CAPÍTULO PRIMERO

El que viendo en un campo mal cultivado una yerba silvestre, por ejemplo, una bella planta de paciencia, quisiera saber con certeza si ésta se encontraba en aquel sitio por medio de una semilla germinada en el mismo campo, ó llevada por el viento, ó dejada caer por algún pájaro; por más que pensase, no llegaría jamás á sacar nada en conclusión: del mismo modo no sabremos decir si salió naturalmente del caletre del conde la resolución de servirse del padre provincial para cortar aquel nudo gordiano, ó si le fué sugerida por Attilio. Ciertamente que éste no había soltado aquellas palabras al acaso: y aunque debiera esperarse que á una insinuación tan directa, el amor propio del conde se sublevara, quiso, sin embargo, á toda costa, presentarle la idea de aquel expediente, y meterle en el camino por donde era preciso que andara. Además, dicho expediente era tan adaptado al genio del viejo conde, de tal modo indicado por las circunstancias, que se hubiera podido apostar que lo habría imaginado por sí solo sin necesitar sugestiones de nadie. Se trataba que en una guerra, sin embargo, demasiado abierta, uno que llevaba su nombre, un sobrino suyo, no quedase debajo; punto esencialísimo á la reputación del poder que tanto llenaba su corazón. La satisfacción que el sobrino podía tomar por sí solo, hubiera sido un remedio peor que la enfermedad, un manantial de disgustos, siendo preciso impedirla de cualquier modo que fuese, y sin pérdida de tiempo. Ordenarle que partiera en el mismo instante de su palacio, ya no sería obedecido; y aunque lo fuese, era ceder el campo, una retirada de la casa ante un convento. Órdenes, fuerza legal, y todos los espantajos de este género, no valían contra un adversario de aquella condición. El clero regular y secular se había hecho enteramente inmune de toda jurisdicción legal, extendiéndose dicha inmunidad no sólo á sus personas, sino también á los lugares que habitaban, según deben saber aun los que no hayan leído más historia que la nuestra, pues de lo contrario estaríamos frescos. Todo lo que podía hacerse contra tal adversario, era buscar el medio de alejarlo, lo cual sólo podía lograrse por el padre provincial.

Ahora bien: entre el conde y dicho padre provincial mediaba un conocimiento muy antiguo: se veían de tarde en tarde, pero siempre con grandes demostraciones de amistad, y con reiteradas ofertas de servirse mutuamente. Á veces es mejor tratar con uno que tenga muchos individuos á sus órdenes, que no con uno solo de éstos, el cual no ve más que su negocio, no siente más que su pasión, ni se cuida más que de su pundonor, mientras que el otro descubre en un momento cien relaciones, cien consecuencias, cien intereses, cien cosas que evitar, otras ciento que salvar; y así se le puede coger por cien partes.

Todo bien pesado, el conde invitó cierto día á comer al padre provincial, y le hizo encontrarse en medio de una tanda de convidados, elegidos con el tacto más exquisito. Veíanse allí algunos parientes de la más encopetada grandeza, cuyo solo nombre era un gran título; y que por su ademán, por cierta resolución, por cierto desdén caballeresco, al hablar de grandes cosas con términos familiares, lograban, aunque sin querer, imprimir y recordar á cada momento, la idea de la superioridad y del poder. Hallábanse también allí algunos clientes adheridos á la casa por una dependencia hereditaria, y al personaje por una servidumbre de toda la vida; los cuales, empezando desde la menestra á decir sí con la boca, con los ojos, con los oídos, con toda la cabeza, con todo el cuerpo, y con toda el alma, á los postres os habían puesto á un hombre en estado de no acordarse cómo se hacía para decir no.

En la mesa, el conde hizo recaer bien pronto la conversación sobre su tema favorito; esto es, el hablar de Madrid. Á Roma se va por muchos caminos; él iba por todos á Madrid. Habló de la corte, del conde-duque, de los ministros, de la familia del gobernador, de las corridas de toros que él podía describir perfectamente, porque había tenido el gusto de presenciarlas desde un sitio distinguido; del Escorial, del que podía dar cuenta muy exacta, porque un criado del conde-duque le había conducido por todos los rincones. Por espacio de algún tiempo, toda la reunión estuvo como un auditorio, atenta á él solo; después se dividió en coloquios particulares, y él entonces prosiguió refiriendo otras muchas cosas curiosas, como en confianza, al padre provincial que estaba á su lado, y que le dejó decir, decir, y más decir. Pero de pronto, dió otro giro á la conversación, la separó de Madrid; y de corte en corte, de dignidad en dignidad, la hizo caer sobre el cardenal Barberini, que era capuchino y hermano del papa que ocupaba entonces la silla apostólica, Urbano VIII nada menos. El conde se vió precisado á dejar hablar un poco á los demás, á ponerse á escuchar, y recordar por último, que en este mundo no era el solo personaje que lo hacía. Poco después de levantados de la mesa, rogó al padre provincial que pasase con él á otra estancia.

Dos potestades, dos ancianidades, dos experiencias consumadas, se hallaban frente á frente. El magnífico señor hizo sentar al muy reverendo padre, después de lo cual tomó él también asiento, y empezó á hablar en estos términos: “Convencido de la amistad que existe entre nosotros, he creído poder hablar á vuestra paternidad acerca de un negocio de interés común, y que debe concluirse aquí para entre nosotros, sin ir por otros caminos que podían... Y por tanto, buenamente, con el corazón en la mano, os diré de lo que se trata; y en dos palabras, estoy cierto, que nos pondremos de acuerdo. Decidme, ¿en vuestro convento de Pescarenico hay un tal padre Cristóbal de ***?”.

El provincial hizo un signo afirmativo.

—Suplico á vuestra paternidad me diga francamente, en buena amistad... ese sujeto... ese padre... yo no lo conozco personalmente; siendo así, que de padres capuchinos conozco muchos, celosos, prudentes, humildes, varones, en fin, que valen más oro de lo que pesan: he sido amigo de la orden desde mi infancia... pero en todas las familias un poco numerosas... hay siempre algún individuo, alguna cabeza... Y sé por ciertas noticias, que ese padre Cristóbal es un hombre... afecto á las querellas... que no tiene toda aquella prudencia, todos aquellos miramientos... Apostaría á que ha debido más de una vez dar qué pensar á vuestra paternidad.

—Entiendo; es un empeño, pensaba entretanto el provincial; yo tengo la culpa: bien sabía yo que á ese buen padre Cristóbal era preciso hacerle correr de púlpito en púlpito, y no dejarle descansar seis meses en un mismo lugar, especialmente en los conventos de la campiña.

—¡Oh!, dijo luego; siento de veras que vuestra magnificencia tenga en mal concepto al padre Cristóbal; siendo así que es un religioso que observa una conducta ejemplar en el convento, y al mismo tiempo tenido en mucha estima fuera de él.