“Un bello espectáculo religioso, danzas, cantos, una acción simple y fuerte, he aquí lo que el público pedía;”[1] y he aquí, cabe agregar, lo que comprendía una tragedia griega. Acaso la humanidad no ha vuelto a tener nunca espectáculo tan magnífico: en el que, dentro de la mayor simplicidad de concepción, se sucedían las danzas austeras del coro, los cantos líricos al son de la flauta, las exclamaciones orgullosas de algún rey insensato, a quien los dioses enloquecen antes de perder.
[1] A. y M. Croiset, Histoire de la Littérature Grecque, tomo III.
Esquilo ennobleció la tragedia; la purificó de elementos extraños y la hizo apta para recibir y contener el más alto pensamiento filosófico y religioso. Nació en Eleusis —Ática— el año de 525 antes de Cristo. Era eupátrida, es decir, noble; y se distinguió como soldado en la guerra contra los persas, que invadían Grecia con el propósito de conquistarla. Combatió en Marathón, Salamina y Platea, y estas jornadas gloriosas dejaron honda huella en las ideas centrales de su obra. Comienza su carrera literaria a los veintiséis años. El número de sus obras, según Suidas, era de noventa. Sólo nos restan siete tragedias, algunos títulos de otras y fragmentos. En las fiestas de Dionisos se celebraban concursos trágicos; cada concurrente presentaba tres tragedias y un drama satírico; el arconte concedía o negaba el coro, con lo cual se representaban las obras de los vencedores. Esquilo fué premiado en doce concursos por lo menos. Viajó tal vez por Tracia, y de seguro por Sicilia. Murió en esta isla, en Gela, año de 456 antes de Cristo.
Esquilo tomó sus asuntos del acervo de leyendas y mitos homéricos. No es tampoco un pensador original en el sentido de que haya descubierto nuevos sistemas filosóficos. Para él la fatalidad está por encima de las pasiones humanas y del capricho de los dioses. Nuestros destinos, al igual que el reinado de Zeus, están sometidos a una ley superior y misteriosa. Por sobre la divina inconciencia de los protagonistas, el autor recuerda a los espectadores que nuestras acciones tienen un sentido oculto, y que fatalmente nos apresuramos a nuestra ruina y total aniquilamiento cuando impíamente pensamos escapar al destino. La terrible fatalidad pesa no sólo sobre los individuos, sino también sobre las familias enteras, y así presenciamos, en la casa de los Labdácidas y los Atridas, la lenta y dolorosa expiación de un antiguo crimen.
Un hondo sentimiento religioso y un exaltado amor patrio animan toda la obra de Esquilo. Sin duda constituyen su auditorio atenienses que van olvidando ya las virtudes antiguas, generaciones escépticas que comienzan a perder el sentido de la seriedad de la vida y de la dolorosa corriente de los sucesos.
Julio Torri.
PROMETHEO ENCADENADO
Aparecen CRATOS y BÍA, HEFESTOS y PROMETHEO
CRATOS