Pronunció Pacheco tan fuera de sí estas últimas palabras, que don Félix le dijo sonriéndose: «Pésame, amigo, de haberos proporcionado este conocimiento con doña Jimena, y si queréis creerme, no volváis más a su casa; os lo aconsejo por vuestra quietud. Doña Aurora de Guzmán podría insensiblemente quitaros el sosiego e inspiraros una pasión.» «¡No necesito volverla a ver—interrumpió don Luis—para estar ya ciegamente prendado de ella! El mal, si lo hay, está hecho.» «Tanto peor para vos—replicó el fingido Mendoza—, porque vos no sois hombre de contentaros con una sola, y mi prima no es doña Isabel. Os hablo claro, como amigo; no es mujer capaz de sufrir amante alguno que no vaya por el camino real.» «¿Por el camino real?—repitió don Luis—. ¿Y puede irse por otro hacia una señorita de su calidad? ¡Es agraviarme el creerme capaz de mirarla con ojos profanos! ¡Conocedme mejor, mi querido Mendoza! ¡Ah! ¡Yo me tendría por el más dichoso de todos los hombres si aprobara mi solicitud y quisiera unir su suerte con la mía!» «¡Oh don Luis!—repuso don Félix—. Supuesto que pensáis de ese modo, desde este instante me tendrá de su parte vuestro amor y desde luego os ofrezco mis buenos oficios con Aurora. Mañana mismo daré principio a ellos, procurando ganar a mi tía, que tiene mucho ascendiente sobre mi prima.»

Pacheco dió mil gracias al caballero que le hacía una oferta tan apreciable, y mi ama y yo vimos con gusto que no podía dirigirse mejor nuestra estratagema. El día siguiente añadimos algunos grados más al amor de don Luis con otra invención. Pasó Aurora a su cuarto después de suponer que había ido a hablar con doña Jimena como para interesarla en su favor, y le dijo así: «Hablé a mi tía, y no me costó poco reducirla a que favoreciese vuestros deseos. Halléla fuertemente preocupada contra vos. Yo no sé quién le había metido en la cabeza que erais un libertino; lo cierto es que alguno le ha dado una idea poco favorable de vuestras costumbres. Por fortuna, tomé vuestro partido con tal tesón, que logré por último desimpresionarla del todo. No obstante—prosiguió Aurora—, a mayor abundamiento, quiero que los dos solos tengamos una conferencia con mi tía, para asegurarnos más de su favor y de su apoyo.» Manifestó Pacheco una grande impaciencia por hablar cuanto antes con doña Jimena, y don Félix procuró que lograse esta satisfacción la mañana del día siguiente, bastante temprano. Condújole él mismo a la señora Ortiz, y los tres tuvieron una conversación, en la cual dió muy bien don Luis a conocer el mucho terreno que el amor había ganado en su corazón en tan breve tiempo. Fingióse la sagaz Jimena muy pagada de la tierna afición que mostraba a su sobrina y le ofreció hacer cuanto estuviese de su parte para persuadirla a que le diese su mano. Arrojóse Pacheco a los pies de tan buena tía y le rindió mil gracias. A este tiempo preguntó don Félix si su prima se había levantado. «No—respondió la dueña—; todavía está durmiendo, y por ahora no se la podrá ver; pero vuelvan ustedes esta tarde y le hablarán cuanto quieran.» Respuesta que, como se puede creer, acrecentó en gran manera la alegría de don Luis, a quien se le hizo eterno el resto de aquella mañana. Restituyóse, pues, a su posada, en compañía del fingido Mendoza, quien tenía la mayor complacencia en observar todos sus movimientos y en descubrir en ellos todas las señales de un amor verdadero.

