A las veces es saludable el terror. Conviene que se asiente en el ánimo, y que allí esté vigilante; que los remordimientos ayudan a aprender a bien vivir. ¿Pues qué ciudad ni qué mortal rendirá culto a la justicia, si se crían sin ningún temor de corazón en la bienandanza?

No desees vivir ni en licencia ni en servidumbre. El cielo puso siempre en el medio la virtud, y mira los extremos con ojos enemigos. Muy conforme a razón es la sentencia que dice: “La impiedad es hija legítima de la soberbia; sólo de la rectitud del corazón nace la felicidad de todos querida y codiciosamente deseada.”

Pero sobre todo te digo: respeta el ara de la justicia; no la derribes con impío pie por mirar a tu provecho, porque la pena seguirá a la culpa, y te aguardará el fin merecido. Así pues, honren todos a sus padres, y respete cada cual los santos fueros del huésped que viene a acogerse a su casa.

De esta suerte el hombre que de voluntad sea justo no será infeliz; jamás podrá ser absolutamente desventurado. Pero el atropellador de toda ley, que a todo se atreve, y todo lo trastorna y confunde sin atender a la justicia, ese hombre será al fin abatido; yo lo afirmo: cuando la borrasca rasgue las velas de su nave, y tronche las antenas.

En su vana lucha con la tormenta que le asalta por todas partes, llamará entonces a los que no le oirán. Los cielos ríen viendo al temerario, contra todo lo que él se imaginó nunca, aprisionado en los lazos inquebrantables de la desgracia y sin poder ganar la orilla. Aquella su felicidad de otro tiempo se estrelló en la roca de la justicia, y él perece y nadie tiene para él ni una lágrima ni un recuerdo.

(Sale ATENA acompañada de los jueces areopagitas, un pregonero, pueblo y cortejo de matronas y doncellas atenienses.)

ATENA

Pregonero, haz tu oficio y contén a la muchedumbre. Que la trompeta tirrena se llene con el humano aliento de tu pecho, y que su aguda voz invada la región del éther y se haga oír de todo el pueblo. El Consejo está aquí reunido. Silencio, pues, ahora. Escuche la ciudad entera estas mis leyes que por siempre han de gobernarla, y cómo se falla en justicia la causa que se nos ha sometido.

(Sale APOLO.)

CORO