Sin embargo de esto—confieso mi flaqueza—, estaba yo apasionado de ella, aunque su carácter, moralmente hablando, nada tenía de bueno. De todos decía mal, con tanta gracia, que me gustaba hasta su misma malignidad. En los intermedios se levantaba para ir a ver si Arsenia necesitaba algo, y en vez de volver prontamente, se entretenía tras del teatro a recoger los requiebros y lisonjas que le decían los hombres. Una vez la seguí para observarla y vi que tenía muchos conocidos. Noté que tres comediantes, uno en pos de otro, la detuvieron para hablarle, y observé que gastaban demasiada familiaridad. No me agradó esto mucho, y por la primera vez de mi vida comencé a experimentar lo que eran los celos. Volvíme a mi sitio tan pensativo y melancólico que Laura lo echó de ver luego que volvió. «¿Qué tienes, Gil Blas?—me preguntó admirada—. ¿Qué negro humor se apoderó de ti desde que te dejé? Muestras un semblante triste y sombrío que no sé a qué atribuirlo.» «Y lo peor es, reina mía, que es con sobrada razón—le respondí—. Me parece que andas algo suelta, y esto me da que pensar a mí más que a ti mi sentimiento. Yo mismo acabo de verte muy alegre y divertida con los comediantes...» Al oír esto, dijo ella, soltando una grandísima carcajada: «¡Vamos claros, que es gracioso el motivo de tu pesadumbre! Pues qué, ¿de tan poco te espantas? ¡Eso es una friolera! Y si estás algún tiempo con nosotros verás otras mil lindezas. Es menester, hijo mío, que te vayas haciendo a nuestras mañas. Entre nosotros no se gastan hazañerías ni mucho menos se usan celos. En la nación cómica, los celosos se llaman ridículos, y así, apenas se encuentra uno. Padres, maridos, hermanos, tíos, primos, todos son la gente más bien avenida del mundo, y muchas veces ellos mismos son los que establecen sus familias.»

Después de haberme exhortado a no sospechar mal de ninguno y a no inquietarme por nada de cuanto viese, me declaró que yo era el feliz mortal que había encontrado el camino de su corazón, y me aseguró que me amaría siempre y a nadie más. Después de una seguridad como ésta, de la cual podía yo bien dudar sin temor de que me tuviese por muy desconfiado, le ofrecí no espantarme de nada; y, con efecto, cumplí mi palabra. Aquella misma noche la vi hablar a solas, reír y divertirse con varios, sin dárseme un bledo. Acabada la comedia, volvimos a casa con nuestra ama, y poco después llegó Florimunda con tres señores viejos y un comediante, que venían a cenar en compañía de las dos. Además de Laura y yo, había en casa una cocinera, un mozo de cocina y un lacayuelo. Juntámonos todos para disponer la cena. La cocinera, que era tan hábil como la señora Jacinta, dispuso las viandas, ayudándola el marmitón. La doncella y el lacayuelo pusieron la mesa y yo cuidé de cubrir el aparador con la más bella vajilla de plata y algunos vasos de oro, votos ofrecidos a la deidad de aquel templo. Adornéle también con diferentes botellas de vinos exquisitos, haciendo de copero, para que viese mi ama que era yo hombre para todo. Admiréme de ver el porte y aire de las comediantas durante la cena, aparentando ser damas de importancia y figurándose ellas mismas que eran señoras de la primera distinción. Lejos de dar a los señores el tratamiento de excelencia, no les daban ni aun el de señoría, contentándose con llamarlos por sus apellidos. Es verdad que ellos se tenían la culpa, porque se familiarizaban demasiado con ellas. El comediante por su parte, como acostumbrado a hacer el papel de héroe, los trataba también sin cumplimiento, brindaba a su salud y hacía los honores de la mesa. «¡A fe—dije entre mí—que cuando Laura me dijo que un marqués y un comediante eran iguales parte del día, pudo añadir que aun lo eran mucho más por la noche, pues la pasan bebiendo juntos toda ella!»