Toda la conversación fué acerca de Aurora. Acabada la comida, dijo don Félix a Pacheco: «Ahora mismo me ha ocurrido un pensamiento. Me parece que podrá ser muy del caso el que yo me adelante un poco a casa de mi tía para hablar a solas a mi prima y averiguar, si puedo, el estado de su corazón en orden a vuestra persona.» Aprobó don Luis esta idea; dejó salir primero a su amigo y él le siguió una hora después. Mi ama supo aprovechar el tiempo, de manera que cuando llegó su amante ya estaba vestida de mujer. Después de haber saludado a doña Aurora y a su tía, dijo don Luis: «Yo creí encontrar aquí a don Félix.» «Está escribiendo en mi gabinete—respondió doña Jimena—y presto saldrá.» Quedó satisfecho don Luis con esta respuesta y empezó a entablar conversación con las dos. Sin embargo, a pesar de la presencia del objeto amado, notó que las horas pasaban sin que Mendoza saliese, y no pudo ya don Luis disimular más su extrañeza. Aurora mudó de repente de tono, echóse a reír y dijo: «¿Es posible, señor don Luis, que no hayáis aún sospechado la inocente burla que os estamos haciendo? Pues qué, ¿unos cabellos rubios, pero postizos, y dos cejas teñidas me desfiguran tanto que os hayáis dejado engañar hasta ese punto? Desengañaos, caballero—prosiguió volviendo a su natural seriedad—; acabad de conocer que don Félix de Mendoza y doña Aurora de Guzmán son una misma persona.»

No se contentó con sacarle de su error, sino que le confesó también la flaqueza de su pasión y todos los pasos que esta misma le había sugerido para reducirle al estado en que le veía. No quedó el tierno amante menos encantado que sorprendido de lo que oía y veía. Echóse a los pies de mi ama y, lleno de gozo, le dijo: «¡Ah, bella Aurora! ¿Puedo creer con efecto que yo soy el hombre dichoso que ha merecido a tu bondad tan finas demostraciones? ¿Qué puedo hacer para agradecerlas? ¡Un amor eterno no sería suficiente para pagarlas!» A estas palabras se siguieron otras mil halagüeñas expresiones, después de lo cual los dos amantes hablaron de las medidas que debían tomar para llegar al cumplimiento de sus deseos. Resolvióse que todos partiésemos inmediatamente a Madrid, donde se desenlazaría nuestra comedia por medio de un casamiento. Así se ejecutó, y al cabo de quince días se casó don Luis con mi ama, celebrándose la boda con ostentación y un sinnúmero de diversiones.


CAPITULO VII

Muda Gil Blas de acomodo, pasando a servir a don Gonzalo Pacheco.

Tres semanas después de este casamiento, queriendo mi ama recompensar mis buenos servicios, me regaló cien doblones, y me dijo: «Gil Blas, yo no te despido de mi casa; puedes mantenerte en ella todo el tiempo que quisieres; pero sábete que don Gonzalo Pacheco, tío de mi marido, desea mucho seas su ayuda de cámara. Le he hablado tan bien de ti, que me ha pedido te persuada a que vayas a servirle. Es un señor ya de días, pero de bellísimo genio, y estoy cierta de que te irá muy bien con él.»

Di mil gracias a Aurora por sus favores, y como ya no necesitaba de mí, acepté con tanto más gusto el partido que me proporcionaba cuanto que yo no salía de entre la familia. Fuí, pues, una mañana, de parte de la recién casada, a casa del señor don Gonzalo, que todavía estaba en la cama, aunque era cerca de mediodía. Entré en su cuarto y le hallé tomando un caldo que acababa de traerle un paje. Tenía el buen viejo los bigotes envueltos en unos papelillos, ojos hundidos y casi amortiguados, un rostro descarnado y macilento. Era de aquellos solterones que, habiendo sido muy libertinos en la mocedad, no son más contenidos en la vejez. Recibióme con agrado y me dijo que si le quería servir con el mismo celo con que había servido a su sobrina podía contar con que me haría feliz. Ofrecíle emplear igual esmero en cumplir con mi obligación en su casa que en la de su sobrina, y desde aquel momento me recibió en su servidumbre.