El señor Chinchilla puso mal gesto y mostró repugnancia a hacerse cómplice de una falsedad, y todavía más a permitir que una aventurera le deshonrase diciendo ser parienta suya; lo que sentía no solamente por sí, sino porque creía que esta ignominia retrocedía a sus abuelos. Tanta delicadeza chocó a Perico, pareciéndole inoportuna. «¿Se burla usted?—exclamó—. ¡Vea usted aquí lo que son los hidalgos de aldea, en quienes todo se reduce a una vanidad ridícula! ¿No se admira usted—prosiguió, dirigiéndose a mí—de esta escrupulosidad? ¡Voto a bríos! ¡En la corte no se debe parar en esas delicadezas! ¡Venga la fortuna del modo que quiera, que no hay que perderla!»
Sostuve el parecer de Perico, y ambos arengamos tanto al capitán que, a pesar suyo, le hicimos se fingiese tío de Sirena. Dado este paso, que no costó poco trabajo, hicimos entre los tres un nuevo memorial para el ministro, que después de revisto, aumentado y corregido lo puse en limpio, y Perico se lo llevó a la aragonesa, la que aquella misma tarde se lo recomendó al señor Calderón, hablándole con tal empeño que este secretario, creyéndola verdaderamente sobrina del capitán, ofreció apoyarlo. El efecto de esta trama lo vimos a pocos días. Perico volvió con aire victorioso a nuestra posada. «¡Buenas nuevas tenemos!—dijo a Chinchilla—. El rey hará una distribución de encomiendas, beneficios y pensiones en las que no será usted olvidado, y así se me ha encargado os lo asegure; pero al mismo tiempo se me ha prevenido pregunte a usted qué hace ánimo de regalar a Sirena. Por lo que respecta a mí, digo que nada quiero, porque prefiero a todo el oro del mundo el gusto de haber contribuído a mejorar la fortuna de mi amo antiguo. Pero no es lo mismo nuestra ninfa de Albarracín. Es algo interesada cuando se trata de servir al prójimo; tiene esa pequeña falta; y siendo capaz de tomar dinero de su mismo padre, vea usted si rehusará el de un tío postizo.» «Diga cuánto quiere—dijo don Aníbal—. Si quiere todos los años la tercera parte de la pensión que me han de dar, se la prometo, y me parece que es bastante dádiva, aun cuando se tratara de todas las rentas de Su Majestad Católica.» «Yo, por mí, me fiaría de la palabra de usted—replicó el mensajero de don Rodrigo—, pues sé que no faltará a ella; pero se trata con una niña naturalmente muy desconfiada. Por otra parte, ella apetecerá mucho más que usted le dé una vez por todas las dos terceras partes con anticipación y en dinero contante.» ¿De dónde diablos quiere ella que yo lo saque?—interrumpió ásperamente el oficial—. ¡Ella debe creerme algún contador mayor! Sin duda que tú no la has enterado de mi situación.» «Perdone usted—repuso Perico—. Sabe muy bien que usted está más miserable que Job; no puede ignorarlo después de lo que le tengo dicho; pero pierda usted cuidado, que tengo arbitrios para todo. Conozco a un pícaro oidor, ya viejo, que se contenta con prestar su dinero al diez por ciento. Usted le hará ante escribano cesión de la pensión del primer año en paga de igual suma que recibirá usted, deducido el interés. En orden a la fianza, el prestamista se dará por satisfecho con vuestra casa de Chinchilla, tal como esté, por lo que sobre este punto no tendrán ustedes disputa.»
El capitán aseguró que siempre que lograse la fortuna de participar de las gracias que habían de concederse el día siguiente aceptaría estas condiciones. En efecto, se verificó que le diesen una pensión de trescientos doblones sobre una encomienda. Así que supo la noticia, dió cuantas seguridades se le pidieron, arregló sus asuntos y se volvió a su país, con algunos doblones que le habían quedado.
CAPITULO XIII
Encuentra Gil Blas en la corte a su querido amigo Fabricio, y de la grande alegría que de ello recibieron. A dónde fueron los dos, y de la curiosa conversación que tuvieron.
Me había acostumbrado a ir todas las mañanas a palacio, en donde pasaba dos o tres horas enteras en ver entrar y salir a los grandes, quienes allí me parecían desnudos de aquel resplandor que en otras partes los rodea.
