»Aunque la murmuración en ninguna manera reserva la virtud de las mujeres, respetó, no obstante, la de mi madre, y esta sangrienta escena se contaba en la ciudad como arrojo de un marido celoso. Es verdad que mi padre estaba reputado por hombre violento y fácil en sospechar. Hordales juzgó con razón que su prima presumiría que él con sus chismes había trastornado el ánimo de don Anastasio, y satisfecho de haberse a lo menos vengado, cesó de visitarla. Por no cansar a vuestra señoría no me detendré en contar la educación que tuve; solamente diré que mi madre se dedicó principalmente a hacerme enseñar el arte de la esgrima y que me ejercité mucho tiempo en las más célebres escuelas de Granada y Sevilla. Esperaba mi madre con impaciencia que yo tuviese edad para medir mi espada con la de don Huberto, para enterarme entonces del motivo que tenía para quejarse de él, y viéndome, en fin, ya de diez y ocho años, me lo descubrió, derramando abundantes lágrimas y penetrada de un amargo dolor. ¡Qué impresión no hace en un hijo dotado de valor y sensibilidad la vista de una madre en este estado! Busqué prontamente a Hordales, le conduje a un sitio retirado, en donde, después de un largo combate, le di tres estocadas y cayó en tierra.
»Sintiéndose don Huberto mortalmente herido, fijó en mí sus últimas miradas y me dijo que recibía la muerte de mi mano como justo castigo del delito que había cometido contra el honor de mi madre. Confesóme que por vengarse del rigor con que le había despreciado tomó la resolución de perderla, y luego expiró, pidiendo perdón de su culpa al Cielo, a don Anastasio, a Estefanía y a mí. No juzgué acertado volver a casa a informar a mi madre de este acontecimiento, cuyo cuidado dejé a la fama. Pasé la sierra y llegué a la ciudad de Málaga, donde me embarqué con un corsario que salía del puerto, quien, conceptuando que no me faltaba valor, consintió gustoso en que me uniese a los voluntarios que tenía a bordo.
»No tardamos mucho en hallar ocasión de distinguirnos. En las cercanías de las islas de Alborán encontramos un corsario de Melilla, que volvía hacia las costas de Africa con una embarcación española ricamente cargada, que había apresado en las aguas de Cartagena. Acometimos intrépidamente al africano y nos apoderamos de sus dos bajeles, en los cuales iban ochenta cristianos que conducía esclavos a Berbería, y aprovechando un viento que se levantó y nos era favorable para acercamos a la costa de Granada, llegamos en breve tiempo a Punta de Elena.
»Preguntamos a los cautivos a quienes habíamos libertado de qué parajes eran, y yo hice esta pregunta a un hombre de muy buen aspecto, que podía tener cincuenta años cumplidos. Respondióme suspirando que era de Antequera. Su respuesta me conmovió, sin saber por qué, y también advertí que se turbaba. Díjele: «Yo soy paisano vuestro. ¿Podremos saber vuestra familia?» «¡Ah!—me dijo. ¡No me instéis a que satisfaga vuestra curiosidad si no queréis renovar mi dolor! Diez y ocho años hace que falto de Antequera, en donde no se pueden acordar de mí sin horror. Usted habrá quizá oído muchas veces hablar de mí. Me llamo don Anastasio de Rada...» «¡Válgame Dios!—exclamé—. ¿Debo creer lo que oigo? ¿Conque usted es don Anastasio? ¿Es, pues, mi padre el que veo?» «¡Qué decís, joven!—exclamó mirándome atónito—. ¿Será posible seáis aquel niño desgraciado que todavía estaba en el vientre de su madre cuando la sacrifiqué a mi furor?» «Sí, padre mío—le dije—, yo soy a quien la virtuosa Estefanía parió tres meses después de la funesta noche en que la dejasteis anegada en su sangre.»
