«Me hace mucho favor—respondí—ese buen concepto que a usted debo, pero lo cierto es que en la relación del hijo de Moscada hay alguna verdad. Cuando me vino a ver estaba yo embriagado con mi fortuna, y la ambición que me dominaba no me permitía pensar en mis parientes. De consiguiente, hallándome en semejante disposición, no es de admirar que recibiese mal a un hombre que, acercándose a mí de un modo grosero, me dijo brutalmente que, habiendo sabido que yo estaba más rico que un judío, iba a aconsejarme que enviase a ustedes algún dinero, respecto a que se veían en grande necesidad, y aun me echó en cara en términos nada comedidos mi indiferencia hacia mi gente. Me incomodó su llaneza, y, perdiendo la paciencia, le eché a empujones de mi cuarto. Confieso que me porté mal en aquella ocasión, que debí reflexionar no era culpa vuestra la falta de atención del especiero y que su consejo merecía seguirse, aunque había sido grosero el modo de dármelo. Esto fué lo que me ocurrió al pensamiento un momento después que había despedido a Moscada. La sangre hizo en mí su oficio, y, acordándome de mis obligaciones hacia mis padres, me avergoncé de haberlas cumplido tan mal y sentí remordimientos, de los cuales no puedo, sin embargo, hacer mérito con usted, puesto que fueron sofocados inmediatamente por la avaricia y por la ambición. Pero después fuí encerrado por orden del rey en el alcázar de Segovia, en donde caí gravemente enfermo, y esta dichosa enfermedad es la que a usted le restituye su hijo. Sí, por cierto; mi enfermedad y mi prisión fueron las que hicieron recobrar a la Naturaleza todos sus derechos y las que me han desprendido enteramente de la Corte. Hoy sólo suspiro por la soledad y he venido a Asturias con el fin únicamente de suplicar a usted se venga conmigo a que disfrutemos juntos las dulzuras de una vida retirada. Si usted admite mi oferta, la conduciré a una posesión que tengo en el reino de Valencia, en donde espero que pasaremos una vida muy cómoda. Bien podrá usted conocer que mi ánimo era llevar también a mi padre; pero ya que el Cielo ha dispuesto otra cosa, logre yo a lo menos la satisfacción de tener en mi compañía a mi madre y pueda reparar con todas las posibles atenciones el tiempo que pasé sin servirle de nada.»
«Quedo muy agradecida de tus buenas intenciones—me dijo entonces mi madre—. Sin duda alguna me iría contigo a no impedírmelo algunas dificultades. En primer lugar, no puedo desamparar a tu tío y mi hermano en el estado en que se halla; después de eso, estoy muy connaturalizada con este país para que yo le deje. Sin embargo, como esto merece examinarse con madurez, quiero meditarlo despacio; por ahora solamente debemos pensar en los funerales de tu padre.» «Ese cuidado—le respondí—se lo encargaremos a ese mozo que usted ha visto conmigo, que es mi secretario; tiene talento y celo y podemos descuidar en él.»
No bien había pronunciado estas palabras cuando entró Escipión, porque era ya día claro. Preguntónos si podía servirnos de algo en el apuro en que nos hallábamos. Respondíle que llegaba muy a tiempo para recibir una orden importante que pensaba darle. Luego que se impuso de lo que se trataba, «¡Basta!—dijo—. Ya tengo ideada acá en mi cabeza toda la ceremonia y ustedes podrán fiarse de mí.» «Pero guardaos bien—añadió mi madre—de pensar en un funeral que tenga la menor apariencia de ostentación; por modesto que sea, nunca lo será demasiado para mi esposo, a quien toda la ciudad ha conocido por un escudero de los más pobres.» «Señora—respondió Escipión—, aunque hubiera sido mucho más infeliz, no por eso rebajaré dos maravedís. Sólo debo tener presente las circunstancias de mi amo: habiendo sido favorito del duque de Lerma, a su padre debe enterrársele con grandeza.»