Un día que me paseaba contoneándome por aquellas galerías, haciendo, como otros muchos, un papel bastante ridículo, vi a Fabricio, a quien había dejado en Valladolid sirviendo a un administrador del hospital. Lo que me admiró en extremo fué verle hablar familiarmente con el duque de Medinasidonia y el marqués de Santa Cruz. A mi parecer, estos dos señores gustaban de oírle; además de esto, él iba vestido como un caballero. «¿Si me engañaré?—me decía a mí mismo—. ¿Será aquél el hijo del barbero Núñez? Puede que sea algún joven cortesano que se le parezca.» No tardé mucho en salir de la duda. Idos los señores, me acerqué a Fabricio, que, conociéndome inmediatamente, me agarró de la mano y, después de haberme hecho atravesar con él por medio del gentío para salir de las galerías, me dijo, abrazándome: «¡Mi amado Gil Blas, mucho me alegro verte! ¿Qué haces en Madrid? ¿Estás todavía sirviendo? ¿Tienes algún empleo en la corte? ¿En qué estado tienes tus asuntos? Dame cuenta de todo lo que te ha sucedido después de tu salida precipitada de Valladolid.» «Muchas cosas me preguntas a un tiempo—le respondí—, y el lugar donde estamos no es a propósito para contar aventuras.» «Tienes razón—me dijo—; mejor estaremos en mi casa. Vente conmigo, que no está lejos de aquí. Estoy independiente, alojado en buen paraje y con muy buenos muebles; vivo contento y soy feliz, pues que creo serlo.»
Acepté el partido y acompañé a Fabricio, quien me detuvo al llegar a una casa de bella fachada, en la que me dijo vivía. Atravesamos un patio, que tenía por un lado una gran escalera que conducía a unos aposentos soberbios y por el otro una subida tan obscura como estrecha, por donde fuimos a la vivienda que me había ponderado, la cual se reducía a una sala, de la que mi ingenioso amigo había hecho cuatro, separadas con tablas de pino, sirviendo la primera de antesala a la segunda, en donde dormía, la tercera de despacho y la última de cocina. La sala y antesala estaban adornadas de mapas y papeles de conclusiones de filosofía, y los trastos que correspondían a la colgadura consistían en una gran cama de brocado estropeada, unas sillas viejas de sarga amarilla, guarnecidas con una franja de seda de Granada del mismo color; una mesa con pies dorados, cubierta de un cordobán que parecía haber sido encarnado y ribeteado con una franja de oro falso, que se había vuelto negro con el tiempo, y un armario de ébano adornado de figuras esculpidas groseramente. En su despacho tenía por escritorio una mesita, y su biblioteca se componía de algunos libros y muchos legajos de papeles, que tenía en tablas puestas unas sobre otras a lo largo de la pared. La cocina, que no deslucía a lo demás, contenía vidriado y otros utensilios necesarios.
Fabricio, después de haberme dado tiempo de mirar bien su habitación, me dijo: «¿Qué juicio formas de mi equipaje y de mi vivienda? ¿No te ha encantado verla?» «¡A fe mía que sí!—le respondí sonriéndome—. Debes de hacer bien tu negocio en Madrid para estar tan bien provisto. Sin duda tienes algún buen empleo.» «¡El Cielo me guarde de eso!—me replicó—. El partido que he tomado es superior a todos los empleos. Un sujeto de distinción, de quien es esta casa, me ha dejado una sala, de la que he hecho cuatro piezas, que he alhajado como ves; a mí nada me falta y sólo me ocupo en lo que me agrada.» «Háblame con más claridad—le dije—, porque avivas mi deseo de saber lo que haces.» «Pues bien—me dijo—, voy a complacerte. Me he metido a ser autor, me he dedicado a la literatura, escribo en verso y prosa y hago a pluma y a pelo.» «¡Tú favorito de Apolo!—exclamé riéndome—. Eso es lo que jamás hubiera adivinado; menos me sorprendería verte dedicado a otra cualquiera cosa. ¿Y qué atractivo has podido hallar en la profesión de poeta? Porque me parece que a semejantes gentes las desprecian en la vida civil y que no son las más ricas.» «¡Oh, quítate allá!