¡Pero aquel momento para ella, que jamás ha llevado sus fugitivos deseos más allá de lo regular, que ha limitado en el círculo de aquellos hermosos sitios todos sus sueños futuros, y que ha sido arrojada muy lejos por una fuerza perversa! ¡Para ella, que arrancada repentinamente á sus más caras costumbres, turbada en sus más vivas esperanzas, abandona sus montañas, para encaminarse á países extraños, que jamás ha deseado conocer, y que no puede con la imaginación llegar al momento señalado para la vuelta! ¡Adiós, cabaña en donde nació; en donde agitada por un sentimiento secreto, aprendió á distinguir del rumor de los pasos comunes el paso esperado con misterioso temor! ¡Adiós, casa aún extraña, casa que ha mirado con frecuencia á hurtadillas, al pasar, y no sin ruborizarse, en la cual la mente se complacía en presentársela como una tranquila y perpetua morada de esposa! ¡Adiós, iglesia, donde su alma recobró su serenidad tantas veces, cantando las alabanzas del Señor; en donde se le había prometido, en donde se preparaba una grande ceremonia; donde los secretos deseos de su corazón debían ser solemnemente bendecidos, y el amor ordenado y santificado, adiós! El que os proporcionaba tanta alegría está en todas partes, y nunca turba la dicha de sus hijos, más que para prepararles una mayor y más segura.
Tales eran poco mas ó menos los pensamientos de Lucía; los de los otros dos pasajeros también se diferenciaban poco, mientras que la barca iba acercándose á la orilla derecha del Adda.
CAPÍTULO NOVENO
El choque que recibió la proa de la barca al tocar la tierra, arrancó á Lucía de sus reflexiones. Después de haber enjugado en secreto sus lágrimas, alzó la cabeza como si despertase. Renzo salió el primero y dió la mano á Inés, la cual, habiendo salido á su vez la alargó á la hija, dando los tres tristemente las gracias al barquero. “¿De qué? respondió aquél; nosotros estamos en este mundo para ayudarnos mutuamente”; y retiró la mano casi con horror como si se le hubiese propuesto el cometer un robo, cuando Renzo trató de darle unas cuantas monedas que llevaba encima, y que había tomado aquella tarde con intención de regalárselas generosamente á D. Abundio, cuando éste le hubiese servido, aunque de mala gana. El carromato estaba dispuesto allí; el conductor saludó á las tres personas que esperaba, las hizo subir, dió una voz á los animales, acompañada de su correspondiente latigazo, y echó á andar.
Nuestro autor no describe este viaje nocturno; calla el nombre del pueblo donde Fr. Cristóbal había dirigido á las dos mujeres, protestando también expresamente el no quererlo decir. El resto de la historia hace adivinar en seguida el motivo de todas estas reticencias. Las aventuras de Lucía en aquel paraje, se encuentran envueltas en una tenebrosa intriga de persona perteneciente á una familia, según parece, muy poderosa, en el tiempo que el autor escribía esto. Para dar cuenta de la extraña conducta de dicha persona en una circunstancia particular, se ha visto obligado á referir sucintamente su vida anterior, en donde la familia figura, como verá el que se tome la molestia de seguir leyendo. Pero lo que la circunspección del pobre historiador ha querido sustraer, nuestras diligencias nos lo han hecho encontrar en otra parte. Un historiador milanés que ha querido hacer mención de aquella misma persona no nombra, ni á ésta ni á su país; mas de éste dice, que era una villa antigua y noble, á la cual, para ser ciudad, no faltaba más que el nombre; dice en otra parte, que pasa por ella el Lambro, y en otra que en ella hay también un arcipreste. De la confrontación de estos datos, nosotros deducimos que no puede ser más que Monza. En el vasto tesoro de las inducciones eruditas, no creemos que ésta pueda ser de las más finas, pero sí de las más seguras. Nosotros podríamos también adelantar conjeturas muy fundadas con respecto al nombre de la familia; mas ya sea que la que sospechamos, se haya extinguido desde largo tiempo, nos parece que es mejor callar su nombre, para no correr el riesgo de perjudicar á quien quiera que éste sea, aunque haya muerto, y para dejar á los doctos algún objeto de examen.
