No encontré en él a la Ortiz y juzgué que, cansada de esperarme, se había vuelto a su cuarto, lo que me hizo perder todas mis esperanzas. Eché la culpa a don Vicente, y cuando estaba dando al diablo sus campañas, dió el reloj, conté las horas y vi que no eran mas que las diez. Tuve por cierto que el reloj andaba mal, creyendo imposible que no fuese ya por lo menos la una de la noche; pero estaba tan engañado, que un cuarto de hora después volví a contar las diez de otro reloj. «¡Bravo!—dije entonces entre mí—. Todavía faltan dos horas enteras de poste o de centinela. ¡No culparán mi tardanza! Pero ¿qué haré hasta las doce? Paseémonos en este jardín y pensemos en el papel que debo hacer, que es para mí harto nuevo. No estoy acostumbrado a las bizarrías de las damas de distinción; solamente sé lo que se practica con las comediantas y mujercillas. Se presenta uno a ellas con familiaridad y franqueza y les dice su atrevido pensamiento sin reparo; pero con las señoras se observa otro ceremonial. Es menester, a lo que me parece, que el galán sea cortés, complaciente, tierno y moderado, pero sin ser tímido. No ha de querer precipitar atropelladamente su fortuna; para lograrla debe esperar el momento favorable.»

Así discurría yo y así me proponía proceder con Aurora. Figurábame que dentro de poco tendría la dicha de verme a los pies de aquella amable persona y decirle mil cosas amorosas. Con este fin, traía a la memoria los pasajes de las comedias que me pareció podían servirme y darme gran lucimiento en nuestra conversación a solas. Lisonjeábame de que los aplicaría con oportunidad, y esperaba que, a ejemplo de algunos comediantes que yo conocía, pasaría por hombre de entendimiento, aunque no tuviese más que memoria. Mientras me ocupaba en estos pensamientos, los cuales divertían mi impaciencia con más gusto que las relaciones militares de mi amo, oí dar las once. «¡Bueno!—dije entonces—. ¡Ya no me faltan mas que sesenta minutos que esperar! ¡Armémonos de paciencia!» Cobré ánimo y volvíme a recrear con las alegres fantasías de mi imaginación, parte paseándome y parte sentándome en un delicioso cenador formado en el extremo del jardín. Llegó en fin la hora de mí tan deseada; es decir, las doce. Pocos instantes después se dejó ver la Ortiz, tan puntual como yo, pero menos impaciente. «Señor Gil Blas—me dijo al acercarse—, ¿cuánto ha que está usted aquí?» «Dos horas», le respondí. «En verdad—añadió ella riéndose—que es usted muy cumplido, y da gusto darle citas para estas horas. Es cierto—prosiguió ya en tono serio—que eso y mucho más merece la dicha que le voy a anunciar. Mi ama quiere hablar a solas con usted y me ha mandado que le introduzca en su cuarto, en donde le espera. No tengo otra cosa que decirle; lo demás es un secreto que usted no debe saber sino de su propia boca. Sígame a donde le conduzca.» Y dicho esto, me cogió de la mano, y ella misma me introdujo misteriosamente en el aposento del ama por una puerta falsa de que tenía la llave.


CAPITULO II

Cómo recibió Aurora a Gil Blas, y la conversación que con él tuvo.

Hallé a Aurora vestida de trapillo, lo que no me disgustó. Saludéla con el mayor respeto y con la mejor gracia que me fué posible. Recibióme con semblante risueño; hízome sentar junto a sí, repugnándolo yo, y lo que más me agradó fué que mandó a su embajadora se retirase a su cuarto y nos dejase solos. Después de este preludio, volviéndose hacia mí, me dijo: «Gil Blas, ya habrás advertido que te miro con buenos ojos y te distingo entre todos los criados de mi padre; cuando esto no fuese bastante para hacerte conocer la particularidad con que te estimo, juzgo que no te dejará dudarlo este paso que ahora doy.»

