REY
¡Oh, qué palabras que me han herido en el corazón!
CORO
¿Comprendiste?... ¡Bien claramente me he expresado!
REY
¡Cuánto imposible! ¡Multitud de males viene sobre mí como torrente que se desborda! ¡Heme aquí en este mar sin fondo de la desgracia, donde me anego sin poder ganar la orilla, ni hallar puerto que me abrigue contra mis desventuras! Porque si no accedo a lo que deseas, me amenazas con una resolución de cuya mancha jamás podríamos lavarnos; y si he de venir a trance de batalla con los hijos de Egipto, tus deudos, delante de nuestros muros, ¿cómo no sernos amargo, que por defender a unas mujeres hayamos de ensangrentar el suelo de la patria con la sangre de sus hijos? Y con todo, ello es fuerza temer la cólera de Zeus, patrono de los suplicantes; que no hay para los hombres más formidable temor. Anda, anciano, tú como padre de estas vírgenes toma en tus brazos esos ramos, y al punto llévalos a las aras de los otros dioses de nuestro pueblo, para que todos los ciudadanos puedan saber la razón de vuestra llegada. Así no hablarán contra mí; que el pueblo es de suyo amigo de culpar al que manda. Al ver esos ramos fácilmente se moverá a piedad, y todos los Argivos se pondrán de vuestra parte con más empeño aún en odio a vuestros insolentes perseguidores. No hay uno entre ellos que no se incline a favorecer al débil.
DANAO
De grande estima es para nosotros el haber encontrado patrono tan respetable. Pero manda conmigo gentes del país que me acompañen y me enseñen el camino a fin de que podamos dar con las aras, que se alzan fronteras a los templos donde moran vuestros dioses tutelares, y discurramos seguros por la ciudad. Porque nuestro aire y porte no es el mismo que el vuestro. La raza que cría el Nilo no se parece a la de las riberas del Ínaco. Guarda, no sea que la demasiada confianza nos dé qué temer. Ya se ha visto al amigo matar por ignorancia al amigo.
REY
Acompañadle, guardias. Dice bien el extranjero. Guiadle a las aras y templos de los dioses de la ciudad. Y poco hablar con los que os encontréis al paso: que vais acompañando a un extranjero, que llegó por mar, y quiere postrarse en el santuario de nuestros dioses.