Eche, pues, desde la altura una mirada sobre la insolencia de los hombres. Vea a aquellos verdes mozos, cómo se encienden con el lascivo apetito de mis bodas; cual los ciega y enloquece el aguijón de su furioso y desenfrenado deseo, que no les deja un punto; y más, que ya habrán visto que salieron burlados sus malos intentos.
¡Ahí está la causa de mis males; las penas que me afligen, y me hacen romper en agudos gemidos, y derramar lágrimas! ¡Ay, ay de mí! En vida estoy celebrando mis honras con estos funerarios plañidos que tan bien sientan a mi dolor. ¡Oh montuosa tierra de la Argólide, séme propicia; yo te adoro! Escucha benigna mi lengua bárbara. Mira cómo me precipito a hacer jiras estos linos que me visten, y este velo de Sidón que cubre mi cabeza.
En los días de bienandanza, cuando la muerte se aleja de nosotros, ofrécense a los dioses sacrificios en acción de gracias por sus bondades. Pero ¡ay de mí, ay de mí triste, que mis males no tienen fin! ¿Adónde me arrastrará el mar de mis infortunios? ¡Oh montuosa tierra de la Argólide, séme propicia; yo te adoro! Escucha benigna mi lengua bárbara. Mira cómo me precipito a hacer jiras estos linos que me visten y este velo de Sidón que cubre mi cabeza.
Cierto que el leñoso edificio que arman linos y remos me guardó de las olas, y favorecido de los vientos me trajo aquí sin haber pasado por los horrores de la borrasca. No me quejaré, pues, de mi fortuna. ¡Pero quiera el Padre omnividente mostrársenos propicio hasta el fin, porque esta numerosa descendencia de una madre veneranda pueda huír, ¡ay de mí!, pueda huír el lecho de tales esposos como aquellos, y queden libres y doncellas!
Casta hija de Zeus, tú cuya serena mirada no hay poder que la turbe, míranos piadosa, y defiéndenos de los que nos persiguen. Virgen, sé el amparo de estas vírgenes, porque esta numerosa descendencia de una madre veneranda pueda huír, ¡ay de mí! pueda huír el lecho de tales esposos como aquellos y queden libres y doncellas.
Donde no, si no hallamos amparo en los dioses del Olimpo, lazos hay de qué colgarnos, y una vez muertas nos encaminaremos a aquellas negras y profundas mazmorras, en que el rayo precipitó a los hijos de la Tierra, y nos postraremos ante el Zeus de los muertos, huésped que a nadie rechaza, presentándole nuestros ramos de suplicantes. ¡Ay, Zeus! ¡Ay, cólera divina que perseguiste a Io! Reconozco en mis males el furor de aquella esposa augusta que se enseñorea de los cielos; que es muy poderoso el viento que desencadenó esta tormenta.
Graves palabras tendría que sufrir Zeus, nada dignas de su majestad, si menospreciando a las hijas de la becerrilla, después de haber sido su primer padre, apartase ahora los ojos de nuestras súplicas. ¡Oiga de las alturas donde habita, esta voz que le implora! ¡Ay, Zeus! ¡Ay, cólera divina que perseguiste a Io! Reconozco en mis males el furor de aquella esposa augusta que se enseñorea de los cielos; que es muy poderoso el viento que desencadenó esta tormenta.
DANAO
Obremos con prudencia, hijas; Pues que la experiencia de vuestro anciano padre fué el fiel piloto que os encaminó hasta aquí, ya que estamos en tierra, os recomiendo que seáis prudentes y grabéis mis palabras en la memoria. Estoy viendo una nube de polvo, muda mensajera de un ejército; oigo el rechinar de los cubos de las ruedas, que nada silenciosas giran sobre los ejes, y diviso multitud de peones armados de escudos; y lanzas que se agitan; y corceles, y redondos carros de guerra. Por ventura, serán los príncipes de la comarca, que avisados de nuestro arribo, vienen a nosotros a verlo por sus propios ojos. Ya vengan de paz, ya mueva a esa gente alguna cruel y airada resolución, lo mejor será, oh hijas, que a todo evento nos refugiemos en esa colina consagrada a los dioses públicos de este pueblo; que un ara vale más que una torre: es un escudo impenetrable. Ea, pues, id lo más pronto que podáis; ¡al punto! Mostrad reverentes en vuestras manos esos ramos suplicantes, vestidos de blanca lana, alegría del venerando Zeus; y a vuestros huéspedes respondedles lo que haya que responder, con modestia y en tono que les mueva a lástima: en fin, cual conviene a quienes llegan a suelo extraño. Explicadles bien cómo vuestra huída no fué por sangre ninguna que hubieseis derramado. Nada de arrogancia en vuestro acento: el semblante honesto, la mirada apacible, y todo vuestro ademán dulce y mesurado. Mucho comedimiento en las palabras, y nada de discursos prolijos: cosa a los de esta tierra aborrecidísima. Acuérdate que hay que ceder; que eres una extranjera fugitiva y necesitada, y que a los que están debajo no les cuadra hablar con altanería.
CORO