilencia. Pero entremos en nuestro palacio, en nuestro hogar, y ante todo saludaré con mi diestra, y rendiré adoración a los dioses que me llevaron a tan lejas tierras, y después guiaron mi retorno. La victoria me siguió entonces; ¡que por siempre viva a nuestro lado!
(Sale CLITEMNESTRA.)
CLITEMNESTRA
Ciudadanos venerables, honor de Argos, que estáis reunidos aquí: no me sonrojaré de mostrar en vuestra presencia el amor que siento por mi esposo. Con los años también la apocada timidez desaparece. De mí lo aprendí, que no de otras, la angustiosa vida que voy a pintaros; tan larga, cuanto lo fueron los años que pasó éste en Ilión. Ante todo, ¡qué horrenda desdicha para una mujer morar en la casa desierta, sola y separada de su marido! ¡Y luego, de continuo estar oyendo rumores siempre odiosos! Viene uno y trae una mala nueva; viene otro y propala otra aún peor. A haber recibido este hombre tantas heridas como la fama corrió aquí por Argos, bien pudiera decir que estaba más agujereado que una red de mallas. Pues si hubiese sido muerto tantas veces como se dijo en la ciudad, podría jactarse de que era un segundo Gerión con tres cuerpos, que había usado tres túnicas acá en vida; y no quiero hablar de la que se viste debajo de tierra, y que bajo cada una de estas tres formas había muerto una vez. Por causa de estas voces, siempre siniestras, en más de una ocasión vinieron manos extrañas a desatar mi cuello, a pesar de mi resistencia, el lazo con que hubiese querido quitarme la vida. ¡Ahí tienes también por qué no se halla a mi lado, según era razón, nuestro hijo Orestes, cara prenda de tu fe y de la mía! No te asombre; tu fiel amigo y aliado Estrofio el Focense le está educando. Hízome comprender el mal que por entrambas partes me amenazaba; los peligros que tú corrías en Ilión, y el riego de un alboroto popular que derribase el Consejo y entronizase la anarquía; que es condición humana pisotear más y más al caído. Esta es la razón; no imagines que hay en ello engaño. En cuanto a mí, aquellos raudales de lágrimas, que brotaban de mis ojos, secáronse ya; no queda ni una gota. ¡Cuánto padecieron mis ojos en aquellas largas noches de desvelo! ¡Cuánto he llorado por tu amor aquellas encendidas señales, para mí siempre frustradas! Y si por ventura dormía, el tenue rumor de las alas de un mosquito, que zumbase a mi oído, hacíame despertar sobresaltada, y entonces veía venir sobre ti males mayores que los que me representaba el sueño. Mas después de haber sufrido todos estos dolores, ahora ya, libre el alma de penas, te puedo decir: esposo mío, que aquí estás, tú eres para mí el perro de este establo; el cable salvador de la nave, firme columna de esta alta techumbre; lo que el hijo único para un padre; tierra que se aparece a los navegantes contra toda esperanza; día hermosísimo a los ojos después de la tormenta; manantial de agua viva para el sediento caminante. ¡Qué dulce es haber escapado ya de todo peligro! Merecedor eres de que te salude con estos elogios, y no haya en mi presencia quien se atreva a afearlo. ¡Sobradas desdichas hemos padecido antes! Amado mío, apéate ya de ese carro; mas no pongas en el suelo, oh rey, la planta que ha hollado a la devastada Ilión. Esclavas, ¿cómo tardáis en hacer vuestro oficio y cubrir de alfombras su camino? Al punto tiéndase de rica púrpura el camino que ha de seguir hasta la mansión que ya no esperaba recibirle. Que se le haga el acogimiento que pide la justicia. Lo demás que el destino tiene decretado, queda a mi cuidado vigilante, que lo dispondrá a su hora con el ayuda de los dioses.
AGAMEMNÓN
Hija de Leda, guarda de mi casa, cierto que tu discurso se asemejó a mi ausencia; largamente has hablado. Mas si es que en justicia merezco yo esas alabanzas, tal honor debía venir más bien de los extraños. Por otra parte, no me trates muellemente a lo mujer, ni me recibas a estilo de rey bárbaro con voces descompasadas, y serviles adoraciones. No quieras hacer odiosa mi entrada en la ciudad, tendiendo a mi paso espléndidas alfombras. Hónrese a los dioses con esos homenajes, que a ellos les son debidos; ¡pero un mortal caminar sobre rica y bordada púrpura! Jamás podría yo hacerlo sin temblar. Como a hombre, y no como a dios, quiero que se me honre. La fama publica ya mi gloria sin necesidad de lujosos estrados; y, en fin, la modestia es el dón más precioso de los dioses. Dichoso tan sólo se puede llamar a aquel que acaba su vida en serena bienandanza. Si en todo obrase yo como ahora, bien podía esperar un fin afortunado.