Una mañana entró muy azorado en mi cuarto, y me dijo: «Señor, corre por la ciudad una noticia que llama la atención de toda la monarquía. Se dice que Felipe III ya no existe y que ocupa el trono el príncipe su hijo. Añádese que al cardenal duque de Lerma le han separado de su empleo, con prohibición de presentarse en la corte, y que don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, es en la actualidad primer ministro.» Sentíme conmovido; y conociéndolo Escipión, me preguntó si no tomaba yo parte en este grande acaecimiento. «¿Y qué parte quieres tú, hijo mío, que yo tome en él?—respondí—. Ya dejé la corte; todas las mutaciones que pueden sobrevenir en ella me deben ser indiferentes.»
«¡Muy desprendido se halla usted del mundo para la edad que tiene!—replicó el hijo de la Coscolina—. Si yo me hallase en su lugar, no dejaría de tentarme mucho la curiosidad; iría a Madrid a presentarme al nuevo monarca para ver si se acordaba de haberme visto. Este gusto no me lo perdonaría.» «¡Ya te entiendo!—le dije—. Tú quisieras que yo volviera a la corte para tentar en ella de nuevo la fortuna, o, por mejor decir, para volver a ser allí avariento y ambicioso.» «¿Por qué se habían de estragar todavía allí las costumbres de usted?—me replicó Escipión—. Tenga usted más confianza que la que tiene en su virtud; yo salgo por fiador de usted. Las sanas reflexiones que le obligó a hacer su desgracia acerca de los peligros de la corte son muy del caso para precaverse de ellos. Vuélvase, pues, a embarcar animosamente en un mar cuyos escollos le son bien conocidos.» «¡Calla, adulador!—le interrumpí sonriéndome—. ¿Estás ya cansado de verme pasar una vida tranquila? Yo creía que estimabas más mi sosiego.»
Aquí llegaba nuestra conversación cuando entraron en mi cuarto don César y su hijo, quienes me confirmaron la noticia de la muerte del rey y la desgracia del cardenal duque de Lerma, añadiendo que, habiendo éste pedido licencia para retirarse a Roma, en lugar de dársela se le había mandado fuese a vivir a su marquesado de Denia. Después, como si estuvieran ambos de acuerdo con mi secretario, me aconsejaron fuese a Madrid y me presentase al nuevo rey, puesto que ya me conocía y le había hecho unos servicios que los grandes recompensan con bastante gusto. «Yo a lo menos—dijo don Alfonso—no tengo la menor duda de que se acordará de los tuyos, ni de que deje Felipe IV de pagar las deudas del príncipe de Asturias.» «Del mismo sentido soy yo—dijo don César—, y aun el corazón me está diciendo que el viaje de Santillana a la corte le ha de abrir camino para grandes empleos.»
«En verdad, señores míos—exclamé—, que ustedes no han meditado bien lo que me aconsejan. Según les parece, no tengo mas que ir a Madrid para lograr la llave dorada o algún gobierno; y están muy equivocados. Yo, al contrario, estoy muy persuadido de que el rey no reparará en mí aunque me presente a su vista; y si ustedes lo desean, haré la prueba para desengañarlos.» Cogiéronme luego la palabra los señores de Leiva, y me instaron tanto, que no pude menos de prometerles que cuanto antes iría a Madrid. Luego que mi secretario me vió determinado a hacer este viaje experimentó una alegría descompasada, imaginándose que lo mismo sería ponerme yo delante del nuevo monarca que distinguirme entre la confusión. En este concepto, forjando en su mente las más pomposas quimeras, me encumbraba a los primeros empleos del Estado, y él se acrecentaba a favor de mi engrandecimiento.
Dispuse, pues, mi viaje a la corte, no ya con ánimo de volver a incensar a la fortuna, sino únicamente por complacer a don César y a su hijo, a quienes se les había metido en la cabeza que inmediatamente me atraería el favor del soberano. A decir verdad, a mí también me picaba un poco el deseo de probar si el rey se había olvidado enteramente de mí. Arrastrado de esta natural curiosidad, pero sin esperanza, ni aun pensamiento de lograr la más leve ventaja en el nuevo reinado, tomé el camino de Madrid, acompañado de Escipión, dejando el cuidado de mi hacienda a Beatriz, que era muy buena mujer de gobierno.
CAPITULO II
Marcha Gil Blas a Madrid, déjase ver en la corte, reconócele el rey, recomiéndale a su primer ministro, y efectos de esta recomendación.
En menos de ocho días llegamos a Madrid, habiéndonos don Alfonso dejado dos de sus mejores caballos para que hiciésemos el viaje con mayor diligencia. Apeámonos en la posada de caballeros donde ya en otro tiempo me había hospedado, propia de Vicente Forero, mi antiguo patrón, que tuvo mucho gusto de volverme a ver.