Volví a casa del barberillo, sin empeñarme en buscar otras aventuras hasta ver el éxito de la presente. El siguiente día, después de haberme vestido a lo señor, fuí a casa de la vieja una hora antes de la que ella me había señalado. «Señor—me dijo—, vuestra señoría ha venido muy puntual, a lo que le estoy verdaderamente agradecida, aunque es verdad que el motivo lo merece bien. He visto a nuestra viudica, y las dos hemos hablado mucho de vuestra señoría. Encargóme que nada le dijese de esto; pero he cobrado tanto amor a vuestra señoría, que no puedo menos de decirle que ha quedado muy prendada de su persona y que será un señor afortunado. Hablando aquí entre los dos, la tal viudita es un bocado muy apetitoso. Su marido vivió poco tiempo con ella; fué un relámpago su matrimonio y se puede decir que casi tiene el mérito de una doncella.» Sin duda que la buena vieja quería hablar de aquellas doncellas putativas que saben vivir en el celibato sin echar nada de menos.
Tardó poco nuestra heroína en llegar a casa de la vieja, en coche de alquiler como el día anterior, pero vestida con ricas galas. Luego que se dejó ver en la sala salí al encuentro, dando principio a mi papel por cinco o seis profundas cortesías a lo elegante, acompañadas de garbosas contorsiones. Acercándome después a ella con mucha familiaridad, le dije: «Reina mía, aquí tiene usted a sus pies, en este caballerito mozo, una de las más difíciles conquistas; pero desde que tuve ayer la dicha de ver esos bellos ojos, astros del más hermoso cielo, ni un solo instante se ha borrado de mi imaginación el vivo retrato de tan perfecto original, de modo que enteramente ofuscó el de cierta duquesa que ya comenzaba a poseer mi corazón.» «Sin duda—respondió ella quitándose el velo—que el triunfo es muy glorioso para mí; mas ni por eso es muy pura mi alegría, porque un señorito de vuestra edad es naturalmente inclinado a la variedad y a la mudanza, siendo tan dificultoso de fijar como el azogue o el espíritu volátil.» «Reina mía—le repliqué—, si a usted le place, dejemos a un lado lo futuro y pensemos sólo en lo presente. Usted es bella; yo la amo. Embarquémonos sin reflexión como lo hacen los marineros; no miremos a los peligros de la navegación; pongamos solamente los ojos en los placeres que la acompañan.»
Diciendo esto, me arrojé precipitadamente a los pies de mi ninfa y, para imitar mejor a los elegantes, le supliqué y aun importuné de un modo urgente que me hiciese feliz. Parecióme algún tanto conmovida con mis instancias; pero juzgando sin duda que aun no era tiempo de acceder a ellas, me alejó de sí con cierto cariñoso enojo, diciéndome: «Deténgase vuestra señoría, que me parece un poco atrevido y me temo que sea aún más libertino.» «¡Qué, señorita!—exclamé yo—. ¿Será posible que usted aborrezca a un hombre a quien aman las mujeres de la primera tijera? ¡Solamente a las vulgares y aldeanas parecen mal esas tachas!» «¡Eso ya es demasiado!—repuso ella—. ¡Ya no puedo más, y así, me rindo a razón tan poderosa! Veo que con los señores son inútiles los espantos y reparos; es preciso que una pobre mujer ande la mitad del camino. ¡Vuestra es ya la victoria!—añadió, aparentando una especie de vergüenza, como si padeciera mucho su pudor en aquella confesión—. Vos, señor, me habéis inspirado afectos que jamás he sentido por nadie. Sólo me falta saber quién es vuestra señoría para determinarme a escogerle por amante. Téngole por un señor, y por un señor de nobles y honrados pensamientos. Con todo eso, no estoy muy segura, y aunque me confieso inclinada a su persona, no acabo de resolverme a hacer único dueño de mi amor y mi ternura a un desconocido.»
Acordéme entonces del ingenioso modo con que el criado de don Antonio había salido de otro apuro semejante, y queriendo yo, a ejemplo suyo, ser tenido por mi amo, dije a mi viuda: «No tengo reparo de manifestaros mi nombre y apellido, pues no es tan obscuro que me avergüence de confesarlo. ¿Habéis oído hablar alguna vez de don Matías de Silva?» «Sí, señor—respondió ella—, y aun diré también que en cierta ocasión le vi en casa de una amiga mía.» Turbóme un poco, a pesar de mi descaro, esta inesperada respuesta; pero serenándome al punto y cobrando aliento para salir bien de aquel barranco, proseguí diciendo: «Me alegro, ángel mío, de que conozcáis a un caballero... a quien... también conozco yo; pues sabed, ya que me es preciso decirlo, que los dos somos de una misma casa. Su abuelo se casó con la cuñada de un tío de mi padre, y así, somos, como veis, parientes bastante cercanos. Yo me llamo don César y soy hijo único del ilustre don Fernando de Ribera, que murió quince años ha en una batalla que se dió en la raya de Portugal. Fué una acción endiabladamente viva, y os haría una exacta y menuda relación de ella; pero sería malograr los momentos preciosos que el amor quiere que yo emplee en cosas de mayor gusto.»
