¡Muchísimo se parece a sus rizos...!

CORO

Mas ¿cómo se hubiera atrevido a venir aquí?

ELECTRA

Se cortó el rizo y lo envió como ofrenda a su padre.

CORO

¡Otra causa de lágrimas para mí, y no menos desconsolada; si es que jamás ha de poner el pie en este suelo!

ELECTRA

¿Y para mí? Un mar de amargura inunda y agita mi corazón. Diríase que dardo agudísimo me ha traspasado de parte a parte. Abrasadas y dolorosas lágrimas se agolpan a mis ojos, y sin que las pueda contener, me caen hilo a hilo al contemplar esos cabellos. Porque ¿cómo imaginarme que este rizo pertenece a ninguno de la ciudad? Y la homicida no pudo ser que viniese a ofrecerle su propia cabellera... No, no pudo ser mi madre, que desmiente este nombre con el odio impío que abriga contra sus hijos. Cómo pueda decir yo y afirmar que esa ofrenda es del más amado de los hombres, de Orestes... yo no lo sé, y sin embargo, me dejo acariciar de la esperanza. ¡Ay! ¡Que no tuviese este rizo la clara voz de un mensajero y me sacase de estas ansias y perplejidades! Que entonces, a saber yo de cierto que había sido cortado de cabeza enemiga, yo le arrojaría de mí; pero si era de aquel que es de mi sangre, conmigo lloraría, conmigo vendría a honrar y reverenciar la tumba de mi padre. Invoquemos a los dioses, que ven en qué borrascoso mar fluctúa la nave de nuestra alma. Y si de ello ha de salir un salvador, que esta menuda semilla eche raíz profunda. — ¡Otro indicio! ¡Y aquí no hay duda! Son pisadas e iguales a las que marcan mis pies. Mirad: dos huellas diferentes; esa es de algún compañero de viaje y esta la suya. El talón, los dedos, el contorno del pie, todo lo mismo que el mío. ¡Qué desfallecimiento! ¡qué angustia siente mi alma!

ORESTES (dirigiéndose a ELECTRA.)