Y los creyentes de todos los credos, desde los últimos negros de África hasta los más encumbrados príncipes cristianos, desde los fanáticos que se hacen aplastar por las ruedas del Jagernaut hasta los bonzos, los derviches, los lamas y los frailes que se aburren, se maltratan y se envician en los conventos con sus tristezas confesionales, porque cada uno entiende que no tenerlas sería mil veces peor, puesto que sería la perdición entera; todos están aclimatados a la religión de su comunidad como al clima de su país, y aun orgullosos de su respectivo lote de mogigangas y tonterías, porque en ningún momento han estado en capacidad ni en imparcialidad para juzgarlas, porque no hay comparación posible entre lo que se siente y lo que no se siente, entre lo que se cree y lo que no se cree; porque no hay posibilidad de juicio para el entendimiento adulto entre lo que es precierto y lo que es prefalso, desde la infancia.
El caballo que ha crecido comiendo pasto duro en el campo se muere de inanición mordiendo palos o mascando tierra frente a una pila de maíz desgranado, como, en las grandes sequías, el hindú, vegetariano por precepto religioso, se muere de hambre en medio de un rebaño de vacas sagradas o profanas, y en la misma situación se encuentran los noctámbulos del oscurantismo, que, viviendo en el tenebroso ambiente de las verdades reveladas, se sienten enceguecidos por la claridad de las verdades demostradas, como los topos y los murciélagos por la luz del día.
Como los creyentes en la fatalidad de la suerte del viernes o del trece, los creyentes en las supersticiones católicas están aclimatados desde la infancia a la fe en los fetiches y a su régimen de terrores y esperanzas ilusorias, y perfectamente avenidos a las infelicidades y explotaciones conexas, por su profunda convicción de hacerse infinitamente más infelices si las dejasen; aclimatados a la perspectiva del fuego eterno, como a los fríos glaciales el groenlandés que sufre en las regiones templadas la nostalgia de sus nieves perpetuas.
Pero una religión desalentadora del esfuerzo personal para el mejoramiento de la condición personal es obstructiva o depresiva de la acción humana como un clima ingrato o enervante, y cuando concurren las dos circunstancias a la vez, su acción general es doble, como es el caso en las poblaciones musulmanas que habitan la zona tórrida en el viejo mundo, y el de las poblaciones católicas de la misma zona en el nuevo.
Por supuesto, todos tenemos creencias—la creencia es la expresión, el resultado, la forma de la razón humana en un asunto y en una época—pero unos tienen creencias voluntarias que pueden cambiar o dejar, como el traje civil del particular, y otros tienen creencias forzosas, como el uniforme del fraile o del soldado, que no pueden cambiar o abandonar sin incurrir en penalidades; unos tienen creencias antiguas y otros tienen creencias modernas, porque la razón humana tiene hijas mozas y tiene hijas viejas.
EL PASADO Y EL PRESENTE
La característica mental del hombre en la edad media fue el miedo a los muertos y el terror a la muerte. La del hombre moderno es lo inverso, cada día más pronunciadamente, y de aquí proviene el debilitamiento progresivo de los poderes de derecho divino, fundados sobre la supervivencia de los difuntos, resucitados para penarlos, si fueren malos, y para petardearlos, si fueren buenos, y que al fin empiezan a descansar en paz, reintegrados a la tranquilidad definitiva por la razón humana, para libertar a la vida humana de las peores formas de la imbecilidad humana.
La decadencia de los poderes espirituales que gobiernan a los vivos por delegación de los muertos es un hecho paralelo y concomitante con el relevamiento de la inteligencia humana por la civilización moderna. La que fue más grande y más fúnebre en su ya lejana época de esplendor, la que ha perseguido, torturado y destruido a mayor número de vivos en desagravio de los muertos, la que en mayor medida sigue achatando a los vivientes en homenaje a los fallecidos, es ya un poder en decadencia manifiesta, un gigante en el ocaso de su existencia; un poder social que gravita en favor de las hijas fósiles de la inteligencia humana y en contra de su nueva y robusta prole; un poder que fue absolutamente incontrastable hasta el siglo XV; un poder que fue aun irresistible para el común de los hombres, pero ya afrontable por los príncipes y los reyes hasta el siglo XVII; un poder que después de haber hecho temblar a los emperadores puede ser despreciado por los niños.
Su función consiste siempre en alarmar las conciencias con terrores imaginarios para venderles a precio de oro y de salud, la tranquilidad que el racionalismo da gratis y completa, sobre un campo de acción que para éste se ensancha y para aquélla se restringe, día por día, en cantidad y en calidad, pues con el procedimiento de los teólogos cristianos para la curación de la perversidad en los hombres por el terror del infierno viene sucediendo lo que aconteció con la curación de los heridos en las batallas por el aceite hirviendo: que la primera vez que faltó medicamento para la mitad de los enfermos, los cirujanos pudieron constatar, perplejos, que los no curados sanaron más pronto. Apenas disminuido el miedo a los males del mañana, aumentó el valor para afrontar los males del presente, y la barbarie, la esclavitud, la servidumbre, el despotismo, la rapiña, las pestes, la guerra, la imbecilidad, la ignorancia y la miseria, que por 18 siglos habían coexistido con el pensamiento antiguo no pudieron coexistir con el pensamiento moderno,—y vienen desapareciendo rápidamente con el crecimiento de éste por la educación liberal.
Y las concepciones cristianas que sustituyeron a las del paganismo, se encuentran hoy en la misma situación en que se encontraron éstas en los tiempos de Séneca, que la describió así: "La religión es considerada por el pueblo como verdadera, por los filósofos como falsa y por los gobernantes como útil". De ella había dicho ya Polibio: "Si fuera posible que un Estado sólo se compusiera de sabios, semejante institución sería inútil; pero como la multitud es naturalmente inconstante, llena de arranques desenfrenados y de cóleras locas, ha sido necesario apelar a esos terrores de lo desconocido y a todo ese aparato de ficciones aterradoras para dominarla".