Después de haberme deshecho tan ventajosamente de mi mula, el mesonero me condujo a casa de un arriero que al día siguiente había de partir a Astorga. Díjome éste que pensaba salir antes de amanecer y que él tendría cuidado de despertarme. Quedamos de acuerdo en lo que le había de dar por comida y macho, y yo me volví al mesón en compañía de Corzuelo, el cual en el camino me comenzó a contar toda la historia del arriero. Encajóme cuanto se decía de él en la villa, y aun llevaba traza de continuar aturdiéndome con sus impertinentes habladurías, cuando, por fortuna, le interrumpió un hombre de buen aspecto, que se acercó a él y le saludó con mucha urbanidad. Dejélos a los dos y proseguí mi camino, sin pasarme por el pensamiento que pudiese yo tener parte alguna en su conversación.

Luego que llegué al mesón, pedí de cenar. Era día de viernes y me contenté con huevos. Mientras los disponían, trabé conversación con la mesonera, que hasta entonces no se había dejado ver. Parecióme bastantemente linda, de modales muy desembarazados y vivos. Cuando me avisaron que ya estaba hecha la tortilla, me senté a la mesa solo. No bien había comido el primer bocado, he aquí que entra el mesonero en compañía de aquel hombre con quien se había parado a hablar en el camino. El tal caballero, que podía tener treinta años, traía al lado un largo chafarote. Acercándose a mí con cierto aire alegre y apresurado, «Señor licenciado—me dijo—, acabo de saber que usted es el señor Gil Blas de Santillana, la honra de Oviedo y la antorcha de la Filosofía. ¿Es posible que sea usted aquel joven sapientísimo, aquel ingenio sublime cuya reputación es tan grande en todo este país? ¡Vosotros no sabéis—volviéndose al mesonero y a la mesonera—qué hombre tenéis en casa! ¡Tenéis en ella un tesoro! ¡En este mozo estáis viendo la octava maravilla del mundo!» Volviéndose después hacia mí, y echándome los brazos al cuello, «Excuse usted—me dijo—mis arrebatos; no soy dueño de mí mismo ni puedo contener la alegría que me causa su presencia.»

No pude responderle de pronto, porque me tenía tan estrechamente abrazado que apenas me dejaba libre la respiración; pero luego que desembaracé un poco la cabeza, le dije: «Nunca creí que mi nombre fuese conocido en Peñaflor.» «¿Qué llama conocido?—me repuso en el mismo tono—. Nosotros tenemos registro de todos los grandes personajes que nacen a veinte leguas en contorno. Usted está reputado por un prodigio, y no dudo que algún día dará a España tanta gloria el haberle producido como a la Grecia el ser madre de sus siete sabios. A estas palabras se siguió un nuevo abrazo, que hube de aguantar aun a peligro de que me sucediese la desgracia de Anteo. Por poca experiencia del mundo que yo hubiera tenido, no me dejaría ser el dominguillo de sus demostraciones ni de sus hipérboles. Sus inmoderadas adulaciones y excesivas alabanzas me harían conocer desde luego que era uno de aquellos truhanes pegotes y petardistas que se hallan en todas partes y se introducen con todo forastero para llenar la barriga a costa suya; pero mis pocos años y mi vanidad me hicieron formar un juicio muy distinto. Mi panegirista y mi admirador me pareció un hombre muy de bien y muy real, y así, le convidé a cenar conmigo. ¡Con mucho gusto!—me respondió prontamente—. Estoy muy agradecido a mi buena estrella por haberme dado a conocer al ilustre señor Gil Blas y no quiero malograr la fortuna de estar en su compañía y disfrutar sus favores lo más que me sea posible. A la verdad—prosiguió—, no tengo gran apetito, y me sentaré a la mesa sólo por hacer compañía a usted, comiendo algunos bocados meramente por complacerle y por mostrar cuánto aprecio sus finezas.»

