Aunque este celoso secretario me había dicho haber advertido que Antonia allá en su interior se alegraba mucho de haber hecho la conquista de su señor, no me atrevía a fiarme de su relación, temiendo se hubiese dejado engañar de falsas apariencias. Para cerciorarme de ello resolví hablar yo mismo a la hermosa Antonia, y a este efecto me fuí a casa de Basilio, a quien confirmé cuanto le había dicho mi embajador. Este buen labrador, hombre sencillo y franco, después de haberme escuchado, me aseguró que me concedía su hija con una indecible satisfacción. «Pero no piense vuestra señoría—añadió—que se la doy porque es señor de este lugar; aun cuando no fuera vuestra señoría más que mayordomo de don César y de don Alfonso le preferiría a todos los demás amantes que se presentasen, porque siempre le he tenido grande inclinación, y lo que más siento es que mi Antonia no tenga una dote considerable que ofrecerle.» «No le pido ninguna—le dije—; su persona es el único bien a que aspiro.» «Doy a vuestra señoría mil gracias—exclamó—, pero no es esa mi cuenta. Yo no soy ningún descamisado para casar así a mi hija. Basilio de Buentrigo tiene, a Dios gracias, con qué dotarla, y quiero que ella dé a vuestra señoría de cenar si vuestra señoría le da de comer. En una palabra, las rentas de esta quinta no exceden de quinientos ducados y yo haré que lleguen a mil en gracia de este matrimonio.»

«Pasaré por cuanto quisieres, mi amigo Basilio—le respondí—, y nunca reñiremos por materia de intereses. Supuesto que los dos estamos de acuerdo, sólo se trata de obtener el consentimiento de tu hija.» «Usía tiene ya el mío—me dijo—; ¿y éste no basta?» «No—le respondí—. Si el tuyo me es necesario, el de ella lo es también.» «El suyo depende del mío—repuso él—, y no se atreverá a resollar en mi presencia.» «Antonia—le repliqué—, sumisa a la autoridad paternal, sin duda estará pronta a obedecerte ciegamente, mas no sé si en esta ocasión lo hará sin repugnancia, y por poca que tuviese nunca me consolaría de haber sido causa de su desgracia. En fin, no me basta que me des su mano, sino que es necesario que su corazón no lo sienta.» «¡Qué diantre!—dijo Basilio—. Yo no entiendo todas esas filosofías; hable vuestra señoría mismo con Antonia y verá, si mucho no me engaño, que nada apetece más que ser vuestra esposa.» Dicho esto, llamó a su hija y me dejó un momento a solas con ella.

Para no malograr tan preciosos instantes, fuí desde luego al asunto. «Bella Antonia—le dije—, decide de mi suerte. Aunque tengo ya el consentimiento de tu padre, no creas que quiero valerme de él para violentar tu gusto. Por dulce que me sea tu posesión, yo la renuncio si me dices que no la he de deber sino solamente a tu obediencia.» «Eso es, señor—me respondió ella—, lo que nunca os diré. Vuestra solicitud es para mí tan grata, que jamás podrá causarme pena, y en vez de oponerme al consentimiento de mi padre, apruebo su elección. No sé—prosiguió—si hago bien o mal en hablaros de este modo; pero si no me hubierais agradado sería bastante franca para decíroslo. ¿Pues por qué no podré declararos lo contrario con la misma libertad?»

Al oír estas palabras, que no pude escuchar sin quedar enajenado, hinqué una rodilla en tierra delante de Antonia, y en el exceso de mi alegría, tomándole una de sus hermosas manos, se la besé con ademán tierno y apasionado. «Mi amada Antonia—le dije—, tu franqueza me hechiza. ¡Continúa! ¡No te violentes por nada, pues hablas a tu esposo! ¡Lea yo en tus ojos lo que pasa en tu corazón, para que pueda lisonjearme de que no verás sin complacencia estrecharse tu suerte con la mía.» A esta sazón entró Basilio y no pude proseguir. Deseoso éste de saber lo que su hija me había respondido, y dispuesto a reñirla si me hubiese manifestado la menor aversión, volvió prontamente a reunirse conmigo. «Y bien—me dijo—, ¿está vuestra señoría contento con la respuesta de Antonia?» «Lo estoy tanto—le respondí—, que desde este momento voy a ocuparme en los preparativos de mi casamiento.» Y dicho esto dejé a padre e hija para ir a celebrar consejo sobre el asunto con mi secretario.


CAPITULO IX

Casamiento de Gil Blas y la bella Antonia; aparato con que se hizo; qué personas asistieron a él y fiestas con que se celebró.

Aunque no necesitaba permiso de los señores de Leiva para casarme, juzgamos Escipión y yo que no podría excusarme, sin faltar a la gratitud, de participarles mi designio de unirme con la hija de Basilio y aun de pedirles su consentimiento por política.

Marchó al momento a Valencia, donde todos se quedaron tan sorprendidos de verme como de saber el motivo de mi viaje. Don César y don Alfonso, que conocían a Antonia por haberla visto varias veces, me dieron mil enhorabuenas de haberla elegido por esposa. Sobre todo don César me hizo un cumplimiento tan expresivo, que, a no estar yo persuadido de que aquel señor había dejado del todo ciertos pasatiempos, sospecharía que más de una vez había ido a Liria no tanto por ver su quinta como a la hija de su arrendador. Serafina, por su parte, después de haberme asegurado que siempre tomaría mucho interés en mis satisfacciones, me dijo que había oído hacer mil elogios de Antonia. «Pero—añadió con algo de malicia, y como para zaherirme sobre la indiferencia con que había correspondido al amor de Séfora—, aunque no me hubieran ponderado su hermosura, jamás hubiera dudado de tu buen gusto, porque sé lo delicado que es.»

No se contentaron don César y su hijo con aprobar mi matrimonio, sino que quisieron que los gastos de la boda corriesen todos de su cuenta. «Vuelve—me dijeron—a tomar el camino de Liria y no salgas de allí hasta que oigas hablar de nosotros, ni hagas preparativo alguno para la boda, que ese es cuidado nuestro.»