No le di tiempo para que dijese más. Parecióme que, como hombre discreto, debía respetar su pudor y no darle lugar a mayor explicación. Levantéme enajenado, y arrojándome a sus pies como un héroe de teatro que se arrodilla ante su princesa, exclamé en tono declamatorio: «¡Ah, señora! ¿Me habré engañado? ¿Se dirigen a mí vuestras palabras? ¿Será posible que Gil Blas, juguete hasta aquí de la fortuna y el desecho de toda la naturaleza, sea tan venturoso que haya podido inspiraros afectos?...» «¡Baja un poco la voz—me dijo sonriéndose mi ama—, por no despertar a las criadas que duermen en el cuarto vecino! Levántate, vuelve a sentarte y escúchame hasta que acabe, sin interrumpirme. Sí, Gil Blas—prosiguió, volviendo a su afable serenidad—, es cierto que te estimo, y en prueba de ello voy a fiarte un secreto, del cual pende el sosiego de mi vida. Sabe que amo a un caballerito mozo, galán, airoso y de ilustre nacimiento, llamado don Luis Pacheco. Le veo algunas veces en el paseo y en la comedia, pero nunca le he hablado. Ignoro su carácter y también cuáles son sus prendas, si buenas o malas. Esto quisiera saberlo puntualmente, para lo cual necesito de un hombre sagaz y sincero que, informándose bien de sus costumbres, sepa darme una cuenta fiel de ellas. He puesto los ojos en ti con preferencia a los demás criados, persuadida de que nada arriesgo en darte este encargo. Espero que le desempeñarás con tanto sigilo y cautela que nunca tendré motivo para arrepentirme de haberte escogido por depositario de mi más íntima confianza.»

Calló mi señorita para oír mi respuesta. Al principio me turbé algún tanto, conociendo mi necio engaño; pero volviendo prontamente en mí y venciendo la vergüenza que causa siempre la temeridad cuando sale con desgracia, supe mostrarle un celo tan vivo y un ardor tan grande en todo lo que fuese servirla y complacerla, que si no alcanzó para desimpresionarla del mal concepto que pudo haberle hecho formar mi atrevida presunción, bastaría por lo menos para que conociese que yo sabía enmendar muy bien una necedad. Pedíle no más que dos días de tiempo para poderle dar razón puntual de don Luis, los que me concedió; y llamando ella misma a la Ortiz, ésta me volvió a conducir al jardín, diciéndome con cierto aire burlón al despedirse: «¡Buenas noches! No te volveré a encargar otra vez que no dejes de acudir temprano al sitio de la cita, porque ya está vista tu puntualidad.»

Volvíme a mi cuarto, no sin algún pesar de ver frustrado mi pensamiento. Con todo eso, tuve bastante juicio para consolarme y conocer que me tenía más cuenta ser el confidente que el amante de mi ama. Ofrecióseme también que esto podía hacerme hombre, pues los medianeros de amor eran regularmente bien recompensados por su trabajo, reflexiones que me divirtieron y consolaron, y fuíme a acostar con firme resolución de obedecer y servir a mi ama en cuanto exigiese de mí. Levantéme al día siguiente y salí de casa a desempeñar mi encargo. No era difícil saber dónde vivía un caballero tan conocido como don Luis. Tomé al instante informes de él en la vecindad; pero los sujetos a quienes me dirigí no pudieron satisfacer del todo mi curiosidad. Esto me obligó a hacer nuevas averiguaciones el día siguiente, y fuí más afortunado que el anterior. Encontré casualmente en la calle a un mozo a quien yo conocía, detuvímonos a hablar, y en aquel punto se llegó a él uno de sus amigos y le dijo que le habían despedido de casa de don José Pacheco, padre de don Luis, por haberle acusado de que se había bebido un barril de vino. No perdí una ocasión tan oportuna para saber cuanto deseaba, lo que conseguí a fuerza de preguntas; de manera que volví a casa muy contento porque ya podía cumplir la palabra que había dado a mi señorita, con quien había quedado de acuerdo que volvería a verla en el mismo sitio y de la misma manera que la noche antecedente. No estuve en ésta tan inquieto como la primera; lejos de impacientarme con las prolijas relaciones de mi amo, yo mismo le saqué la conversación de sus combates. Esperé a que fuese media noche con la mayor tranquilidad del mundo, y no me moví hasta que conté bien las doce de todos los relojes que se podían oír desde casa. Entonces bajé con mucho sosiego al jardín, sin pensar en perfumes ni en pomadas, pues hasta en esto me corregí.