—replicó—. Eso es bueno para aquellos miserables autores cuyas obras son el desecho de los libreros y de los cómicos. ¿Será de extrañar que no se estimen semejantes escritores? Pero los buenos, amigo mío, están en el mundo en otro concepto y yo puedo decir sin vanidad que soy de este número.» «No lo dudo—le dije—. Tú eres un mozo de gran talento, y así, tus composiciones no pueden ser malas. Pero lo único que deseo saber, y me parece digno de mi curiosidad, es cómo te ha dado la manía de escribir.» «Tu admiración es fundada—dijo Núñez—. Estaba tan contento con mi suerte en casa del señor Manuel Ordóñez, que no deseaba otra; pero haciéndose mi ingenio superior poco a poco, como el de Plauto, a la servidumbre, compuse una comedia, que hice representar a unos cómicos que estaban en Valladolid. Aunque no valía un pito, fué muy aplaudida, de lo que inferí que el público era una vaca mansa de leche que fácilmente se dejaba ordeñar. Esta reflexión y la locura de componer nuevas piezas me hicieron dejar el hospital. El amor a la poesía me quitó el de las riquezas, y para adquirir buen gusto determiné venir a Madrid, como a centro de los ingenios. Me despedí del administrador, que, como me amaba tanto, sintió bastante mi resolución, y me dijo: «Fabricio, ¿por qué quieres dejarme? ¿Acaso te habré dado, sin pensarlo, algún motivo de disgusto?» «No, señor—le respondí—, usted es el mejor de todos los amos y estoy muy agradecido a sus favores; pero bien sabe que cada uno debe seguir su estrella. Me contemplo nacido para eternizar mi nombre con obras de ingenio.» «¡Qué locura!—me replicó aquel buen amo—. Ya estás connaturalizado con el hospital y eres la cantera de donde se sacan los mayordomos y aun los administradores. Si quieres dejar lo sólido para pasar el tiempo en fruslerías, el mal es para ti, hijo mío.» Viendo el administrador cuán inútilmente combatía mi designio, me pagó mi salario y, en reconocimiento de mis servicios, me dió de guantes cincuenta ducados; de modo que con esto y lo que había podido juntar en las pequeñas comisiones que se habían encargado a mi integridad me vi en estado de presentarme decentemente en Madrid, lo que no dejé de hacer, aunque los escritores de nuestra nación no cuidan mucho del aseo. Inmediatamente hice conocimiento con Lope de Vega Carpio, Miguel de Cervantes Saavedra y los demás célebres autores; pero, con preferencia a estos dos grandes hombres, elegí para preceptor mío a un joven bachiller cordobés, al incomparable D. Luis de Góngora, el ingenio más brillante que jamás produjo España, el cual no quiere que sus obras se impriman mientras viva y se contenta con leérselas a sus amigos. Lo que hay de particular es que la Naturaleza le ha dotado del raro talento de manejar con acierto todo género de poesías; sobresale principalmente en las composiciones satíricas, que son su fuerte. No es, como Lucilio, un torrente turbio que arrastra consigo mucho cieno, sino el Tajo, cuyas aguas puras corren sobre arenas de oro.» «Tan buena pintura me haces de ese bachiller—le dije a Fabricio—que no dudo que una persona de tanto mérito tenga muchos envidiosos.» «Todos los autores—respondió él—, tanto buenos como malos, le muerden; unos dicen que le gusta el estilo hinchado, los conceptillos, las metáforas y las transposiciones. Sus versos—dice otro—se parecen en lo obscuro a los que cantaban en sus procesiones los sacerdotes salios, y que nadie entendía. También hay quien le censura de que tan presto hace sonetos o romances y tan presto comedias, décimas y villancicos, como si locamente se hubiera propuesto deslucir a los mejores escritores en todo género de poesía. Pero todas estas saetas de la envidia se embotan dando contra una musa apreciada de grandes y pequeños. Tal es el maestro con quien hice mi aprendizaje, y me atrevo a decir sin vanidad que le imito; habiéndome bebido de tal modo su espíritu, que ya compongo trozos sublimes que no los juzgaría indignos de sí. A ejemplo suyo, voy a vender mi mercancía a las casas de los grandes, en las cuales soy muy bien recibido y en donde hallo gentes que no son muy descontentadizas. Es verdad que mi modo de recitar es halagüeño, lo que no daña a mis composiciones. En fin, muchos señores me estiman, y, sobre todo, vivo con el duque de Medinasidonia, como Horacio vivía con Mecenas. He aquí de qué modo me he transformado en autor; nada más tengo que contarte; a ti te toca ahora cantar tus victorias.»