—¡Viva Ferrer! No tengáis miedo: sois un hombre excelente. ¡Pan, pan!

—Sí; pan, pan, contestaba Ferrer, abundancia; yo os lo prometo, y ponía la mano en su pecho. Un poco de sitio, añadía luego; vengo á prenderlo para darle el castigo que merece; y añadía en voz baja, es culpable. Inclinándose después hacia su cochero le decía apresuradamente: adelante, Pedro, si puedes.

El cochero sonreía también al pueblo con una urbanidad afectuosa, como si hubiese sido un gran personaje; y con una gracia inefable paseaba lentamente la fusta á derecha é izquierda para suplicar á los incómodos vecinos que se estrechasen y se retirasen un poco. “Por favor, decía también; señores, un poco de lugar, un poquito, lo suficiente para poder pasar”.

Entretanto los oficiosos, los más activos, se apresuraban á hacer el lugar pedido con tanta gracia. Algunos, delante de los caballos, retiran á la gente con buenas palabras, poniéndoles las manos en el pecho, y empujándoles suavemente: “Vamos, á un lado; un poco de lugar, señores;” otros hacían lo mismo á los dos lados del carruaje para que pudiese pasar sin rozar los pies, ni aplastar los bigotes; accidente, que además del mal que hubiera podido resultar á las personas, habría corrido grandes peligros el aura popular que Ferrer disfrutaba en aquel momento.

Renzo, que había permanecido algunos instantes observando aquella respetable ancianidad, un poco turbada por la angustia, atormentada por la fatiga, pero animada por la solicitud, embellecida, por decirlo así, por la esperanza de arrancar á un hombre de las angustias mortales; Renzo, repito, echó á un lado la idea de retirarse, resolvió ayudar á Ferrer, y no abandonarlo hasta que hubiese logrado su intento. En efecto, dicho y hecho: se puso con los demás á tratar de abrir paso, y ciertamente no era de los menos activos. El paso se abrió: “avanzad, avanzad”, decían algunos al cochero retirándose, ó yendo á abrir más camino. “Adelante; presto, con juicio”, le dijo también el amo, y el carruaje se puso en movimiento.

En medio de los saludos que le prodiga el público en masa, Ferrer devolvía otros de agradecimiento con una sonrisa de inteligencia á aquéllos que veía eran dirigidos á él; más de una de dichas sonrisas tocó á Renzo, que á la verdad lo merecía bien, porque en aquel día servía mejor al gran canciller que hubiera podido hacerlo el mejor de sus secretarios. El joven aldeano, envanecido con aquellas muestras de deferencia, creía que se había ya hecho casi amigo de Antonio Ferrer.

Una vez puesto en movimiento el carruaje, prosiguió su camino con más ó menos lentitud, y no sin algunas paraditas. El tránsito no llegaba casi á un tiro de arcabuz; pero atendiendo el tiempo que se empleaba, hubiera podido parecer un viajecillo aun al que no hubiese tenido la santa prisa de Ferrer. La gente se rebullía por delante y por detrás, á derecha é izquierda del carruaje, como los delfines alrededor de una nave que avanza en lo más fuerte de una borrasca. El estrépito era más agudo, más discordante y más atronador que el de la tempestad. Ferrer, mirando ya á un lado, ya á otro, agitándose y gesticulando á la vez, trataba de oir algo, para acomodar las respuestas á la necesidad; quería, para hacerlo mejor, entablar un pequeño diálogo con aquella reunión de amigos; pero la cosa era difícil, la más dificultosa acaso que se le había presentado con tantos años que llevaba de gran canciller. Sin embargo, de cuando en cuando alguna palabra, alguna frase también repetida por la asamblea á su paso, se dejaba oir como el estrépito de un gran cohete domina el ruido confuso de un fuego artificial. Él, ya procurando responder de un modo satisfactorio á dichos gritos, ya diciendo á buena cuenta las palabras que sabía debían tener más aceptación, ó que cierta necesidad parecía demandar de súbito, les habló todo el camino del modo siguiente: “Sí, señores; pan, abundancia: lo conduciré á la cárcel; será castigado... si es culpable. Sí, sí, yo lo mandaré, el pan se dará barato. Así es... cosi è, voglio dire: il re nostro signore non vuole che codesti fidelessimi vassalli patiscan la fame[11]. ¡Ox, ox! guardaos: non si facciano male, signori[12]. Pedro, adelante; con juicio. Abbondanza, abbondanza. Un po’ di luogo per caritá. Pane, pane. In prigione, in prigione. ¿Cosa[13]?”, preguntó en seguida á uno que había echado la mitad de su cuerpo hacia la portezuela para darle á grandes voces un consejo, una súplica, un aplauso, ó lo que fuese. Pero este individuo, sin poder entender el ¿qué es esto? había sido tirado bruscamente hacia atrás por otro que lo veía á punto de ser aplastado por una rueda. Con estas preguntas y respuestas, entre las incesantes aclamaciones, entre alguno que otro grito de oposición que se dejaba oir por alguno que otro lado, pero que al instante era sofocado, he aquí que llegó Ferrer al fin á la casa, por obra, principalmente, de aquellos buenos auxiliares.

Los otros, que como hemos dicho ya, estaban allí con las mismas buenas intenciones, habían entretanto trabajado en hacer y abrir un poco de paso. Súplicas, exhortaciones, amenazas, todo lo habían empleado; se apresuran, corren por todas partes con ese acrecentamiento de ardor y de fuerza que presta siempre el ver cerca el fin deseado. Habían llegado á dividir la multitud y hacer retroceder las dos filas, aunque entre la puerta y el carruaje que se paró delante se veía un pequeño espacio vacío. Renzo, que iba unas veces de descubierta, otras de escolta, había llegado con el carruaje hasta colocarse en una de aquellas dos hileras de oficiosos, que hacían al mismo tiempo sitio al carruaje, y servían de diques á las dos oleadas terribles de pueblo. Ayudando á sostener una de ellas con sus poderosas espaldas, se encontró magníficamente colocado para poderlo ver todo.

Ferrer respiró cuando vió la plazuela libre y la puerta aún cerrada: cerrada, que quiere decir no abierta. Por lo demás, los goznes estaban casi desprendidos de sus marcos; los cuarterones de la puerta rotos, destrozados, hundidos y partidos por la mitad, dejaban ver por medio de una ancha brecha un pedazo de cadena torcido, forzado y casi arrancado que, por decirlo así, los sostenía unidos á todos ellos. Un buen hombre se había puesto en aquel boquete á gritar que abriesen; otro acudió á abrir también apresuradamente la portezuela del carruaje; el anciano sacó la cabeza fuera, se levantó, y apoyando la mano derecha en el brazo de aquel digno hombre, salió poniendo el pie sobre el banquillo.

La multitud de una parte y de otra se levanta de puntillas para ver: mil figuras, mil barbas en el aire: la curiosidad y la atención general hacen nacer un momento de silencio. Ferrer, deteniéndose en aquel instante sobre el banquillo, dió una ojeada alrededor, saludó inclinándose al pueblo, y colocando su mano izquierda en el pecho, como si estuviese en un púlpito, gritó: “pan y justicia;” y revestido de su toga, levantada la cabeza, con segura marcha bajó á través de las aclamaciones que se elevaban hasta las estrellas.