Sentóse enfrente de mí el señor mi panegirista. Trajéronle un cubierto, y se arrojó a la tortilla con tanta ansia y con tanta precipitación como si hubiera estado tres días sin comer. Por el gusto con que la comía conocí que presto daría cuenta de ella. Mandé se hiciese otra, lo que se ejecutó al instante; pusiéronla en la mesa cuando acabábamos, o, por mejor decir, cuando mi huésped acababa de engullirse la primera. Sin embargo, comía siempre con igual presteza, y sin perder bocado añadía sin cesar alabanzas sobre alabanzas, las cuales me sonaban bien y me hacían estar muy contento de mi personilla. Bebía frecuentemente, brindando unas veces a mi salud y otras a la de mi padre y de mi madre, no hartándose de celebrar su fortuna en ser padres de tal hijo. Al mismo tiempo echaba vino en mi vaso, incitándome a que le correspondiese. Con efecto, no correspondía yo mal a sus repetidos brindis; con lo cual y con sus adulaciones me sentí de tan buen humor que, viendo ya medio comida la segunda tortilla, pregunté al mesonero si tenía algún pescado. El señor Corzuelo, que, según todas las apariencias, se entendía con el petardista, respondió: «Tengo una excelente trucha; pero costará cara a los que la coman y es bocado demasiadamente delicado para usted.» «¿Qué llama usted demasiadamente delicado?—replicó mi adulador—. ¡Traiga usted la trucha y descuide de lo demás! ¡Ningún bocado, por regalado que sea, es demasiado bueno para el señor Gil Blas de Santillana, que merece ser tratado como un príncipe!»

Tuve particular gusto de que hubiese retrucado con tanto aire las últimas palabras del mesonero, en lo cual no hizo mas que anticipárseme. Dime por ofendido y dije con enfado al mesonero: «¡Venga la trucha y otra vez piense más en lo que dice!» El mesonero, que no deseaba otra cosa, hizo cocer luego la trucha y presentóla en la mesa. A vista del nuevo plato brillaron de alegría los ojos del taimado, que dió mayores pruebas del deseo que tenía de complacerme; es decir, que se abalanzó al pez del mismo modo que se había arrojado a las tortillas. No obstante, se vió precisado a rendirse, temiendo algún accidente, porque se había hartado hasta el gollete. En fin, después de haber comido y bebido hasta más no poder, quiso poner fin a la comedia. «¡Oh señor Gil Blas!—me dijo alzándose de la mesa—. Estoy tan contento de lo bien que usted me ha tratado, que no le puedo dejar sin darle un importante consejo, del que me parece tiene no poca necesidad. Desconfíe por lo común de todo hombre a quien no conozca, y esté siempre muy sobre sí para no dejarse engañar de las alabanzas. Podrá usted encontrar con otros que quieran, como yo, divertirse a costa de su credulidad, y puede suceder que las cosas pasen más adelante. No sea usted su hazmerreír y no crea sobre su palabra que le tengan por la octava maravilla del mundo.» Diciendo esto, rióse de mí en mis bigotes y volvióme las espaldas.

Sentí tanto esta burla como cualquiera de las mayores desgracias que me sucedieron después. No hallaba consuelo viéndome burlado tan groseramente, o, por mejor decir, viendo mi orgullo tan humillado. «¡Es posible—me decía yo—que aquel traidor se hubiese burlado de mí! Pues qué, ¿solamente buscó al mesonero para sonsacarle, o estaban ya de inteligencia los dos? ¡Ah pobre Gil Blas; muérete de vergüenza, porque diste a estos bribones justo motivo para que te hagan ridículo! Sin duda que compondrán una buena historia de esta burla, la cual podrá muy bien llegar a Oviedo, y en verdad que te hará grandísimo honor. Tus padres se arrepentirán de haber arengado tanto a un mentecato. ¡En vez de exhortarme a que no engañase a nadie, debieran haberme encomendado que de ninguno me dejase engañar!» Agitado de estos amargos pensamientos, y encendido en cólera, me encerré en mi cuarto y me metí en la cama; pero no pude dormir, y apenas había cerrado los ojos cuando el arriero vino a despertarme y a decirme que sólo esperaba por mí para ponerse en camino. Levantéme prontamente, y mientras me estaba vistiendo vino Corzuelo con la cuenta del gasto, en la cual no se olvidaba la trucha; y no solamente hube de pasar por todo lo que él cargaba, sino que, mientras le pagaba el dinero, tuve el dolor de conocer que se estaba relamiendo en la memoria del pasado chasco de la noche precedente. Después de haber pagado bien una cena que había digerido tan mal, partí con mi maleta a casa del arriero, dando a todos los diablos al petardista, al mesonero y al mesón.


[CAPÍTULO III]

De la tentación que tuvo el arriero en el camino, en qué paró, y cómo Gil Blas se estrelló contra Caribdis queriendo evitar a Scila.