Mostróse contento de mi proceder, diciendo: «¡Así gusto yo de que se trate conmigo! Hay vacantes excelentes puestos: leerélos, y usted escogerá el que mejor le pareciere.» Al decir esto calóse los anteojos, tomó su registro, abrióle, revolvió algunas hojas y comenzó así: «Necesita lacayo el capitán Torbellino, hombre colérico, brutal y fantástico; gruñe sin cesar, blasfema, da de golpes y muy a menudo estropea a los criados.» «¡Pase usted adelante!—dije yo prontamente—. ¡No me gusta el señor capitán!» Rióse Arias de mi viveza y prosiguió leyendo: «Doña Manuela de Sandoval, viuda y entrada en edad, impertinente y caprichosa, se halla sin criado. Por lo común no tiene más que uno, y ése apenas la puede aguantar un día entero. Diez años ha que sólo hay en su casa una librea, y sirve para todos los criados que recibe, sean flacos o gordos, grandes o pequeños. Se puede decir que no hacen mas que probársela, y así todavía está nueva, aunque se la han puesto dos mil. Falta un criado al doctor Alvaro Fáñez, médico químico. Trata bien a sus criados, dales bien de comer y un gran salario; pero hace en ellos la experiencia de sus remedios y se observa que en casa de este químico hay siempre vacantes plazas de criados.»

«¡No lo dudo!—interrumpió Fabricio dando una carcajada—. Pero vamos claros, que nos va usted proponiendo admirables conveniencias.» «Ten un poco de paciencia—replicó Arias de Londoña—; todavía no las he leído todas y puede haber alguna que te contente.» Diciendo esto, prosiguió su lectura de esta manera: «Tres semanas ha que está sin criado doña Alfonsa de Solís; es una señora anciana y devota, que pasa en la iglesia las tres partes del día y quiere tener siempre junto a sí al criado. Otro: ayer despidió al suyo el licenciado Cedillo, hombre ya viejo y canónigo de este Cabildo.» «¡Alto ahí, señor Arias de Londoña!—interrumpió Fabricio—. ¡A ese puesto nos atenemos! El canónigo Cedillo es grande amigo de mi amo y yo le conozco mucho; sé que gobierna su casa en clase de ama una vieja beata, que se llama la señora Jacinta, y es la que todo lo manda. Es una de las mejores casas de Valladolid, porque en ella se vive con gran paz y se come grandemente. Fuera de eso, el canónigo es un señor enfermizo, gotoso inveterado, que tardará poco en hacer testamento y se puede esperar algún legadillo. ¡Gran esperanza para un criado! Gil Blas—continuó Fabricio volviéndose hacia mí—, no perdamos tiempo. Vámonos derechos a casa del licenciado; yo mismo te quiero presentar y salir por fiador tuyo.» Habiendo dicho esto, por no malograr la ocasión, nos despedimos aceleradamente del señor Arias, quien me ofreció, por mi dinero, que si no lograba aquella conveniencia me proporcionaría otra tan buena y aun quizá mejor.


LIBRO SEGUNDO


[CAPÍTULO PRIMERO]

Entra Gil Blas por criado del licenciado Cedillo; estado en que éste se hallaba y retrato de su ama.

Por miedo de no llegar tarde, nos pusimos de un brinco en casa del licenciado. Estaba cerrada la puerta; llamamos y bajó a abrir una niña como de diez años, a quien el ama llamaba sobrina, aunque malas lenguas suponían entre las dos parentesco más estrecho. Le estábamos preguntando si se podría hablar al señor canónigo, cuando se dejó ver la señora Jacinta. Era una mujer entrada ya en la edad de discreción, pero todavía de buen parecer y, sobre todo, de un color fresco y hermoso. Venía vestida con una especie de bata de paño ordinario, que ceñía con una ancha correa de cuero, de la cual pendía por un lado un manojo de llaves y por otro un gran rosario de cuentas gordas. Saludámosla con mucho respeto y ella nos correspondió con igual cortesanía, pero con un aire devoto y los ojos bajos.