—¿Quién hay dentro? ¡Hola! ¡hola! ¡Señor cura, señor cura!

D. Abundio, asegurado apenas de la fuga de los invasores, se había retirado de la ventana y la había cerrado. Estaba en aquel momento disputando en voz baja con Perpetua, que lo había dejado en semejante apuro. Pero cuando oyó que le llamaban las gentes á grandes voces, se dirigió de nuevo á la ventana, y viendo aquel gran socorro, se arrepintió de haberlo pedido.

—¿Qué ha sido esto?—¿Qué os han hecho?—¿Quiénes son?—¿En dónde están?, le gritaban cincuenta voces á un tiempo.

—No hay nadie, os doy gracias, podéis retiraros.

—Pero ¿qué ha sido?—¿Adónde se han ido?—¿Qué ha sucedido?

—Gente mala, gente que ronda de noche; mas han emprendido la fuga. Volveos á vuestras casas; esto ya no es nada; por segunda vez, hijos míos, os doy gracias por vuestro buen corazón. Y dicho esto se retiró y cerró la ventana, de cuyas resultas unos empezaron á murmurar, otros á chancearse, otros á jurar, otros se encogían de hombros y se marchaban, cuando he aquí que llegó uno todo sofocado que apenas podía hablar. Éste habitaba una casa que estaba casi enfrente de la de nuestras consabidas mujeres; y habiéndose despertado al ruido, se había puesto á la ventana y había visto en el patio de aquéllas el desorden de los bravos cuando el Griso se apresuraba á reunirlos. Luego que hubo tomado aliento gritó: “¿Qué hacéis aquí, hijos míos? El diablo no está aquí; está allá abajo, en el extremo de la calle, en la casa de Inés Mondella; dentro hay hombres armados: parecía que querían asesinar á un peregrino; ¡quién diablos sabe lo que hay!”.

—¡Qué!—¿Qué hay?—¿Qué? Y empezó una tumultuosa deliberación.—Es preciso ir.—Es preciso ver.—¿Cuántos son ellos?—¿Cuántos somos nosotros?—¿Quiénes son?—¡El cónsul, el cónsul!

—Aquí me tenéis, respondió el cónsul en medio de la multitud; aquí estoy; pero es preciso que me ayudéis, es preciso que me obedezcáis. Pronto: ¿en dónde está el sacristán? ¡Al campanario! ¡al campanario! Pronto: uno que corra á Lecco á buscar auxilio. Venid aquí todos... Unos acuden, otros se deslizan en medio de la multitud y se marchan; la confusión era grande, cuando llegó un paisano que los había visto marchar apresuradamente, y gritó: “Corred, amigos míos: los ladrones ó bandidos que se escapan con un peregrino, están ya fuera del pueblo: ¡á ellos! ¡corramos á ellos!”. Á semejante aviso, sin esperar las órdenes del capitán, se mueven en masa y se dirigen mezclados unos con otros por la calle abajo. Á medida que el ejército avanza, algunos de la vanguardia acortan el paso, se dejan adelantar por otros, y se meten entre el grueso de la tropa; los últimos empujan hacia adelante; finalmente, el confuso enjambre llega al lugar indicado. Las huellas de la invasión estaban recientes y manifiestas: la puerta abierta de par en par, forzada la cerradura, mas los invasores habían desaparecido. Entran en el patio, van á la puerta del piso bajo, abierta y forzada también; llaman: “¡Inés! ¡Lucía! ¡el peregrino! ¿En dónde está el peregrino? ¡El peregrino!. lo habrá soñado Stéfano. No, no; Carlandrea lo ha visto también. ¡Hola, peregrino! ¡Inés! ¡Lucía!”. Nadie responde. ¿Se las han llevado? ¿se las han llevado también? Entonces hubo algunos que, alzando la voz, propusieron perseguir á los raptores; que aquello era una infamia, y que sería una vergüenza para el país, si cualquier bribón pudiese á mansalva venir á arrebatar las mujeres como el milano á los polluelos de una granja deshabitada. Nueva deliberación más tumultuosa todavía; pero uno de ellos (y no se supo nunca quién había sido), hizo correr la voz de que Inés y Lucía se habían refugiado en una casa de campo. Dicha voz se esparce rápidamente, obtiene crédito, no se habla ya de dar caza á los fugitivos, y la multitud se desbanda y se retira cada uno á su casa. Oíase un cierto rumor, un ruido continuo de llamar á las puertas y abrirse éstas, un aparecer y desparecer de luces, un preguntar las mujeres desde las ventanas y contestar desde la calle; por último, habiendo quedado ésta desierta y silenciosa, las conversaciones continuaron en el interior de las casas, muriendo entre los bostezos para volverlas á empezar al día siguiente. Nada más ocurrió; únicamente por la mañana, estando el cónsul en su campo, con la barba apoyada sobre una mano, el codo sobre el mango del azadón medio hundido en el terreno, y con un pie sobre el rastrillo; estando, repito, reflexionando entre sí acerca de los misterios de la pasada noche, y sobre lo que le tocaba y debía hacer, vió venir á su encuentro dos hombres de muy gallarda presencia, peinados como dos reyes francos de la primera raza, y semejantes en todo lo demás á los dos que cinco días antes se habían presentado á D. Abundio, dado caso que no fuesen los mismos. Con aire más respetuoso que el que habían usado con el cura, intimaron al cónsul que se guardase de referir al podestá lo ocurrido; decir la verdad si fuese interrogado; hablar, fomentar las habladurías de los villanos, pues podía tener la esperanza de morir de enfermedad.