Nuestros viajeros llegaron pues, á Monza, poco después de salir el sol. El conductor paró delante de una hostería, y allí, como práctico del lugar y conocido del amo de la casa, hizo dar una habitación á los nuevos huéspedes, á la cual él mismo los acompañó. Después de dar gracias, Renzo intentó, sin embargo, hacerle aceptar algún dinero; mas él, así como el barquero, tenía á la vista otra recompensa más lejana, pero más abundante. Retiró las manos lo mismo que aquél, y como escapándose, corrió á cuidar de sus animales.
Después de una tarde como la que hemos descrito, y una noche como cada uno puede imaginarse, pasada en gran parte en dolorosos pensamientos, con la incesante sospecha de algún encuentro desagradable, al soplo de una pequeña brisa de otoño, y entre los repetidos vaivenes de un carruaje incómodo que sacudía impolíticamente el espíritu de nuestros viajeros, apenas empezaron á sentirse amagados del sueño, les pareció muy dulce el acostarse sobre un pavimento que no se movía, en una habitación segura, cualquiera que ella fuese. Cenaron frugalmente, según permitía la penuria de las circunstancias y los medios escasos en proporción de las contingencias anexas á un porvenir incierto y á su poco apetito. Pasó por la mente de los tres el banquete que dos días antes esperaban tener, y cada uno á su vez lanzó un gran suspiro. Renzo hubiera querido detenerse allí, á lo menos todo el día, ver sus damas instaladas, rendirles sus primeros servicios; mas el padre había recomendado á éstas que lo enviasen súbitamente á su destino. Ellas alegaron estas órdenes y otras cien razones; que la gente haría conversación de ello; que la separación más retardada sería más dolorosa; que él podría venir pronto á dar y recibir noticias, en virtud de todo lo cual el joven se decidió á marchar. Concertaron como pudieron el modo de volverse á ver lo más pronto que fuese posible. Lucía no ocultó las lágrimas; Renzo apenas detuvo las suyas, y estrechando fuertemente la mano á Inés, dijo con voz ahogada: “Hasta la vista”, y partió.
Las mujeres se hubieran hallado muy perplejas, á no ser por su buen conductor, que tenía orden de guiarlas al convento de capuchinos, y de darles cualquier otro auxilio que pudiesen necesitar. Se encaminaron, pues, con él al citado convento, el cual, como ya sabemos, estaba á pocos pasos distante de Monza. Habiendo llegado á la puerta, el conductor tiró de la cuerda de la campanilla; hizo llamar al padre guardián; éste apareció en seguida en el umbral de la puerta, y recibió la carta.
—¡Oh, Fr. Cristóbal! dijo reconociendo la letra. El tono de voz y los movimientos de su rostro indicaban claramente que pronunciaba el nombre de un gran amigo. Conviene, pues, decir, que nuestro buen Cristóbal había en aquella carta recomendado á las mujeres muy ardientemente, y referido sus aventuras con mucho sentimiento, porque el guardián daba de cuando en cuando muestras de sorpresa é indignación, y alzando los ojos del papel, los fijaba sobre las mujeres con cierta expresión de piedad é interés. Habiendo concluido de leer, permaneció algún tiempo meditando, después de lo cual dijo para sí: “No hay más que la señora... si la señora quiere tomarse este empeño”...
En seguida, habiendo llamado aparte á Inés, la condujo á una pequeña plaza que había delante del convento, le hizo algunas preguntas, á las cuales ella satisfizo, y volviéndose hacia Lucía, dijo á ambas: “Señoras mías, yo probaré, y espero poderos encontrar un asilo más que seguro, más que honroso, hasta que Dios haya provisto á vuestra seguridad de otra manera mejor. ¿Queréis venir conmigo?”.