Los magistrados que primero tuvieron aviso de lo que pasaba, mandaron en seguida á buscar auxilio al comandante del castillo, que se llamaba entonces de la puerta Giovia, el cual mandó algunos soldados. Mas entre el aviso, la orden, el tiempo de reunirse, de ponerse en marcha y de hacer el camino, llegaron cuando la casa estaba ya rodeada de un vasto sitio, é hicieron alto lejos de ella al extremo de la multitud. El oficial que los mandaba no sabía qué partido tomar. Allí no había otra cosa más que una reunión de gentes de varias edades y sexos que permanecía ociosa. Á la intimación que se les había hecho de separarse y de hacer lugar, respondían por medio de un sordo y largo murmullo; nadie se movía. Hacer fuego sobre aquella chusma parecía al oficial una cosa no solamente cruel, sino muy peligrosa; cosa que ofendiendo á los menos terribles, hubiera irritado á los más violentos; además, él no tenía semejantes instrucciones. Abrir aquel primer tropel, separarlo á derecha é izquierda, y seguir adelante con el objeto de llevar la guerra al que la hacía, hubiera sido lo mejor; mas el proyecto era conseguirlo. ¡Y quién sabe si los soldados hubieran podido avanzar unidos y en buen orden, y si en lugar de romper el gentío, no se encontrarían ellos mismos diseminados y comprometidos en medio de aquél, y á merced del populacho, después de haberlo provocado! La irresolución del comandante y la inmovilidad de los soldados fué tomada, con razón ó sin ella, por miedo. Las gentes que se encontraban cerca de ellos, se contentaban con mirarles la cara con un aire que quería decir: ¡ay qué risa! Los que estaban más lejos no les bastaba provocarlos con gestos y con chanzonetas; más allá pocos sabían ó cuidaban de que estuviesen; los saqueadores continuaban demoliendo, sin otro pensamiento que el de lograr pronto su empresa; los espectadores no cesaban de animarlos con sus gritos.

Un anciano mal encarado se destacaba de la multitud, llamando él sólo la atención. Abría dos ojos cóncavos é inflamados, y su cutis se contraía por una risa atroz de placer, levantadas las manos sobre sus indignas canas, agitaba en el aire un martillo, una cuerda, cuatro enormes clavos, con los cuales, según decía, quería clavar al vicario en los tableros de su puerta después de muerto.

—¡Bah! ¡qué desvergüenza!, se le escapó á Renzo, horrorizado de aquellas palabras, á la vista de un gran número de distintos rostros que hacían señales de aprobación, y enfurecido al ver á otros sobre los cuales, aunque mudos, se traslucía el mismo horror que él experimentaba. “¡Vergüenza! ¡querer robar el oficio al verdugo! ¡asesinar á un cristiano! ¡Cómo queréis que Dios nos dé pan, si cometemos semejantes atrocidades! Lo que nos enviará serán rayos, y no pan”.

—¡Ah perro! ¡traidor á la patria! gritó volviéndose á Renzo con un semblante de condenado, uno de los que habían podido entender en medio del tumulto aquellas santas palabras.—¡Aguarda, aguarda! éste es uno de los criados del vicario disfrazado de aldeano: es un espía; ¡á él, á él! Cien voces se elevan á su alrededor. ¿Qué es esto? ¿dónde está? ¿quién es?—Un criado del vicario... Un espía.—El vicario disfrazado de aldeano que se escapa.—¿Dónde está? ¿dónde está? ¡Á él, á él!

Renzo enmudece; se baja mucho, muchísimo; de buena gana hubiera querido desaparecer; algunos de los que están mas próximos á él lo cogen en medio; lanzan grandes gritos y tratan de confundir aquellas voces enemigas y ávidas de sangre. Pero lo que le sirvió más que todo, fué un “paso, paso”, que oyó cerca de sí: “¡paso! ¡eh, aquí el socorro! ¡eh, paso!”.

¿Qué era, pues aquello? Era una larga escalera de mano que algunos llevaban para apoyarla en la casa y penetrar por una ventana. Mas por dicha, este medio que hubiera hecho la cosa tan fácil, no lo era mucho para ponerlo por obra. Los que la sostenían por uno y otro extremo, y los demás que iban repartidos por toda ella, empujados, separados por la multitud, se tambaleaban á cada paso: el uno con la cabeza metida entre dos peldaños y los varales sobre las espaldas, oprimido como si estuviese bajo un pesado yugo, se lamentaba; aquél se veía separado de su carga por otro choque; la escalera abandonada daba sobre las cabezas, las espaldas, los brazos; imaginaos cómo se quejarían los dueños de éstos: otros la levantan, se colocan debajo y se la cargan, gritando: “¡Vamos, ánimo!”. La máquina fatal avanza balanceándose y serpenteando; llega á tiempo para distraer y desordenar á los enemigos de Renzo, el cual aprovechó la confusión nacida de la misma. En un principio se ocultó: después, jugando cuanto le fué posible los codos, se alejó de aquel sitio, en donde no corría buen aire para él, con la intención de salir también lo más pronto posible del tumulto é ir de veras á buscar ó á esperar al padre Buenaventura.

De repente un movimiento extraordinario que parte de uno de los extremos, se propaga por la muchedumbre; se esparce una voz, la cual circula de boca en boca en boca: “¡Ferrer, Ferrer!”. Admiración, alegría, furor, inclinación y repugnancia, estalla por todas partes donde llega ese nombre: quien le grita, quien quiere ahogarle, quien le afirma, quien niega, quien bendice, quien blasfema.

—¡Aquí está Ferrer!—¡No es cierto, no es verdad!—¡Sí, sí; viva Ferrer, el que da el pan barato!—¡No, no!—Aquí está, aquí está en su carruaje.—¿Qué importa? ¿Á qué viene aquí? ¡No queremos á nadie!—¡Ferrer, viva Ferrer, el amigo de los pobres! Viene para conducir á la cárcel al vicario.—¡No, no! Queremos hacernos justicia nosotros mismos: ¡atrás, atrás!—¡Sí, sí, Ferrer; que venga Ferrer; á la cárcel el vicario!

Y todos, poniéndose de puntillas, se vuelven para mirar al lado donde se anuncia tan inesperado arribo. Al levantarse, veían, ni más ni menos, que si hubiesen permanecido con las plantas de los pies en el suelo; pero lo mismo da, todos se ponían de puntillas.

En efecto, á un extremo del concurso, por el lado opuesto á aquel en donde estaban los soldados, había llegado en un carruaje el gran canciller Antonio Ferrer; el cual, remordiéndole probablemente la conciencia de haber con sus disparates y con su obstinación sido la causa, ó á lo menos, dado ocasión á aquel motín, venía ahora con el objeto de aquietarle, y á impedir en algún tanto el más terrible é irreparable efecto, é igualmente, á expender bien una popularidad mal adquirida.