Arsenia y Florimunda eran naturalmente alegres. Ocurriéronles mil dichos chistosos, y algo más, mezclados con favorcillos y monerías muy celebradas por aquellos rancios pecadores. Mientras mi ama conversaba inocentemente con uno, su amiga, que se hallaba entre los dos, no hacía ciertamente el papel de Susana con ellos. Yo estaba considerando atentamente aquel retablo—que, a la verdad, tenía muchos atractivos para un mozo de mi edad—cuando se sirvieron los postres. Entonces puse en la mesa botellas de licores con sus copas correspondientes y me retiré a cenar con Laura, que me estaba esperando. «Y bien, Gil Blas—me dijo—, ¿qué te parece de esos señores que has visto?» «Sin duda—le respondí—, son los cortejos de Arsenia y de Florimunda.» «Te engañas—replicó ella—; son unos viejos voluptuosos que galantean a todas sin fijarse en ninguna. Se contentan sólo con un poco de agrado, y son tan generosos que pagan bien los leves favores que se les conceden. Florimunda y mi ama están ahora sin amantes, a Dios gracias; hablo de aquellos amantes que quieren alzarse con la autoridad de maridos y que sean para sí solos todos los gustos de la casa, porque hacen el gasto de ella. Yo soy de opinión que una mujer de juicio debe huir de todo lo que huele a empeño particular. ¿A qué fin sujetarse a ninguno que la domine? Más vale ganar poco a poco alhajas, que comprarlas de una vez a costa de tan impertinente sujeción.»

Cuando Laura estaba de humor de parlar, lo que le acontecía casi de continuo, nada le costaban las palabras: tanta era la soltura de su lengua. Los señores y los comediantes se retiraron al fin con Florimunda, acompañándola hasta su casa.

Luego que salieron, me dió diez doblones mi ama, diciéndome: «Toma, Gil Blas, ese dinero para el gasto. Mañana vienen a comer cinco o seis de mis compañeros y compañeras; procura regalarnos bien.» «Señora—le respondí—, con diez doblones me atrevo a dar una suntuosa comida aunque sea a toda la cuadrilla cómica.» «¿Qué es eso de cuadrilla?—repuso ella—. ¡Mira cómo hablas! No se debe llamar cuadrilla, sino compañía. Se dice muy bien una cuadrilla de bandidos o de holgazanes; puede decirse una cuadrilla de autores o de poetas, ¡pero guárdate de volver a decir cuadrilla de comediantes! La nuestra es compañía, y, sobre, todo, los actores de Madrid merecen bien que a su cuerpo se le dé este nombre.» Pedí perdón a mi ama de haber usado de una expresión tan poco respetuosa, suplicándole disculpase mi ignorancia y protestando que siempre que hablase de los señores representantes de Madrid colectivamente diría compañía y jamás cuadrilla.


[CAPÍTULO XI]

Del modo como vivían entre sí los comediantes y cómo trataban a los autores de comedias.

Al día siguiente, muy de mañana, salí a campaña, para dar principio a mi empleo de mayordomo. Era vigilia, y por orden de mi ama compré buenos pollos, conejos, perdices y otras frioleras de semejante especie. Como los señores cómicos no están contentos de los ritos de la Iglesia, con respecto a ellos no observan con mucha puntualidad sus mandamientos. Llevé a casa más comida de la que bastaría para alimentar a doce personas honradas los tres días de Carnestolendas. La cocinera tuvo bien en qué divertirse toda la mañana. Mientras ella cuidaba de aderezar la comida, se levantó Arsenia de la cama y se sentó al tocador, donde estuvo hasta mediodía. Llegaron entonces los señores comediantes Ricardo y Casimiro. A éstos se siguieron dos comediantas, Constanza y Leonor; un momento después se dejó ver Florimunda, acompañada de un hombre que tenía toda la traza de un caballero majo: el cabello peinado a la última moda, un sombrero con un ala levantada y su penacho de plumas en figura de ramillete, calzones ajustados, ropilla bordada con flores de oro y medio desabrochada, por donde se descubría una finísima camisa guarnecida de ricos encajes, guantes y pañuelo de Cambray delicadísimo, metidos en la guarnición o cazoleta de la espada, capa larga terciada sobre el hombro con mucho garbo y bizarría.