HERMES
A ti, engañador lleno de hiel; pecador contra los dioses, que entregas sus honores a los héroes de un día; a ti, ladrón del fuego, a ti es a quien me dirijo. Padre manda que digas qué bodas son esas por las cuales ha de caer del imperio. Y esto sin enigmas, antes explicándolo punto por punto. No me obligues a segundo viaje, Prometheo, que bien ves que no es con estos modos como Zeus se ablanda.
PROMETHEO
Gravemente hablado está el discurso y lleno de arrogancia como del ministro de los dioses. Nuevos sois; como nuevos mandáis, y creéis habitar fortaleza que el dolor no ha de asaltar nunca. Pues ¿no sé yo de dos tiranos que han caído de ella? Y todavía he de ver el tercero, al que ahora manda, y bien pronto, y con mayor ignominia. ¿Parécete que tiemblo a los nuevos dioses; que menguado he de bajarme a ellos? Muy lejos estoy de eso. Vuelve pies atrás por el camino que viniste, pues nada de lo que quieres averiguar has de saber.
HERMES
Con esos fieros te acarreaste ya esta desgracia.
PROMETHEO
Ten por cierto que no trocaría yo mi desdicha por tu servil oficio; que juzgo por mejor servir a esta roca que no ser dócil mensajero de Zeus tu padre. Así es razón que con ultrajes se responda a quien nos ultraja.
HERMES
Paréceme que te recreas con tu presente fortuna.