Hay veinticinco leguas, en línea recta al nordeste, de San-Pedro á Santa-Ana; mas, como allí generalmente se viaja en canoas, los numerosos giros del Mamoré hacen doble la distancia, por cuya razon es menester emplear en este tránsito dos dias cuando se anda rio abajo, y tres ó cuatro cuando se tiene que subir. Saliendo de San-Pedro, se camina hácia el este como una legua de llanuras hasta pasar por un puente el arroyo de Tamucu, no léjos del cual se encuentra el puerto en un bañado bastante grande, sobre cuyos bordes aparece la casucha del guarda: se andan todavía tres cuartos de legua, cruzando por este bañado hasta que se presenta el Mamoré, el cual se costea hasta la embocadura del rio Tijamuchi, situado sobre la ribera izquierda. Este rio, que baja de las cordilleras, tiene como cien varas de ancho y es bastante profundo; circunstancias que lo hacen navegable en todo tiempo hasta para los barcos de vapor. Por ser su giro demasiado tortuoso, se emplean cinco ó seis dias para subir por él hasta San-Ignacio. Algo mas abajo de la embocadura del Tijamuchi, forma el Mamoré un gran recodo, fácil de evitar entrando en un bañado que se presenta sobre la orilla izquierda, y cuyas aguas, casi siempre corrompidas en algunos parages, causan fiebres intermitentes, al paso que ostentan en algunos otros, numerosos grupos de la magnífica planta llamada victoria. A pocas leguas de allí, divídese el Mamoré en tres brazos, que forman islas anegadas, por entre las cuales se transita con muchísima dificultad, tropezando con árboles flotantes, arrancados por las corrientes. Algo mas adelante, se pasa por en frente de la arruinada mision de San-Pedro, de la cual no han quedado mas vestigios que algunos cacahuales. Ya no presentan las orillas del Mamoré en este punto, esa belleza salvage tan notable cerca de la confluencia del rio Iténes. Aparece luego por el este, á una distancia bastante grande, mas abajo de los tres brazos del Mamoré, la embocadura del rio Aperé, apartado como una jornada de navegacion de su tributario el rio de San-José: ámbos rios son navegables para barcos de alguna carga, hasta el pié de las montañas. Por el mismo lado desemboca tres ó cuatro leguas mas abajo el rio Yacuma, tambien navegable como los anteriores, y cuyo profundo álveo tiene como de setenta á ochenta varas de ancho; sus márgenes, guarnecidas de matorrales, no contrastan notablemente con las llanuras circunvecinas, que se hallan cuasi desnudas de boscage: tres cuartos de legua mas adelante, se llega á la confluencia del rio Rapulo, el que no por ser mas angosto deja de ofrecer las mismas facilidades para la navegacion, pues en tiempo de los Jesuitas se subia por él hasta la mision de San-Borja. Finalmente un poco mas arriba de dicha confluencia, se presenta la mision de Santa-Ana, situada entre estos dos últimos rios, un cuarto de legua distante del Yacuma.

SANTA-ANA.

En 1700, cuando los Jesuitas fundaban la mision de reyes, no léjos del rio Beni, creyeron conveniente formar al mismo tiempo la de Santa-Ana, para fomentar en lo posible la navegacion de aquel rio. Esta mision, poblada por la nacion movima, tuvo su asiento una legua mas al oeste del sitio que actualmente ocupa; y fué transferida, so varios pretextos, en tiempo de los gobernadores españoles. Al verla tal cuales hoy dia, desde luego se conoce que no ha sido obra de los Jesuitas: empero, á pesar de su colocacion en medio de una llanura, y de la temporaria inundacion de sus contornos, nada tiene de insalubre. Las casas de los indígenas están en desórden, y la puerta de la iglesia en vez de dar sobre la plaza, mira hácia el campo. La industria se encuentra muy poco adelantada; y los terrenos de cultivo están confinados en el interior de algunos bosquecillos, sobre las riberas del Rapulo y del Yacuma; posee sin embargo esta mision hermosos establecimientos para la cria de ganados. Sus habitantes, que en 1831 ascendian á mil ciento cincuenta y seis, son muy notables por sus hermosas proporciones: la vigorosa corpulencia de las mugeres y hasta sus facciones, aun en la juventud, nada tienen de femenino. Entre tanto, el carácter de los Movimas es apreciabilísimo por su bondad y mansedumbre, calidades que llevan pintadas en el semblante con signos inequívocos.

La pobreza de los trages de las mugeres pone en manifiesto la grande miseria de esta mision, donde son rarísimos los terrenos propios para el cultivo del algodon; así es que se ven obligados sus moradores á procurarse tegidos de lana venidos de Cochabamba para confeccionar sus tipois.

Todavía subsisten algunas supersticiones entre estos indios: cuando enviudan, por ejemplo, creen que hallarán la muerte si van á la caza del tigre, y que se cubrirán de lepra si matan una vivora. Cuéntanse allí como once mil cuatrocientas once cabezas de ganado vacuno, pertenecientes al Estado, y tres mil ochocientos cinco caballos.

El rio Yacuma abunda en palometas, pescado de forma ancha y algo chata, esmaltado de colores amarillos muy vivos, y cuyos dientes triangulares y cortantes atemorizan á los indios, que no por ello dejan de tentar la pesca con anzuelos fijados en la punta de un alambre. Desde los tiempos mas remotos, los dientes de la palometa han sido las tigeras de los indígenas de aquellas regiones, y aun se sirven de ellos los tejedores para recortar los hilos[1].

[Nota 1: Véase la lám. 5, fig. 2.]

Camino de Santa-Ana á Exaltacion.

Exaltacion queda al norte de Santa-Ana, distante como quince leguas. En la estacion de seca este camino se hace atravesando la llanura á caballo; pero en la época de lluvias es menester bajar en canoa por el rio Yacuma hasta su entrada en el Mamoré, el cual, muy tortuoso en este punto, enseña sobre sus hermosas riberas infinidad de lagos y bañados, por los cuales se suele pasar para abreviar el camino evitando los rodeos: se llega por último al trapiche de Exaltacion que está unido por medio de un foso al bañado del puerto. Es menester emplear un dia para hacer este tránsito, y dos cuando se sube de Exaltacion á Santa-Ana. Camino de Santa-Ana á Reyes.

Para ir á Reyes, se tiene precisamente que pasar por Santa-Ana, de donde se cuentan doce dias de camino, en direccion al oeste. En la estacion seca y cuando se viaja sin equipage, se va por tierra, atravesando á caballo como setenta leguas por llanadas magníficas, pobladas de ganados salvages; mas en tiempo de lluvias, ó cuando se llevan mercancias, se sube en canoas el rio Yacuma, hasta encontrar sus primeros tributarios; desde cuyo punto solo faltan ocho leguas de tránsito por la llanura para ponerse en Reyes.