Mas volvamos á nuestros fugitivos. Continuaron andando á buen paso por espacio de algún tiempo, guardando el más profundo silencio, volviéndose ya uno ya otro, á mirar si alguien los perseguía; todos ellos sin aliento, á causa del cansancio de la fuga, palpitándoles el corazón por la incertidumbre en que se hallaban, por la aflicción del mal resultado, y por la aprehensión confusa de un nuevo y oscuro peligro. Su desaliento crecía á la par que llegaban á sus oídos los continuos sonidos de la campana, los cuales á medida que ellos se iban alejando, se volvían más débiles é imperceptibles; de tal modo, que parecían tener un cierto no sé qué de lúgubre y siniestro: por último, dejaron de oirse. Encontrándose entonces los fugitivos en un campo desierto, y no percibiendo el menor ruido en torno de sí, aflojaron el paso, é Inés, tomando aliento, fué la primera que rompió el silencio, preguntando á Renzo lo que había pasado, y á Menico qué era lo que él llamaba el diablo que estaba en su casa. Renzo refirió brevemente su triste historia, después de lo cual se volvieron los tres al muchacho, el cual contó en términos más expresos el aviso del padre, y refirió lo que él mismo había visto, y los peligros que había corrido; y su relación no hacía más que confirmar el aviso. Los oyentes comprendieron más de lo que Menico había sabido decir. Á dicha revelación, fueron sobrecogidos de un nuevo estremecimiento; paráronse todos tres á un tiempo, se miraron unos á otros espantados; y de pronto, con un movimiento unánime, pusieron una mano sobre la cabeza y otra sobre los hombros del niño, como para acariciarle y darle gracias tácitamente de haber sido para ellos un ángel tutelar, y demostrarle la compasión que sentían por las angustias que había sufrido y el peligro corrido para salvarlos, pidiéndole casi perdón. Ahora vuélvete á casa para que tu familia no esté con cuidado, le dijo Inés: y acordándose de las dos parpagliole prometidas, sacó cuatro de la faltriquera, y se las dió, añadiendo: “Adiós; ruega al Señor que nos volvamos á ver pronto, y entonces”... Renzo le dió una berlinga nueva, y le recomendó mucho que no dijese nada de la comisión que el fraile le había dado. Lucía le acarició de nuevo, le saludó con voz conmovida; y el muchacho, después de haberle devuelto el saludo todo enternecido, volvió atrás. Aquéllos continuaron su camino sumamente pensativos; las mujeres iban delante, y Renzo detrás, como sirviéndoles de escolta: Lucía iba cogida del brazo de la madre, y rehusaba dulcemente y con destreza el apoyo que el joven le ofrecía en los malos pasos de aquel viaje fuera de camino; avergonzada en su interior y también turbada de haber permanecido tan largo tiempo, y tan familiarmente sola con él, cuando aguardaba ser dentro de pocos instantes su esposa. Al presente, desvanecido tan dolorosamente este sueño, se arrepentía de haber ido tan lejos; y en medio de tantos objetos de temor, temblaba también por ese pudor que no nace del triste conocimiento del mal; por ese pudor que se ignora, parecido al miedo de un niño, que tiembla en la oscuridad sin saber por qué.

—¿Y la casa? dijo al mismo tiempo Inés. Mas aunque la pregunta fuese importante, nadie respondió, porque nadie podía darle una respuesta satisfactoria. Continuaron su camino en silencio, y poco después desembocaron finalmente en una pequeña plazoleta que estaba situada delante de la iglesia del convento.