La participacion moral que una nacion americana toma en el progreso ó decadencia de otra, no se reduce á un interés jeneral; hay en ella algo de esa solidaridad impresa al nuevo mundo por su escepcional y uniforme organizacion institucional.
Aparentemente no sucede lo mismo con respecto á los Estados Unidos. Un temor hácia su pretendida preponderancia, una reminiscencia de raza, aberraciones, razones algunas veces, han producido cierta desconfianza en los americanos del Sud que con justicia se consideran menos fuertes.
¿Hasta qué punto es culpable la gran nacion de haber autorizado juicios tan desfavorables á su respecto? Veamos.
Desde luego, la doctrina de Monroe que fué al enunciarse una garantia legal de existencia para todas las nacionalidades americanas, es hoy para ellas una garantia eficaz de estabilidad. Todo lo dá, nada exije; ampara al Continente con la proteccion que el poder insólito de la República le permite otorgar y respeta, al mismo tiempo, la absoluta independencia de los actos administrativos en cada una de sus divisiones políticas.
En el Congreso Internacional á que asistió un representante de los Estados Unidos se descubre, es verdad, el deseo de obtener algunas ventajas, aun con perjuicio de los intereses jenerales de la América, como se notan ideas absorbentes en las negociaciones que al Istmo de Panamá se refieren; pero en el primer caso la opinion del país desvirtuó los actos del mandatario y en el último los intentos del Gobierno fueron sofocados por la fé pública en los tratados y por el respeto inquebrantable á la soberania de una nacion estraña.
Intereses egoistas de cierto número y dificultades orijinadas por una situacion sin precedentes en la historia, contrariaron las pretensiones de los republicanos sinceros que se proponían ayudar á la Isla de Cuba en la obra patriótica de la emancipacion. Las manifestaciones del pueblo y las tardías, si bien sinceras, esposiciones del gobierno comprueban, no obstante, el interés de los Estados Unidos en la suerte de los desgraciados cubanos y en el triunfo de su causa.
Y respecto de Méjico ¿cuál seria su suerte? ¿cuál la del principio republicano en América, si durante la breve presencia de Maximiliano en el Imperio de Montezuma, los Estados Unidos no hubieran tomado la participacion decisiva que dió por resultado el retiro de las tropas francesas y el derrocamiento del monarca por ellas impuesto? Desgraciadas sin duda y desconsoladoras la una y la otra. En tal emerjencia los americanos prestaron un servicio eminente á la nacion mejicana, de alta trascendencia tambien en pró de las ideas políticas del mundo moderno.
Las anexiones de esta nacion, que tanto han contribuido á las reprimendas de sus enemigos, no dan mérito, en modo alguno, á esos reproches hirientes, fundados tan solo en la ignorancia de los sucesos. El desenvolvimiento estraordinario de la República no es el resultado de una brutal conquista; ella invade por su fuerza moral; compra ó adquiere territorios á los cuales concede en breve la vida municipal y las prerogativas de sus subdivisiones autonómicas, lo cual está muy distante de mostrar la intencion de imponer con las armas á los vecinos ó de subvertir violentamente y en provecho propio un órden dado. Su historia política demuestra, pues, lo que comprueba tambien la historia sud-americana, en los asuntos de detalle la versatilidad ocasionada por la forma de gobierno y en los fundamentales la lejítima y tradicional aspiracion de hacer estensivos al mundo de Colon los beneficios de su sistema admirable.
El desenlace de la ruidosa cuestion Hopkins, que orijinó un sério conflicto entre la República del Paraguay y los Estados Unidos, prueba que las injusticias y arbitrariedades cometidas en nombre de esta nacion solo pueden atribuirse á malos gobiernos ó á maquinaciones individuales.—Aquel sujeto había obtenido de su pátria el nombramiento de Cónsul en la Asuncion, donde alcanzó la proteccion del Presidente y su beneplácito para esplotar las riquezas naturales del país por cuenta de una compañia que daria los capitales necesarios. Despues de haber sacado todo el partido posible de su posicion oficial y de su amistad personal con muchos paraguayos distinguidos, meditó Hopkins, como negocio lucrativo y liquidacion de su compañia una de tantas odiosas reclamaciones internacionales que el pabellon americano habia de protejer parodiando á los europeos y que solo significan la presion de la fuerza. Para lograr su objeto usó en el Paraguay de una conducta vituperable que dió mérito al retiro de su exequatur. Ejerciendo, no obstante, sus atribuciones de Cónsul ordenó al comandante del buque americano Water Witch estacionado en la Asuncion, que le facilitara los medios de retirar violentamente los papeles de la compañia, atropello que llevó á efecto violando el territorio paraguayo con cierto número de marineros armados. De regreso á Estados Unidos hizo que el Gobierno amparara su reclamacion, estimada por él en varios millones de pesos fuertes y logró inducir al gabinete de Buchanan al envio de una espedicion naval contra el Paraguay. Este pensamiento no se llevó á efecto y léjos de ello el Gobierno americano envió á la Asuncion al Señor Bowlin, representante diplomático encargado de buscar una conveniente solucion al conflicto. El resultado de esta mision fué el nombramiento de dos árbitros, el Señor Berges en representacion del Paraguay y el Señor J. Johnson en nombre de los Estados Unidos, que adoptaron una decision enteramente favorable á aquel Gobierno. El honorable Señor Johnson estudió con juicio imparcial y recto los antecedentes en que fundaba la compañia su reclamacion y al terminar su notable escrito sobre la materia, decia «El orgullo y la gloria del Gobierno y del pueblo de los Estados Unidos ha sido siempre no someterse á ninguna injusticia de otro Gobierno ó de otro pueblo; pero al propio tiempo lo ha sido no exigir de ellos nada mas que lo justo; y tardará mucho todavia, así lo espero confiadamente, en que llegue el dia en que puedan acumularse con su consentimiento y sancion, fortunas colosales como las de la India oriental debidas al saqueo de Estados débiles y arrebatadas con la boca del cañon.» Concluia el Señor Johnson dictaminando contra las indignas exijencias de la compañia y haciendo recaer su sentencia arbitral en favor del Paraguay.
Este notable fallo de americano tan distinguido y honrado, á favor de una nacion estraña y contra el Gobierno de su pátria, es una prueba mas, patente y clara, en apoyo de la idea que sostengo. De él se desprende, como de los sucesos comentados ya, la enorme distancia que hay en Estados Unidos entre los actos del Gobierno y los impulsos jenerosos del pueblo, sujeto aquel al interés individual y á las debilidades que son injénitas al hombre, con sed este de justicia y de confraternidad dentro de sus instituciones.