Aprobé el designio de mi secretario y aun le encargué que no economizase el dinero; un resto de vanidad que yo conservaba todavía se despertó en esta ocasión. Me lisonjeé de que, haciendo este dispendio por un padre que ninguna herencia me dejaba, admirarían todos mi porte generoso. Mi madre por su parte, a pesar de la gran modestia que aparentaba, no dejaba de alegrarse de que su marido fuese enterrado con pompa. Dimos, pues, amplias facultades a Escipión, que sin perder tiempo marchó a dar las disposiciones necesarias para un suntuoso entierro.
Saliéronle muy bien; celebróse un funeral tan magnífico que irritó contra mí a la ciudad y arrabales; a todos los vecinos de Oviedo, desde el mayor hasta el menor, chocó infinito mi ostentación. «¡Este ministro de la noche a la mañana—decía uno—tiene dinero para enterrar a su padre y no lo tuvo para mantenerle!» «¡Mejor hubiera sido—decía otro—haber tenido más amor a su padre vivo que hacerle tantas honras después de muerto!» En fin, ninguna lengua pecó de corta; cada una disparó su saeta. No se contentaron con esto: cuando salimos de la iglesia, así a mí como a Escipión y a Beltrán nos cargaron de injurias, acompañándonos hasta nuestra casa las befas y gritos de los muchachos, los cuales llevaron a Beltrán a pedradas hasta el mesón. Para disipar la canalla que se había agolpado delante de la casa de mi tío fué menester que mi madre se asomase a la ventana y asegurase a todos que no tenía queja ninguna de mí. Otros hubo que fueron corriendo al mesón donde estaba mi silla, para hacerla mil pedazos, como infaliblemente lo hubieran ejecutado si el mesonero y la mesonera no hubieran hallado modo de sosegar aquellos ánimos furiosos y disuadirles de semejante intento.
Todas estas afrentas, que eran otros tantos efectos de lo que había hablado de mí el mozo especiero de la ciudad, me inspiraron tal aversión hacia mis paisanos, que determiné salir cuanto antes de Oviedo, en donde, a no haber sido esto, tal vez me hubiera detenido algún tiempo más. Díjeselo a mi madre claramente, y como no estaba menos sentida que yo de ver lo mal que me había recibido mi país, no se opuso a mi resolución. Sólo se trató del modo de portarme con ella en adelante. «Madre—le dije—, ya que usted no puede abandonar a mi tío, no debo insistir en que se venga usted conmigo; pero como, según todas las señales, no puede estar muy distante el fin de sus días, deme usted palabra de venir a vivir en mi compañía luego que él fallezca.»
«Esa palabra, hijo mío, no te la daré; yo quiero pasar en Asturias los pocos días que me quedan de vida y con total independencia.» «Pues qué, señora—le repliqué—, ¿no será usted dueña absoluta en mi casa?» «No lo sé, hijo mío—me respondió—. Tal vez te enamorarás de alguna niña linda y te casarás con ella; será mi nuera, yo su suegra y no podremos vivir juntas.» «Usted—le dije—prevé los disgustos muy de lejos. Por ahora no pienso en casarme; pero si en algún tiempo tuviese esta idea, esté usted cierta de que mandaré a mi mujer que en todo y por todo esté sujeta a la voluntad de usted.» «Te obligas temerariamente a una cosa—repuso mi madre—que nunca podrás cumplir; antes bien, no me atrevería yo a afirmar que si entre la suegra y la nuera ocurriesen algunas desazones, no te declarases a favor de tu mujer antes que al mío, por grande que fuese su sinrazón.»
«Señora, habla usted como un oráculo—dijo mi secretario metiéndose en la conversación—. Yo pienso, como usted, que las nueras dóciles son muy contadas. Así, pues, para que usted y mi amo queden contentos, ya que quiere usted decididamente permanecer en las Asturias y él en el reino de Valencia, será menester que le señale una renta anual de cien doblones, que yo me encargo de traer aquí todos los años, y por este medio la madre y el hijo estarán muy satisfechos uno de otro a doscientas leguas de distancia.» Aprobaron el convenio las dos partes interesadas, y yo desde luego pagué adelantado el primer año, y salí de Oviedo el día siguiente antes de amanecer, por miedo de que el populacho no me tratara como a San Esteban. Tal fué el recibimiento que se me hizo en mi patria. ¡Admirable lección para aquellas personas de humilde nacimiento que, habiéndose enriquecido fuera de su país, quieran volver a él para hacer de personas de importancia!