ORESTES
¿Hízolo o no lo hizo ella? — Hable por mí este velo, ensangrentado por la espada que la dió Egisto. Pasó el tiempo; pero la mancha de la sangre quedó aquí e hizo que se perdiesen los variados matices de este rico tejido. ¿Qué nombre le daré que le cuadre? ¿Le llamaré lazo de coger fieras, o sábana mortuoria en que envolver el cuerpo para la tumba? Trampa, red, grillos; todo esto a la vez pudieras llamar a este velo. A lograrlo un ladrón de esos que se pasan la vida engañando a los viajeros y robándoles sus caudales, ¿a cuántos no diera muerte con un artificio como él, y cuántos felicísimos golpes no maquinara en su ánimo? ¡Contigo hablo, velo parricida! Presente estás a mis ojos, y al verte, ya me alabo; ya rompo en gemidos, y me duelo del crimen, y del castigo, y de mi raza entera, y siento sobre mí el peso de esta desdichada victoria que me mancha.
CORO
No hay mortal que pueda asegurarse una felicidad perpetua. Hoy éste, mañana aquél, todos han de encontrarse con el dolor.
ORESTES
Mas para que lo sepáis... Porque ni yo sé dónde irá esto a parar. Como caballos desbocados que se lanzan fuera de la carrera, así mis pensamientos se desmandan y alborotan y me arrastran, mal que me pese. Ya oigo la voz del terror que se levanta en mi corazón. Ya el corazón se estremece enfurecido. Pero mientras sea dueño de mí, todavía yo afirmaré ante vosotros, amigos míos; yo proclamaré que si maté a mi madre, no fué sin justicia. Ella se manchó con la sangre de mi padre; ella se hizo blanco del aborrecimiento de los dioses. Apolo fué el principal autor de mi obra, yo os lo digo; Apolo, que alentó mi audacia y me anunció, por boca del oráculo pitio, que esta acción no se me imputaría a delito; mas a qué retroceder... No os diré la pena. No habría flechero tan hábil que pudiese alcanzar con sus flechas a lo espantoso de tales horrores. Y ahora, ya lo estáis viendo, armado con este ramo, que coronan listones de lana, me encamino al templo que marca el ombligo de la tierra, sagrado lugar donde arde, sin extinguirse jamás, el rutilante fuego de Loxias. Allí me lavaré de la sangre de mi madre: Loxias me ha prohibido volverme a otro altar que al suyo. Vosotros, Argivos todos, cuando sea hora, atestiguar por mí de los terribles desastres que pesaron sobre los míos; que yo, desterrado de mi patria, viviré errante, y en vida y después de muerto dejaré memoria de esta triste hazaña.
CORO
Pues que obraste en justicia, no cierres tu boca ante los que te acusen; ni rompas en maldiciones después que has vuelto su libertad a toda la ciudad de Argos, cortando valeroso la cabeza a esas dos serpientes.
ORESTES
¡Ah, ah! Vedlas, esclavas: ¡ahí están! ¡parecen las Gorgonas! ¡Sus vestiduras son negras! ¡En sus cabellos se enroscan multitud de serpientes! Ya no podría yo permanecer aquí ni un instante más.