Pareciéndome que mi presencia les impedía continuar hablando con libertad, «Señores—les dije—, creo haber interrumpido su conversación; suplico a ustedes continúen, o si no me retiro.» «Estos señores—dijo entonces Fabricio—estaban hablando de la Ifigenia de Eurípides. El bachiller Melchor de Villegas, erudito de primer orden, preguntaba al señor don Jacinto de Romarate qué era lo que más le interesaba en aquella tragedia.» «Así es—dijo don Jacinto—, y yo le he respondido que el peligro en que se veía Ifigenia.» «Y yo—dijo el bachiller—, yo le he replicado, lo que estoy pronto a demostrar, que no es el peligro lo que forma el verdadero interés de la pieza.» «¿Pues cuál es?», exclamó el anciano licenciado Gabriel de León. «El viento», respondió el bachiller. Todos dieron una carcajada al oír una respuesta que no creí formal, imaginándome que Melchor no la había dado sino por alegrar la conversación.
Pero no tenía yo noticia de aquel sabio. Era un hombre que no entendía de burlas, y así, dijo con grande seriedad: «Rían ustedes cuanto les diere la gana, que yo siempre sostendré que lo que debe hacer más impresión en el espectador, lo que debe interesarle y suspenderle más es el viento. Y si no, figúrense ustedes un numeroso ejército unido precisamente para ir a sitiar a Troya. Consideren la impaciencia de capitanes y soldados por emprender y concluir aquel sitio y restituirse cuanto antes a la Grecia, en donde habían dejado todo lo que más amaban en este mundo: sus dioses lares, sus mujeres y sus hijos. Levántase de repente un maldito viento contrario que los detiene en Aulida y los tiene como clavados en aquel puerto; tanto, que mientras no se mude no les es posible ir a sitiar la ciudad de Príamo. Pues este viento es el que forma el interés de la tragedia. Yo me declaro a favor de los griegos porque apruebo su designio y sólo deseo la partida de su flota, mirando con indiferencia a Ifigenia en peligro, pues que su muerte es un medio para obtener de los dioses un viento favorable.»
Cuando Villegas acabó de hablar se renovaron las carcajadas a su costa. Fingió Núñez apoyar socarronamente aquella ridícula opinión, sólo por dar más materia de burla a los zumbones, los cuales se divirtieron diciendo mil graciosas cuchufletas sobre los vientos. Pero el bachiller, mirándolo a todos con aire flemático y orgulloso, los trató de ignorantes y gente vulgar. Yo estaba temiendo a cada momento que se agarrasen y se diesen de mojicones estos botarates, que es el término ordinario de sus disputas; pero fué vano mi temor, porque todo se redujo a llenarse recíprocamente de desvergüenzas, y se retiraron después de haber comido y bebido a discreción.
Luego que se marcharon pregunté a Fabricio por qué no vivía en casa del tesorero y si acaso había ocurrido alguna desavenencia entre los dos. «¿Desavenencia?—me respondió—. ¡Dios me libre de ello! Nunca ha estado en mayor auge mi estimación con don Beltrán. Supliquéle me permitiese vivir en casa separada y alquilé en ésta el cuarto que ves para gozar de mayor libertad. Aquí recibo a mis amigos, que me vienen a ver con frecuencia, y lo paso alegremente con ellos, porque ya sabes que mi genio no es muy inclinado a dejar grandes riquezas a mis herederos. Mi mayor gusto es hallarme al presente en estado de tener todos los días a mi mesa buena compañía sin peligro de arruinarme.» «Me alegro infinito, querido Núñez—le repliqué—, y no puedo menos de repetirte mil parabienes por el éxito de tu última tragedia. Las ochocientas composiciones dramáticas del gran Lope de Vega no le valieron la cuarta parte de lo que te ha valido a ti tu Conde de Saldaña.»
LIBRO DUODECIMO
CAPITULO PRIMERO
Envía el ministro a Toledo a Gil Blas; motivo y éxito de su viaje.
Hacía ya cerca de un mes que su excelencia me repetía todos los días: «Santillana, va llegando el tiempo en que quiero emplear tu talento y destreza.» Pero este tiempo nunca acababa de venir. Llegó por fin, y su excelencia me habló en estos términos: «Se dice que hay en la compañía de cómicos de Toledo una actriz muy celebrada por su amabilidad; se asegura que baila y canta divinamente, que arrebata a los espectadores cuando representa, y se añade también que es muy hermosa. Una persona tan recomendable es digna de venir a representar en la Corte. Al rey le gustan las comedias, la música y el baile y no le desagrada la hermosura. No me parece razón que su majestad carezca del placer de ver y oír a una mujer de tanto mérito. Por esto he resuelto enviarte a Toledo, para que juzgues por ti mismo si esa actriz es tan peregrina; yo me atendré desde luego a la impresión que cause en ti y me fío enteramente de tu discernimiento.»