Como el terror francés, el terror argentino salió de las circunstancias precedentes, continuándolas en diferente forma y medida. "No se suprime sino lo que se reemplaza"; y cuando se reemplaza con otra cosa de la misma especie, en diferente grado, "plus ça change, plus c'est la même chose".
Fuerza y miedo era el antiguo régimen colonial; más fuerza y más miedo fue fatalmente y de ordinario el régimen restaurado por Rosas. Un nuevo factor, y de otra especie, fue introducido después; digo uno porque sólo al influjo de éste han sido posibles los demás, no siendo viables en pueblos ignorantes y retrógrados la inmigración europea, la prensa libre, los ferrocarriles, los telégrafos, etc., etc. Y el más interesante problema de sociología argentina podrá ser planteado en estos términos: ¿por qué éramos todavía semibárbaros en la primera mitad del siglo pasado, después de 1.500 años de cristianismo forzoso, y somos ya algo más que semicivilizados con sólo 50 años de instrucción casi obligatoria?
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Por supuesto, la civilización consiste en la economía de la vida y de los sufrimientos, y en el acrecentamiento correlativo de las amenidades de la existencia.
Aunque la teología no se propuso civilizar a los hombres para este mundo, (como la filosofía, la pedagogía, la política y la higiene), sino para el otro, los hombres le hubiesen resultado aún involuntariamente civilizados en éste; pero llevaba en sí misma el impedimento o los resortes inmorales, en una trastienda de monstruosidades ancestrales, bastantes para neutralizar y hasta superar en ocasiones a todos sus elementos y sus factores de cultura, aun en sus más altos representantes. Es legítimo suponer que sin la intervención de la filosofía griega y de la ciencia positiva, la pura civilización cristiana se habría mantenido semibárbara y absolutista, como la islámica. Y no es menos seguro que el cristianismo español, tal como fue introducido en América por los conquistadores, contenía más elementos diabólicos que divinos, más miedo que amor, más mal que bien, quitando a los hombres toda confianza en sí mismos y haciéndolos esclavos del terror.
Según las teorías modernas, que la experiencia diaria confirma, el individuo reproduce en compendio la evolución de la especie, de modo que, aun en las naciones civilizadas, todos empezamos la existencia en el estado mental del salvaje adulto, a la vez injusto y vengativo, que siente necesidades, apetitos, deseos y temores, y no conoce deberes ni responsabilidades; nos es naturalmente más fácil y accesible lo que tenga este carácter y no el opuesto toda vez que la ira, el odio, el terror, el alcohol o las lesiones cerebrales nos despojan accidental o permanentemente de la cultura adquirida y superpuesta,—con tanta mayor facilidad cuánto más débil o más reciente sea,—quedamos en la pura barbarie inicial, y asoma el salvaje que está siempre latente en el hombre civilizado.
Consiguientemente, lo que toda religión tiene de primitivo es lo que el niño puede entender y asimilarse inmediatamente; eso es lo concordante con su intelecto incipiente o primitivo, y en ello se quedará cuando otros factores no lo eleven a mayores aptitudes.
Viceversa, lo que una religión tenga de elevado y propio del más alto desenvolvimiento del espíritu, no podrá comprenderlo; y le pasará por elevación al niño y al pobre de espíritu, como aconteció en el experimento de los jesuítas, que elaboraron autómatas cristianos en las Misiones.
"Los chinos agasajan de preferencia a los dioses del mal, dice Beauvoir. Su máxima es: no cuidarse de la divinidad buena, puesto que es buena, pero propiciarse la mala que puede dañar". Se comprende bien que los dioses de los pueblos salvajes sean siempre malos, si se piensa que sólo en ese carácter son inteligibles o respetables para el niño los de los pueblos civilizados. "Tata Dios", que no tiene juguetes ni caramelos, y que se enoja con los niños malos o desobedientes, y los castiga, no se diferencia del "Cuco" sino en que éste hace siempre el mal, sin necesidad de enojarse previamente, porque es malo de profesión. También, si Dios no se enojase y no castigase, el niño no le haría pizca de caso. Y si no acostumbrase mandar cataclismos, terremotos, pestes, epidemias, etc., etc., para los remisos, tampoco darían mucho dinero para iglesias los creyentes adultos.
"Presentad al salvaje, dice Lecky, la concepción de un ser invisible, para ser adorado sin la ayuda de ninguna representación material, y será inhábil para entenderla. No tendrá fuerza o realidad palpable para su mente, y por lo tanto no podrá ejercer influencia sobre su vida. La idolatría es la religión común de los salvajes, simplemente porque es la única que sus condiciones intelectuales pueden admitir, y, en una forma o en otra, continuará hasta que esas condiciones hayan sido cambiadas". Cuando lo sean, la mente del semisalvaje será un almácigo de seres invisibles, que más tarde llegarán a ser incomprensibles, para el ex salvaje; es así como el progreso de las luces ha hecho increíble la brujería, y el testo sagrado, "no permitirás que una bruja viva", ha quedado recitable, pero impracticable.