Don Anastasio no esperó a que acabase estas palabras para abrazarme estrechamente, y en un cuarto de hora no hicimos más que mezclar nuestros suspiros y lágrimas. Después de habernos entregado a los tiernos afectos que semejante encuentro debía inspirar, alzó mi padre los ojos al Cielo para darle gracias de haber salvado la vida a Estefanía; pero, pasado un momento, como si temiese dárselas sin motivo, se dirigió a mí y me preguntó de qué manera se había averiguado la inocencia de su mujer. «Señor—le respondí—, nadie ha dudado jamás de ella sino vos. La conducta de vuestra esposa ha sido siempre irreprensible. Es necesario que yo os desengañe. Sabed que don Huberto fué quien os engañó.» Y entonces le conté toda la perfidia de este pariente, cómo me había vengado de él y lo que me había confesado a morir.
»A mi padre no le causó tanto placer el haber recobrado la libertad como el oír las nuevas que le anunciaba. Colmado de alegría, volvió a abrazarme tiernamente y no se cansaba de manifestarme lo gustoso que estaba conmigo. «¡Vamos, hijo mío—me dijo—, tomemos presto el camino de Antequera! ¡No tendré sosiego hasta echarme a los pies de una esposa a quien tan indignamente he tratado, porque, después de conocida mi injusticia, siento crueles remordimientos que despedazan mi corazón!» Deseando yo reunir estas dos personas para mí tan amables, no quise se alargase tan dulce momento. Dejé al corsario, y como mi padre no quería exponerse a los peligros del mar, compré en Adra, con el dinero que me tocó de la presa, dos mulas. El camino dió tiempo para que me contase sus aventuras, que escuché con aquella atención ansiosa que prestó el príncipe de Itaca a la narración de las del rey su padre. En fin, después de muchas jornadas llegamos al pie del monte más inmediato a Antequera, en donde hicimos alto, y esperamos la media noche para entrar secretamente en nuestra casa.
»Imagine vuestra señoría la sorpresa de mi madre al ver a un marido que creía perdido para siempre; y todavía la admiraba más el modo milagroso con que puede decirse le había sido restituído. Pidióle mi padre perdón de su barbarie, con demostraciones tan vehementes de arrepentimiento que, enternecida mi madre, en lugar de mirarle como a un asesino, vió en él un hombre a quien el Cielo la había sometido; tan sagrado es el nombre de esposo para una mujer virtuosa. Estefanía sintió en extremo mi fuga y tuvo mucho gusto de verme; pero su alegría no fué sin desazón. Una hermana de Hordales procedía criminalmente contra el matador de su hermano y me hacía buscar por todas partes, de suerte que mi madre estaba inquieta viéndome en nuestra casa sin seguridad. Esto me obligó a partir aquella misma noche para la corte, adonde vengo, señor, a solicitar el perdón que espero obtener, puesto que vuestra señoría quiere hablar a mi favor al primer ministro y apoyarme con todo su valimiento.»
El valiente hijo de don Anastasio dió fin aquí a su narración, y yo con mucha gravedad le dije: «¡Basta, señor don Rogerio! El caso me parece perdonable; quedo con el encargo de referir puntualmente este asunto a su excelencia y me atrevo a prometeros su protección.» Sobre esto, el granadino me dió mil gracias, que por un oído me hubiera entrado y por otro salido a no haberme asegurado se seguiría la gratificación al favor que le hiciera; pero luego que tocó esta cuerda me puse en movimiento. El mismo día conté este suceso al duque, quien, habiéndome permitido le presentara al caballero, le dijo: «Don Rogerio, estoy enterado del lance de honor que os trae a la corte. Santillana me ha dicho todas sus circunstancias. Sosegaos. Vuestra acción es disculpable y su majestad gusta de perdonar a los nobles que vengan su honor ofendido. Es necesario que por pura fórmula estéis preso, pero vivid seguro de que no lo estaréis largo tiempo. En Santillana tenéis un buen amigo, que se encargará de lo demás; él acelerará vuestra libertad.»
Don Rogerio hizo una profunda reverencia al ministro, sobre cuya palabra se fué a la cárcel. Su carta de perdón se le expidió inmediatamente en fuerza de mi solicitud. En menos de diez días envié a este nuevo Telémaco a reunirse con su Ulises y su Penélope, en vez de que, si no hubiera tenido protector y dinero, acaso hubiera pasado un año en la prisión. De todo esto no saqué más que cien doblones. No fué este lance muy provechoso, pero yo no era todavía un don Rodrigo Calderón para despreciarlo.