Después de esta conversación, me mostré más vivamente encendido y apasionado; pero al fin todo vino a parar en nada. Los favores que mi apasionada deidad me concedió sólo sirvieron para hacerme suspirar por los que me negó. La cruel volvió a meterse en su coche, que la estaba esperando a la puerta. Yo, con todo eso, no dejé de retirarme muy satisfecho de mi buena fortuna, aunque todavía no fuese completa mi ventura. «Si no he podido hasta ahora lograr—me decía yo a mí mismo—mas que favores a medias, sin duda es porque, siendo mi princesa una dama tan distinguida, le pareció que no podía ni debía rendirse al primer ataque. La altivez de su nacimiento retardó mi dicha; pero ésta sólo se diferirá por algunos días.» Verdad es que, por otra parte, se me ofrecía también que quizá podía ser una de las chuscas más ladinas y refinadas. Con todo eso, me inclinaba más a mirar la cosa por la mejor parte que por la peor, y así, me mantuve firme en el buen concepto que había formado de la dama. Habíamos quedado de acuerdo, cuando nos despedimos, en que nos volveríamos a ver el día siguiente; y con la esperanza de estar tan vecino al colmo de mis deseos, me recreaba yo en pensar que era infalible su logro.
Ocupado de tan risueños pensamientos llegué a casa del barbero. Mudé de vestido y fuí en busca de mi amo, que sabía estaba en cierta casa de juego. Halléle, con efecto, jugando, y conocí que ganaba, porque no era de aquellos jugadores serenos que se enriquecen o arruinan sin mudar de semblante. Mi amo era burlón, y aun insolente, cuando le daba bien; pero si perdía no había quien le aguantase. Levantóse muy alegre del juego y se dirigió al corral de la calle del Príncipe. Seguíle hasta la puerta del teatro, y allí me puso en la mano un ducado, diciéndome: «Toma, Gil Blas, que quiero que entres a la parte en mi ganancia. Vete a divertir con tus amigos, y a media noche irás a buscarme a casa de Arsenia, donde he de cenar en compañía de don Alejo Seguier.» Diciendo esto, entróse en el teatro, y yo me quedé discurriendo en qué gastar mi ducado según la intención del donador; pero tardé poco en resolverme. Presentóse en aquel punto Clarín, criado de don Alejo, y llevéle conmigo a la primera taberna, donde estuvimos bebiendo y divirtiéndonos hasta media noche. Desde allí nos fuimos a casa de Arsenia, donde Clarín debía también hallarse, habiéndosele dado la misma orden que a mí. Abriónos la puerta un lacayuelo y nos hizo entrar en una sala baja, donde estaban dos criadas, la una de Arsenia y la otra de Florimunda, riéndose ambas a carcajada tendida, mientras sus dos amas se estaban divirtiendo en el cuarto principal con nuestros amos.
La llegada de dos mozos de buen humor que salían de cenar bien no podía desagradar a aquellas damiselas, que acababan también de acomodarse con las sobras de una cena, y cena de comediantas. ¡Pero cuál fué mi admiración cuando en una de aquellas criadas reconocí a mi viudita, a mi adorable viuda, que yo había tenido por una marquesa o condesa! Ella también me pareció no menos sorprendida de ver a su querido don César de Ribera convertido de elegante en lacayo. Sin embargo, nos miramos uno a otro sin turbarnos, y aun nos dió a entrambos tal tentación de risa, que no pudimos reprimirla; después de lo cual, Laura—que éste era el nombre de mi princesa—, retirándome aparte mientras Clarín hablaba con la compañera, me alargó con gracia la mano, diciéndome en voz baja: «¡Tóquela usted, señor don César! Dejémonos de quejas y, en vez de ellas, hagámonos amistosos cumplimientos. Usted hizo su papel a las mil maravillas y yo no representé desgraciadamente el mío. ¿Qué le parece del lance? ¡Vaya, confiese usted que me tuvo por una de aquellas damas que a veces se divierten en imitar a las que hacen por oficio lo que ellas por burla!» «Es verdad—le respondí—; pero, reina mía, seas lo que fueres, sábete que, aunque he mudado de forma, no he mudado de parecer. Admite benignamente mi cariño y permite que acabe el ayuda de cámara de don Matías lo que tan felizmente comenzó don César de Ribera.» «¡Quita allá!—repuso ella—. Ten por cierto que te amo más en tu propio original que en el retrato de otro. Tú eres entre los hombres lo mismo que yo entre las mujeres; ésta es la mayor alabanza que puedo darte. Desde este mismo punto te recibo en el número de mis apasionados. No necesitamos ya de la vieja para nada; puedes venir aquí con libertad, porque nosotras, las damas de teatro, vivimos sin sujeción, mezcladas con los hombres. Convengo en que esto no a todos parece bien; pero el público se ríe, y nuestro oficio, como tú sabes, es sólo divertirle.»
No pasó la conversación más adelante porque no estábamos solos. Hízose general; fué viva, alegre, festiva y llena de agudezas y de equívocos nada difíciles de entender. La criada de Arsenia, mi adorada Laura, superó a todos, mostrando más ingenio y más agudeza que virtud. Por otra parte, nuestros amos y las comediantas reían arriba tan descompuestamente, que se conocía no ser su conversación más seria ni más circunspecta que la nuestra. Si se hubieran escrito todas las bellas cosas que se dijeron aquella noche en casa de Arsenia, creo que se habría compuesto un libro muy instructivo para la juventud. Mientras tanto, llegó la hora de retirarse cada uno a su casa; quiero decir que ya había amanecido, y fué preciso separarnos. Clarín siguió a don Alejo y yo me retiré con don Matías.