Dejamos en tan triste situación a aquella infeliz señora, contentándose Rolando con encargar a Leonarda que la cuidase, y nos retiramos cada cual a nuestro cuarto. Por lo que a mí toca, apenas me acosté cuando, en vez de entregarme al sueño, sólo me ocupé en considerar la infelicidad de aquella pobre señora. No dudaba que fuese persona de distinción, y por lo mismo me parecía ser más deplorable su suerte. No podía pensar sin estremecerme en los horrores que la esperaban, y me sentía tan fuertemente conmovido como si la sangre o el amor me hubieran unido a ella. En fin, después de haberme compadecido de su destino, sólo pensé en los medios de preservar su honor del peligro que corría y en fugarme yo mismo de la maldita cueva. Acordéme de que el negro no se podía mover a causa de sus dolores y la cocinera tenía la llave de la reja. Este pensamiento me acaloró la imaginación y me inspiró un proyecto que medité muy bien y a cuya ejecución di principio de la manera siguiente:

Fingí que me había asaltado un dolor cólico. Prorrumpí desde luego en ayes y quejidos, y después empecé a dar gritos y alaridos lastimosos. Despertaron al ruido los compañeros, acudieron todos a mi cuarto y me preguntaron qué tenía. Respondíles que estaba padeciendo un horrible cólico; y para que lo creyesen mejor, apretaba los dientes, hacía gestos y espantosas contorsiones, revolviéndome a todas partes y agitándome extrañamente. Hecho esto, de repente me quedé muy tranquilo y sosegado, como si me hubieran dado algunas treguas los dolores. Un momento después comencé a revolcarme en la cama y a morderme las manos. En una palabra, representé con tal primor mi papel, que los ladrones, no obstante ser tan sutiles y tan astutos, se dejaron engañar y creyeron que efectivamente padecía violentísimos dolores. Así, pues, todos se dieron la mayor prisa a socorrerme. Uno me traía una botella de aguardiente y me hacía beber la mitad; otro, a pesar mío, me administraba una lavativa de aceite de almendras dulces; otro iba a calentar paños, y casi abrasandome los ponía en la boca del estómago. En vano pedía misericordia; ellos atribuían mis clamores a la fuerza del cólico y me hacían pasar dolores verdaderos queriéndome aliviar de los que no tenía. En fin, no pudiendo ya sufrir más, me vi obligado a decir que ya no sentía retortijones y que no necesitaba de remedios. Cesaron de mortificarme con ellos, y yo me guardé bien de quejarme por que no volviesen a aplicármelos.

Duró esta escena casi tres horas, y juzgando los ladrones que ya no podía tardar en venir el día, partieron todos a Mansilla. Manifesté gran deseo de acompañarlos, y me quise levantar para que lo creyesen; pero no lo permitieron. «¡No, no, Gil Blas!—me dijo Rolando—. Quédate aquí, hijo mío, porque te podría repetir el cólico; otra vez vendrás con nosotros, que por hoy no estás en estado de hacerlo.» Mostréme muy sentido de no ser de la partida, y lo fingí con tanta naturalidad que ninguno tuvo la menor sospecha de lo que yo meditaba. Luego que partieron, lo que yo deseaba tanto que se me hacían siglos los instantes, entré en cuentas conmigo y me dije a mí mismo: «¡Ea, Gil Blas, ahora sí que necesitas gran ánimo! ¡Armate de valor para acabar con lo que tan felizmente has comenzado! Domingo no está en situación de oponerse a tu gloriosa empresa ni Leonarda puede impedir su ejecución. Si no te aprovechas de esta oportunidad para escaparte, quizá no encontrarás jamás otra tan favorable.» Estas reflexiones me infundieron aliento y confianza. Levantéme al punto de la cama, vestíme, tomé la espada y las pistolas, y fuíme derecho a la cocina; pero antes de entrar en ella, habiendo oído hablar a Leonarda, me detuve y apliqué el oído para escuchar lo que hablaba. Discurría con la señora desconocida, que, habiendo vuelto en sí de su segundo desmayo y comprendiendo entonces todo su infortunio, lloraba amargamente, faltándole poco para desesperarse. «Llora, hija mía—le decía ella—, y llora todo cuanto quieras; no reprimas los suspiros y da libertad a los sollozos: con eso te desahogarás. Es cierto que parecía peligroso el accidente; pero ya que rompistes en llorar, no hay que temer. Así que se te haya mitigado el pesar, que poco a poco se desvanecerá, te acostumbrarás a vivir con estos señores, que todos son gente honrada y hombres muy de bien. Te tratarán mejor que a una princesa; todos a porfía se esmerarán en complacerte, y cada día te mostrarán más amor. ¡Oh y cuántas mujeres envidiarían tu fortuna si la supieran!»

