Poco después de su partida su excelencia mandó imprimir nuestra Memoria, que apenas se hizo pública cuando fué asunto de todas las conversaciones de Madrid. Al pueblo, amigo siempre de novedades, le gustó infinito. La disipación de las rentas reales, que estaba pintada con los más vivos colores, le indignaron contra el duque de Lerma, y si los golpes que se descargaban contra este ministro no fueron aplaudidos de todos, a lo menos merecieron la aprobación de muchos. En cuanto a las pomposas promesas que hacía el conde de Olivares, y entre ellas la de cubrir por medio de una discreta economía las atenciones del Estado sin gravar a los vasallos, deslumbraron a todos generalmente y les confirmaron en el gran concepto que ya tenían de sus talentos, de manera que por toda la población resonaron sus alabanzas.

El ministro, satisfecho de haber conseguido con esta obra su objeto, que no había sido otro que el de granjearse la estimación pública, quiso merecerla verdaderamente por medio de una acción laudable que fuese útil al rey. Recurrió para ello a la invención del emperador Galba; es decir, que hizo que los particulares que se habían enriquecido, sabe Dios cómo, con el manejo de los caudales públicos resarciesen al Erario. Luego que el conde hizo vomitar a aquellas sanguijuelas la sangre que habían chupado y la guardó en las arcas reales, trató de conservarla en ellas haciendo suprimir todas las pensiones, sin exceptuar la suya, como también las gratificaciones que se daban del caudal de su majestad. Para lograr la ejecución de este designio, que no podía verificarse sin mudar la faz del Gobierno, me mandó componer otra Memoria, cuya substancia y método me indicó; en seguida me encargó que procurase elevar todo lo posible la ordinaria sencillez de mi estilo para dar más dignidad a mis frases. «Ya estoy hecho cargo, señor—le dije—. Vuecencia quiere sublimidad y brillantez; pues las tendrá.» Encerréme en el mismo gabinete donde anteriormente había trabajado y allí puse manos a la obra después de haber invocado el genio elocuente del arzobispo de Granada.

Comencé por exponer que era preciso conservar con todo rigor los fondos que había en las arcas reales, que no debían emplearse absolutamente sino en las necesidades de la Monarquía, como que era un fondo sagrado que se debía reservar para imponer respeto a los enemigos de la nación. Después hacía presente al monarca (que era a quien se dirigía la Memoria) que suprimiendo las pensiones y gratificaciones cargadas sobre la real hacienda no por eso se privaba del gusto que tendría en recompensar generosamente el mérito y servicios de los vasallos que se hiciesen acreedores a sus reales gracias, pues sin tocar a su tesoro quedaba en estado de conceder grandes recompensas, porque para unos tenía virreinatos, gobiernos, hábitos de las Ordenes militares y empleos en sus ejércitos; para otros, encomiendas, sobre las cuales podría imponer muchas pensiones, títulos de Castilla y magistraturas, y, por último, todo género de beneficios eclesiásticos para los que quisiesen seguir la carrera de la Iglesia.

Esta Memoria, mucho más larga que la anterior, me ocupó cerca de tres días, y, por mi fortuna, salió tan acomodada al gusto de mi amo, por estar atestada de voces enfáticas y de cláusulas metafóricas, que me colmó de alabanzas. «Mucho me agrada lo que has hecho—me dijo, enseñándome los pasajes más pomposos—. Estas sí que son expresiones vaciadas en buen molde. ¡Animo, amigo mío; ya estoy previendo que me servirás de grande utilidad!» Sin embargo, en medio de los elogios que me prodigó, no dejó de retocar la Memoria. Puso en ella mucho de su casa, y formó una pieza de elocuencia que admiró al rey y a toda la corte. El público la honró también con su aprobación, presagió felicidades para lo venidero, y se lisonjeó de que la Monarquía recobraría su antiguo esplendor bajo el Ministerio de un personaje tan insigne. Viendo su excelencia la mucha fama que le había granjeado aquel escrito, quiso que, por la parte que yo tenía en él, recogiese algún fruto; y así, dispuso que se me diese una pensión de quinientos escudos sobre la encomienda de Castilla; lo que me fué tanto más apreciable cuanto que éste no era un bien mal adquirido, aunque lo había ganado con mucha facilidad.


CAPITULO VII

Por qué casualidad, en dónde y en qué estado volvió a encontrar Gil Blas a su amigo Fabricio, y conversación que tuvieron.

Ninguna cosa le gustaba tanto al conde como saber lo que se pensaba en Madrid de la conducta que observaba en su ministerio. Todos los días me preguntaba qué se decía de él, y aun tenía pagados espías que le contaban puntualmente cuanto pasaba en la población. Le referían hasta las más ligeras conversaciones que habían oído; y como les tenía encargado que le dijesen francamente la verdad, no tenía poco que sufrir algunas veces su amor propio, porque la lengua del pueblo es tan suelta, que nada respeta.