No le di tiempo a que dijese más. Entréme en la cocina, con intrepidez y púsele una pistola a los pechos, amenazándola de quitarle en aquel momento la vida si no me entregaba prontamente y sin réplica la llave de la reja. Turbóse a vista de mi acción; y aunque era ya de edad avanzada, todavía tenía tanto apego a la vida que no la quiso perder por tan poca cosa como era entregarme o no entregarme una llave. Alargómela prontísimamente, y luego que la tuve en la mano, volviéndome a la bella dolorida, le dije: «Señora, el Cielo os ha enviado un libertador; levantaos para seguirme, que yo os conduciré y pondré con toda seguridad donde me lo mandéis.» No se hizo sorda a mi voz; mis palabras hicieron tanta impresión en su espíritu, que, recobrando todas las fuerzas que le quedaban, se levantó, arrojóse a mis pies, y solamente me suplicó que conservase su honor. Alcéla del suelo, asegurándole que por mi parte nada temiese y que confiase en mi honradez. Cogí después unos cordeles que había en la cocina, y, ayudándome la misma señora, amarré con ellos a Leonarda a los pies de una gran mesa, amenazándola con que le quitaría la vida al menor grito que diese. Encendí luego una vela, y, acompañado de la señora desconocida, pasé al cuarto donde estaban las monedas y alhajas de plata y oro; llené los bolsillos de cuantos doblones pudieron caber en ellos, y para obligar a la señora a que hiciese otro tanto le dije que en ello no hacía mas que recobrar lo que era suyo. Después de haber hecho una buena provisión marchamos a la caballeriza, donde entré yo solo con las pistolas amartilladas. Daba por supuesto que el viejo negro no me dejaría ensillar y aparejar tranquilamente mi caballo, y estaba resuelto a curarle de una vez de todos sus males si no quería ser bueno; pero, por mi buena suerte, se hallaba a la sazón tan agravado de los dolores que había pasado, y que le atormentaban aún, que saqué el caballo sin que diese la menor señal de haberlo conocido. La señora me esperaba a la puerta. Cogimos prontamente el camino que guiaba a la salida de la cueva, abrimos la reja y llegamos a la trampa que cubría la entrada. Costónos gran trabajo el levantarla, o, por mejor decir, para lograrlo hubimos menester nuevas fuerzas, que nos prestó el deseo de salvarnos.

Comenzaba a rayar el día cuando nos vimos fuera de aquel abismo, y de lo que nos cuidamos entonces fué de alejarnos cuanto antes de él. Yo monté a caballo, puse a la señora a la grupa, y siguiendo a galope la primera senda que se nos presentó, tardamos poco en salir del bosque y entrar en una llanura, donde nos encontramos con varios caminos. Seguimos uno a la ventura, teniendo yo grandísimo miedo de que fuese quizá el que guiaba a Mansilla y nos hallásemos con Rolando y sus camaradas, que sería fatal encuentro. Pero fué vano mi temor, porque entramos felizmente en Astorga a cosa de las dos de la tarde. Observé que muchos nos miraban con particular atención, como si fuera para ellos un espectáculo nunca visto el de una mujer a caballo tras de un hombre. Apeámonos en el primer mesón, y ordené al punto que guisasen una liebre y asasen una perdiz. Mientras esto se disponía, conduje a la señora a un cuarto, donde comenzamos a discurrir, lo cual no habíamos podido hacer en el camino por la prisa con que viajamos. Mostróse muy agradecida al gran servicio que le había hecho, diciéndome que, a vista de una acción tan generosa, no se podía persuadir que yo fuese compañero de los infames de cuyo poder la había libertado. Contéle entonces mi historia, para confirmarla en el buen concepto en que me tenía. Con esto la empeñé a que me favoreciese con su confianza y me refiriese sus desastres, como lo hizo, de la manera que se dirá en el capítulo siguiente.


[CAPÍTULO XI]

Historia de doña Mencía de Mosquera.

«Nací en Valladolid y mi nombre es doña Mencía de Mosquera. Mi padre, don Martín, coronel de un regimiento, fué muerto en Portugal, después de haber consumido su patrimonio en el servicio del rey. Dejóme pocos bienes, y consiguientemente, aunque hija única, no era un gran partido para ser buscada en casamiento. Mas, a pesar de mi escasa fortuna, no me faltaban pretendientes. Muchos caballeros de los más principales de España solicitaron mi mano; pero el que se llevó mi atención fué don Alvaro de Mello. A la verdad, era el más galán y airoso de todos, y reunía además otras prendas recomendables, que me decidieron a su favor. Era prudente, entendido y valiente, acompañando a esto ser muy comedido, atento, pundonoroso y el hombre más bien portado del mundo. En las corridas de toros, ninguno se mostraba más arriesgado, más brioso ni más diestro; y en las justas era la admiración de todos su despejo, habilidad y valentía. Finalmente, le preferí a sus competidores y le di mi mano.

»Pocos días después de nuestro matrimonio se encontró en un sitio retirado con don Andrés de Baeza, que había sido uno de sus competidores en pretenderme. Picáronse los dos, sacaron las espadas y costó la vida a don Andrés. Era éste sobrino del corregidor de Valladolid, hombre de genio violento y enemigo mortal de la casa de Mello, y, por consiguiente, juzgó don Alvaro que le importaba infinito no retardar un punto su fuga. Volvióse inmediatamente a casa, contóme lo sucedido y me dijo: «Querida Mencía, es indispensable separarnos; ya conoces al corregidor; me perseguirá encarnizadamente. No ignoras lo mucho que puede en España, y así, no estoy seguro en el reino.» No le permitió decir más su dolor. Hícele que tomase dinero y algunas joyas. Dióme después los brazos, estrechóme en ellos y estuvimos así un gran rato, sin poder uno ni otro hablar palabra, mezclándose nuestras lágrimas, suspiros y sollozos. Vino un criado a decir que estaba pronto el caballo; desasióse de mí, partió y dejóme en un estado que no sabré pintar. ¡Dichosa yo si lo agudo del dolor me hubiera quitado la vida! ¡Qué de penas y tormentos me hubiera ahorrado! Pocas horas después de partido don Alvaro supo su fuga el corregidor. Hizo que le siguiesen, y no perdonó diligencia alguna para haberle a las manos. Frustrólas todas mi esposo y púsose en salvo. Viéndose el juez reducido a no poder tomar otra venganza que la satisfacción de quitar todos sus bienes a un hombre cuya sangre hubiera querido beber, confiscó cuanto pertenecía a don Alvaro.